jueves, 31 de diciembre de 2009

Diario del centinela, capítulo XII: Comandante de mi existencia.

Cybran, punta de lanza
Tras la tempestad llega la calma... la insoportable quietud que precede a una nueva tormenta...

El asesino cayó presa de un cazarrecompensas. Hubiera preferido que le hubiésemos abatido nosotros, dado que ese es nuestro deber, en lugar de a manos de otro asesino. Para mi son lo mismo. Se podría argumentar que yo también lo soy, que mato por dinero, cierto, pero la diferencia radica que yo mataría para proteger a los que he jurado lealtad, mientras ellas se venden al mejor postor. Mientras yo puedo cobrar mi sueldo preferiblemnte sin derramar ni una gota de sangre, preservando la vida, ellos no tienen otra que propagar la muerte.

Sangre aparte, ya calmada la ciudad, el capitán Gregorio Taida ha sido invocado a un importante conclave. El sargento Marcos tampoco está en la ciudad. Aunque su manera de instruir soldados me sigue pareciendo excesiva e innecesariamente cruenta, los altos mandos no están de acuerdo con mi opinión (la cual por cierto y suerte desconocen) y han decidido trasladarle de manera indefinida a un gran acuartelamiento al norte, con muchos más reclutas bajo su responsabilidad. Que Dios se apiade de sus almas y de sus espaldas. El caso es que no hay en la ciudad ningún oficial de rango medio o superior, solo rangos bajos, cabos. Ante tal tesitura mi capitán ha optado por dejarme a mi al mando de la defensa de la ciudad, lo cual lo considero tanto un honor como una descabellada y desesperada idea.

Me he instalado en la torre más céntrica de la ciudad, desde la cual tengo a vista de pájaro casi toda ella. No voy a utilizar las estancias de mando del capitán, prefiero que lo encuentre todo tal y como lo dejó, tranquilidad en la urbe incluida. Mis compañeros apoyan este situación temporal, aunque ha generado ciertas envidias que no preveía. No es algo que me preocupe. Encargarme de la defensa de la ciudad será solo cuestión de días, no creo ni que tenga tiempo de acostumbrarme a ello, ni de dormir ya que estamos... A los que supuestamente recelan de mi los tengo bastante cerca. Les hago venir a la torre a pedirles consejo y ver como la expresión rencorosa de sus rostros pasa a dubitativa y luego a risueña. "Ser amable es ser invincible" oí una vez junto a esa Puerta Este que tanto anhelo, y era cierto. Siempre hemos sido una unidad bajo el mando del capitán Taida. No quiero devolverle problemas a su vuelta, sino soluciones.

En otro orden de cosas... mi vida solitaria sigue siendo un tormento. Se acerca la hora cero, la hora en que tomaré una serie de determinaciones que afectarán al resto de mi vida. Por ahora las féminas siguen a mi alrededor. No paso todo el día en esta torre, de vez en cuando bajo encapuchado, con un símbolo triangular en mi hombro izquierdo para que mis hombres me reconozcan. Mis hombres... suena raro. Espero no acostumbrarme. Estoy divagando. Decía que las mujeres siguen a mi alrededor, pero los resultados siguen siendo los mismos, o no me interesan o yo no les intereso a ellas. Tal vez sea un buen momento para poner en práctica otros tipos de lucha a corta distancia, antes de la hora cero...

Dejo aquí unos versos en honor a un soldado caído. Me gustaría regresar a aquel tiempo en que estaba bajo su mando, en lugar de estar solo en esta perpetua lucha por ser comandante de mi existencia.

Elegiaco para un guerrero: Alfonso García Contreras

Te fuiste súbito en plena guerra,
clavando en la tierra tus rodillas
marchaste hacia otro horizonte.
Aquí quedó tu aprendiz de soldado
preso en territorio enemigo
sin poder cargar tu ataud.
Ya al fin libre,
comandante de mi existencia,
con todas mis armas golpeé la vida
mas siempre resonó hueca
sin ti...
Perdí todo temor,
al acero adversario,
a las palabras disparadas
y a los ocasos solitarios,
pero confieso
que temblé toda noche
ante la luz y la oscuridad
de tu ausencia...
Estúpido de mi...
¡estúpido insensible!
Cuantos años para darme cuenta
que siempre te quedaste conmigo
dando firmeza a esta mano,
ayudándome a portar esta antorcha
con la que seguimos quemando las naves.

24-11-2009


P.D.: El símbolo con el que se abre esta entrada es el símbolo de la nación Cybran, de Supreme Commander. Mi símbolo personal es el que encabeza este blog , símbolo del que hablaré en breve.
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martes, 22 de diciembre de 2009

Bloody Haiku nº 1

Bloody Haiku 1

Contigo siempre
estaré con el dedo
en el gatillo...


P.D.: Si, se me ha ido la pinza un rato largo... pero tenía que disparar o dispararme.
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martes, 15 de diciembre de 2009

Asesino.

La luna llena iluminaba espectralmente las calles. En una de sus sombras aguardaba, escrutando los lejanos sonidos, disparos, gritos y maldiciones. Unos pasos se acercaban raudos, oíanse sobre él, en una azotea cercana. Cesaron, un par de pasos más y una negra figura aterrizó en un carro de heno a unos metros de donde él se hallaba. Emergió del carro un encapuchado y él salió de su sombra, delatando su presencia y notando una fría mirada proveniente de debajo de la capucha de su adversario.
-Así que tú eres el famoso asesino -dijo devolviéndole la gelidez de su mirada con una pícara sonrisa-. ¿Sabes? Los profesionales como tú sois muy previsibles.
El asesino hechó una rápida mirada rutinaria ojeada a su alrededor. No había asideros, ningún punto de apoyo del que servirse para volver a los tejados. La única salida de ese callejón estaba a ras de suelo, enfrente de si, pero aquel tipejo se entrometía entre él y su escapatoria. ¿Quién era? ¿Porqué estaba tan contento cuando estaba a punto de morir?
-Conozco muy bien a los de tu calaña. Matais por encargo, aprovechais la noche, las sombras y el descuido de vuestras víctimas para apuñalar por la espalda, y luego usais los tejados para escapar rápidamente.
El asesino empezó a inquietarse. Los centinelas que había despistado antes podrían no tardar en presentarse, pero no era simplemente eso... ¿podría ser aquel tipo el cazarrecomenpensas que había hecho estragos en la Hermandad? Si era así... era tiempo para escapar y llevarse, no solo la recompensa por un trabajo bien hecho, sino también el dulce sabor de la venganza en el filo de sus hojas. El extraño río.
-El plan del capitán González era una completa estupidez. Tu informador se dejó sobornar, tendrás que ocuparte de él... si sobrevives... El capitán preparó la vigilancia de la mansión del conde de Úgera a la antigua, sin tener en cuenta que tú entrarías por el ático. Déjame adivinar, acabaste con los dos centinelas que hacían de escolta personal del conde y luego al conde, pero no pudiste evitar que alguno de los tres diera la alarma y tuviste que salir por donde habías entrado mientras intentaban alcanzarte con el fuego de sus mosquetes. Tu intención era llegar hasta la plaza mayor colándote en la posada que hay allí por su azotea, salir tranquilamente por la puerta desencapuchado y perderte por el mercado. Pero mira por donde que de camino te has topado con un carro de heno en el fondo de este callejón que lleva hasta el puerto y sus almacenes, un escondrijo más cercano y seguro, y donde nunca has podido dejarte caer por ser excesiva la altura hoy si has podido. ¿Coincidencia?
De repente el asesino se percató. Nada más llegar a la ciudad había pasado varias noches inspeccionando los tejados, comprobando posibles rutas de huída. Era cierto que aquel callejón proveía una rápida escapatoria para varios de sus objetivos, pero la altura desde los tejados al suelo era excesiva. Que ese día hubiese un carro de heno donde no lo había habido en semanas no era una casualidad, sino una maldita trampa en la que había caído como un novato. Desenvainó su espada mientras se avalanzaba sobre su enemigo. El extraño volvió a reir y desenvainó la suya mientras se preparaba para detener el previsible golpe. Con el ímpetu de la breve carrera y el odío desbocado el golpe fue brutal. El extraño tuvo que aferrar la empuñadura con ambas manos para poder detener el golpe. El asesino solo había usado una, la derecha. El extraño vio como una daga salía de la manga izquierda del asesino y se aproximaba a su pecho... previsible. El golpe de espada estaba parado, el asesino tenía su concentración en su golpe de daga. El extraño usó la fuerza de ambos brazos hacia abajo, obligando a que la espada del asesino se clavara en la tierra. Nada más tocar tierra liberó su mano derecha de la empuñadura y golpeó verticalmente el antebrazo izquierdo del asesino, desviando su letal estocada y dejándole totalmente expuesto a un ataque. El asesino lo sabía, trató de dar un salto hacia atrás. Aprovecharía que la única arma del extraño estaba también tocando el suelo, aún en contacto con la suya, para recuperar el equilibrio y adquirir una posición de defensa. Había subestimado a aquel extraño, no sabía hasta que punto.

Del antebrazo levantado que había desviado su estocada apareció también una daga oculta. El brazo derecho del extraño golpéo como la cola de un escorpión rozando el hombro del asesino en su salto. No hubo herida, por suerte tan solo rasgó sus vestiduras. Doy un par de zancadas más hacia atrás y miró a su víctima con expresión de sorpresa.
-¿Sorprendido? -dijo el extraño con cara de pícara malicia-. Ya te dije que conocía muy bien a los de tu calaña. Este juguetito por poco acabó conmigo la primera vez que me enfrenté a uno de los tuyos, y desde entonces las colecciono y las uso -dijo mientras cambiaba la espada de mano y levantaba la izquierda, mostrando que tenía otra daga oculta bajo la manga izquierda-. Realmente ingenioso, un dispositivo mecánico que desenvaina una daga con un simple movimiento de ante...
-¿Quién eres, un cazarrecompensas? -dijo el asesino, interrumpiendo a aquel charlatán.
-Exacto. Me llamo Alberto del Castillo, y soy especialista en cazar a los tuyos, ya que no hay recompensas más altas que las que ofrecen por los asesinos de la Orden de las Sombras.
Un arrebato de ira golpeó el corazón del asesino, pero se contuvo, no seguiría por más tiempo su juego.
-Pareces saber mucho, demasiado sobre nosotros. Si tuviera tiempo te desarmaría, te dejaría inconsciente, te llevaría a rastras a uno de mis escondrijos y te torturía para saber hasta donde llegan tus conocimientos, donde los has adquirido y con quien más has hablado. Por desgracia tengo prisa, así que no podrás ser mi invitado, tan solo mi víctima -replicó con total frialdad. Si era cierto que sabía tanto sabría las técnicas de combate de la Orden la manera de acabar con él era mostrándole algo nuevo. Se desencapuchó, y abrió su capa. Una segunda espada colgaba al otro lado del cinto. La desenvainó y, envainando una espada en cada mano, contempló al boquiabierto cazarrecompensas un segundo antes de lanzarse de nuevo a la ofensiva.
Alberto dio un paso por atrás por puro instinto. Aquel pálido rostro que se acercaba a él era una máscara de muerte. Las estocadas de sus dos espadas eran rápidas y precisas. Hizo presión en su antebrazo izquierdo para que la daga oculta apareciese, aunque corta podría usarla para detener o desviar algún ataque. El asesino atacaba sin cesar frontalmente, sin siquiera tratar de rodear a su adversario y escapar. Saldría de allí pisoteando el cadáver de aquel cazarrecompensas o no saldría, pero la preocupada mirada de aquel le hacía intuir que su venganza se cumpliría. Aún le preocupaba que algún centinela le hubiera seguido por los tejados y que el sonido del duelo que disputaba le llevase a ese callejón. Desde el tejado del que se había dejado caer era un blanco fácil incluso para un tirador medio. Tendría que arriesgarse e intentar alcanzar al cazarrecompensas con una estocada certera lo más rápidamente posible. Dio un paso atrás esquivando un ataque de su enemigo, abrió los brazos dejando el pecho al descubierto y los cerró a la vez en un doble mandoble lateral. Alberto aún no había recuperado la posición de defensa tras su ataque y se vio sorprendido. Intentó dar un paso hacia atrás pero no pudo evitar que las puntas de las dos espadas realizaran sendos cortes a la altura de su pecho. Aunque leves, ambas heridas empezaron a sangrar. El asesino sonrío triunfal. Sus brazos abrazaban su pecho y ambas espadas estaban listas para otro doble corte lateral. Esta vez apuntaría más arriba, le cortaría la cabeza y se la llevaría a la Orden, que conocieran el rostro de quien había llevado a la tumba a más de una docena de sus miembros. Alberto no tuvo otra salida, aunque fuera jugar sucio. Dio rápidamente otro par de pasos mientras tiraba la espada al suelo. El asesinó se detuvo, perplejo, ¿se rendía? Alberto levantó ambos brazos, tensó el antebrazo derecho y la daga oculta apareció. ¿Iba a luchar herido con esas dos dagas cortas? ¿Se había vuelto loco? El asesino no sabía a que atenerse. Alberto volvió a tensar los antebrazos y ambas dagas salieron disparadas hacia el asesino, clavándose en su abdomen.

El asesino yacía en el suelo, de rodillas. En su camino de descenso el agudo dolor le había llevado a soltar involuntariamente sus espadas. Alberto recogió la suya y apoyó la punta en el pecho del asesino.
-Ahora... viene mi.. parte... favorita...la parte...-Albertó paró un segundo para tomar aire y prosiguió-. La parte en la que suplicas por tu vida.
-¿No...vas a ...entregarme?
-Si, pero no con vida. Vivo podrías escapar, muerto no darás problemas y me pagarán lo mismo -dijo Alberto-. Estoy esperando... -agregó tras unos segundos de silencio.
-No... no lo haré -dijo el asesino mientras sentía que las fuerzas le iban abandonando. Alberto no esperaba esa contestación.
-¿Por qué no? -dijo con ira en su voz-. ¡Todos tus hermanos suplicaron como los perros que eran antes de que acabara con ellos, asesino! -gritó Alberto, recalcando perros y asesino, como los insultos que pretendía que fueran. El silencio se le hizo eterno hasta que el asesino volvió a hablar.
-Los asesinos no tenemos derecho a pedir clemencia, por eso no lo haré. Espero que tú también tengas el honor y la decencia de no pedirla el día que acaban contigo... asesino... -dijo clavándo su desafiante mirada en la del cazarrecompensas.
Tras un instante de duda Alberto clavó su espada en el pecho del asesino, devolviéndole la estocada que, con aquellas últimas palabras, había recibido en pleno corazón.

Alzó la mirada. Desde las sombras del tejado un centinela había presenciado los últimos compases...
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martes, 1 de diciembre de 2009

Diario del centinela, capítulo XI: ¡Asesino!

Mientras mi mundo interno continua en perpetuo terremoto, sacudiéndose en incesantes estertores (ignoro si de inminente muerte o sublime renacimiento), el estado anímico de los habitantes de esta urbe que protejo se derrumba, así como su confianza hacia nosotros, sus defensores.

Una serie de misteriosas muertes dentro de las murallas tiene atemorizada a la ciudad. Primero fueron los hijos de Julio García, gemelos, ambos la misma noche y en el mismo callejón fueron encontrados sus cuerpos. Culparon a Fernando Vázquez, quien mantenía arduos pleitos con Julio y fueron a por él, mas solo cadáveres encontraron en su casa, incluido el suyo, degollado. No hay familia noble o hidalga que no lamente la muerte de algún familiar o amigo, y aún mercáderes y juglares han amanecido defenestrados. Es una matanza, una carnicería sin sentido aparente en la que ya han caído incluso algunos de mis compañeros en las rondas nocturnas tras el toque de queda decretado.

Yo me mantengo en mi puesto, devolviendo recoloso las miradas de odio y desprecio que mis paisanos me dedican. Antes todo era sonrisas y algún guiño al pasar a mi lado, ahora ceños fruncidos y furtivas heladas miradas. Ingratos, tantos años protegiéndolos de amenazas exteriores y de ellos mismos para que ahora nos lo paguen así. Sin embargo no les guardo rencor ni lo haré cuando todo esto pase. Nuestro deber es protegerles y no lo estamos conseguiendo, la situación nos desborda. Solo nuestros superiores nos dan ánimos... cuando no nos están gritando. Ignoro los gritos y me limito a cumplir ordenes, desconfiar de todos y vigilar. Hay que encontrar a ese asesino y hacerle pagar sus crímenes. Analizo cada minúsculo gesto, me lanzo a toda mirada, incluso a las femeninas, ya que ellas pueden ser tan cruentas y despiadadas como nosotros. Mas no hallo atisbo, indicio ninguno de quien pueda ser el asesino, la asesina o ambos ángeles de la muerte que nos aterrorizan.

Han llegado cazarrecompensas a la ciudad en su búsqueda. Ellos se encargarán de resolver tan sanguinolenta cuestión, aunque en el fondo, a pesar de mis pésimas habilidades en el frente a frente, me gustaría ser yo quien solventase la situación. Soy un centinela. Es mi deber.


Asesina

Atraviésame de nuevo con tu daga,
inténtalo cuantas veces te plazca,
aún con tu aguijón clavado en mi pecho
no acabarás conmigo,
eres insuficiente incluso para un rasguño.
Delirante la sorpresa en tu rostro.
Es fútil, en vano tu afán.
Mi corazón es mi escudo.
Demasiado grande para ti,
insignificante arañita...

1-12-2009
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jueves, 26 de noviembre de 2009

Dura vida solitaria.

Yo esperaba que al despertar aún resonara en mis oídos el eco dulce de tu voz, pero tan solo escuché la puerta del cuarto de baño cerrarse y alguien apretando tras ella (con lo romántico que había empezado el día, menuda cagada). Miré el reloj y salté de la cama, iba a llegar tarde, desayuno, ducha, afeitado, lavado de dientes, coger la ropa para el gimnasio y el almuerzo en su rutinario tupper fueron tareas sencillas; que el ordenador y el puñetero distiller crearan el pdf del dossier de La Carbonería fue lento, demasiado, pero aproveché para cargar el coche con la mochila del gimnasio y cargarme a mi con paracetamol, que buena falta me iba a hacer.

La mañana en el trabajo, intensa. A medida que iban pasando las horas me iba percatando de que no iba a tener cuerpo para el gimnasio y el turno de tarde, asi que ¡cambio de planes! Dado que tenía mucho pendiente de escribir me iría a Los Arcos, arreglaría un tema en The Phone House y comería y escribiría en la plaza interna, sentado al borde de la fuente.

¡Sorpresa! Fue al coche a por los papeles del teléfono, otros en blanco para escribir y la comida... ¿dónde está la comida? Con las prisas de la mañana la había dejado junto al ordenador, fijo. Otro cambio de planes, tras el papeleo compraría un par de sandwiches en el Hipercor y continuaría mi improvisado picnic literario. Papeleo arreglado, entro al Hipercor ¡y 2,30 € cada sandwich, manos arriba, esto es un jodido atraco! Dos sandwiches más un refresco serían 5,40 €. Salí rápidamente de aquella cueva de los cuarenta ladrones, sabía donde comer más económico, mejor y calentito (inserte aquí su jocoso comentario subido de tono). Subí al piso de arriba y mientras me dirigía a El Fogón de Leña me fijé en un cartelito que rezaba capuchino por la cara. Mi mente comenzó a maquinar un suculento postre. En el Fogón los menús son en su mayoría de pareja, pero hay alguno que otro para un individuo padecedor del síndrome de la soltería crónica como yo: cervecita, carne con tomate y churrasquito con mojo picón por 4,90 €. El Fogón mola, Hipercor caca. Aunque ya con mi estómago satisfecho con tan opíparo banquete, mi mente seguía en el capuchino por la cara. Me acerqué al Kioscoffe, pagando una ración de tarta o un gofre me regalaban el capuchino. La tarta era más cara y fría que el cálido gofre con chocolate que pedí y que en conjunción con el capuchino consiguió aliviarme un poco más el dolor de garganta. Me pusé como un cerdo, si, pero demasiado peso había perdido últimamente, así que tocaba festín para compensar.

A los pies de la fuente no pude llegar, habían emplazado allí un gigantesto abeto y vallas alrededor. Me quedé en el piso de arriba, en los sofas rojos frente a la puerta de esa tienda de ropa en la que suelo comprar pero de cuyo nombre no me da la gana acordarme, oculto a la mayoría de las miradas indiscretas, pero no a indeseadas compañías.

Estoy aquí, sentado en un sofa rojo, apurando las últimas lineas harto de aguantar durante más de media composición a un tipejo con cara de ningún amigo que, a pocos centímetros de mi, tose y absorbe los mocos cada diez segundos y menos, que gesticula sin motivo aparente, se gira bruscamente, mira al piso de abajo con gsto de espía o francotirador, vuelve a apoltronarse en el sofa, tose, absorbe mocos, se palpa los bolsillos, saca un paquete de tabaco, un pico de pan, mira al suelo, tose, absorbe mocos, deja de buscar en el suelo lo que no se le ha caído, se cambia de sofa (aleluya), saca una radio, la conecta y se pone comodo... ¡ah, que no se me olvide, y toso y absorbe mocos! Me largo mientras se enciende un Pall Mall en esta zona de no fumadores. Me vuelvo al trabajo temprano para recuperar el cuarto de hora que me he tangado por llegar tarde, por haberme quedado dormido, por haber dormido tan bien, con el dulce eco de tu voz resonando en mis oídos...

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos parrafos memorables.


A la hora de comprar libros reconozco que suelo ir a por lo seguro, a por algún libro que me hayan recomendado o cuyas reseñas haya ya leído y esté más o menos seguro de que me va a convencer. No me gusta arriesgarme en temas de libros. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando te regalan un libro? No suelen regalarme muchos, pero últimamente parece que me los regalan a mala leche, Best Sellers de supermercado que son auténtica morralla y que solía acabar regalando a las bibliotecas. Ahora me lo pienso mejor y para ahorrar sufrimientos innecesarios a posibles lectores los tiro al contenedor de basura más cercano.

Una de estas últimas lecturas fue El Cículo de los Escribas de Romain Sardou. Para empezar la portada es un poema (es un decir, ojalá fuera un poema, entonces tendría algo bueno), su simbolito de Best Seller que ya delata su ínfima calidad literaria y el subtítulo "por el autor de La Herejía y El peregrino del tiempo". Eso que no falte, hay que demostrar que uno no es novato, que ya se ha hecho un hueco en el mundo literario. Como el autor es francés el título original es Personne n´y échappera, que no sé que carajo significa (se agradece traducción, Babelfish dice Persona n´y escapará), io no parlo la barbara lingua, pero está claro que significará cualquier cosa excepto El Círculo de los Escribas, así que de entrada se huele una mala traducción al castellano. Sobre El Círculo de los Escribas, reuniendo de varios capítulos, se habla un total de cinco o seis páginas, son un grupo muy secundario y la narración marcha por otros derroteros, así que si así comienza la traducción de la novela...

Sin embargo, siempre se puede salvar algo. De las 366 páginas me quedo con dos parrafos, en los que se describe a dos personajes, cada uno visto desde los ojos del otro. Os lo dejo aquí para vuestro juicio (y para poder releerlos en el futuro después de haber quemado este libro):

Después de que hubiera cruzado la puerta, el profesor permaneció de pie, incómodo, sin saber qué postura adoptar. Observó a Sheridan, su impresionante estatura, sus magulladuras en el rostro, su autoridad natural, el abrigo que engrandecía aún más su silueta. Tenía las espaldas de un descargador o de un arponero de Nantucket. Sin duda, según las circunstancias, ese tipo debía de inspirar bien una formidable sensación de seguridad, bien un canguelo insoportable.
El polícia, por su parte, ya se había hecho su idea sobre el profesor. Franklin llevaba unos vaqueros claros y un jersey de cuello alto de color burdeos, con las mangas arremangadas y refuerzos de cuero en los codos. Las gafas y la barba de unas horas apenas le envejecían. El cabello, rubio y ondulado, le dibujaba una frente delicada, de ángel. El policía sintió que era inteligente, sin duda capaz de de defenderse cuando la situación lo requería; pero también curioso, atento a todo, lo que era un buen signo. La habitación estaba impecablemente ordenada, con método. También eso le agradaba.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Diario del centinela, capítulo X: cortando por lo sano.



En mi defensa diré que ya lo intenté todo. Será una excusa, una mentira. No lo he intentado todo, nunca se puede intentar todo, pero no soy un dios, no tengo una eternidad para probar todas las variables, y si fuera un dios tendría poder suficiente como para impedir que los problemas apareciesen, no me haría falta tratar de resolverlos.

Solo soy un humano, de tiempo y recursos limitados, un humano al que le han tocado los huevos sobremanera. En mi afán por tratar de ayudar a mi familia solo me he encontrado desprecio y oídos sordos. Pero no por parte de los que han causado esta situación, sino por parte de mi propia familia. Cada una de mis sugerencias ha caído en oídos sordos, y cada uno de mis movimientos ha sido frenado en seco. En cierto modo es natural, tienen a un soldado por hijo y esperan que en esta situación me limite a cumplir ordenes como he hecho siempre. Pero no, yo solo cumplo ordenes de mis superiores, de aquellos que reconozco como mis superiores y a los que he jurado lealtad. En este momento de la vida yo estoy en una posición mucho más elevada que ellos. Tengo ideas, tengo propuestas, tengo la voluntad de hacer algo y el poder para hacerlo... pero me atan las manos y me amordazan. ¿Cómo responder a tamaña estúpidez? Con una simple solución, de un solo tajo, cortar por lo sano, o más bien por lo enfermizo, cortarme las ataduras y todo hilo que alguna vez me uniera a ellos y largarme. ¿Para qué esforzarse en defender a quienes no desean ser defendidos? ¡Al infierno con ellos!

Mi capitán está al tanto de todo. Me ha acompañado junto con dos compañeros a recoger mis pertenencias en mi casa y las hemos trasladado al cuartel más próximo a la torre, donde ahora vivo con mis compañeros. Mi casa está ahora en venta y aunque ellos tienen la llave, que entren, solo encontrarán una casa vacía. Han venido a buscarme al cuartel, pero se les ha prohibido el paso como a todo civil, y a los pies de la torre, en la puerta, me comentan mis compañeros cuando suben a verme que se les ve merodear de vez en cuando por la zona y preguntar por mi. Está claro que no captan las indirectas, que no deseo volver a verlos. Tarde o temprano llegará el confrontamiento, no voy a pasarme toda la vida ocultándome en esta torre, regresando cada noche al cuartel disfrazado de clérigo, bajo un viejo hábito y una capucha. El enfrentamiento vendrá, pero esperaré un poco más, a que se me calme un poco el inmenso malestar que ahora siento y contratacar con la sangre más fría posible. Todo combate justo es aquel que se realiza en igualdad de condiciones, con las mismas armas... pues aprenderé a usar el frío contra su gélida frialdad.

Primero de noviembre, cortando... con todo aquello en mi pasado que solo me trae sufrimiento, incluso con partes de mi ser que no quiero volver a ver, automutilándome, esculpiéndome un corazón nuevo, una nueva mentalidad, menos permisiva con los que no me merecen.



Mascarada

De mi más funesta máscara
te hiciste una copia
de cuerpo entero,
para esconderte, no refugiarte,
no podrás jamás.

Porque tú eres su escudo,
y ella tu verdugo.

1-11-2008


N. del A.: El poema no tiene nada que ver con el tema. Lo escribí hace hoy justo un año y lo tenía oculto. Solo coincide con el tema en que lo escribí en un estado de malestar parecido al actual y que entonces también cortar pero con otro tema, más o menos parecido. Aquí queda el poema, para la que lo entienda.
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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Diario del centinela, capítulo IX: confusión.

Ha sido un mes realmente confuso. Una sensación de caóticos eventos dedicados y destinados en exclusiva a sacudir mi vida de arriba a abajo. Por lo pronto mi padre estuvo un buen tiempo silente, sin saber qué hacer ni qué decir, más en su mundo, ensimismadado, que en este.

La situación no duró mucho. No diré que haya mejorado, sino que alguien tan hiperáctivo como siempre ha sido mi padre no iba a permanecer postrado sin hacer nada por mucho tiempo. Lo que me temo es que se haya puesto en pie para dar pasos equivocados. Para eso prefiero que siga acostado y descansando. Queda mucho camino por recorrer, para todos.

Mientras tanto, mientras llegan las soluciones al averno familiar, yo me reincorporé a mi puesto entre bostezos. Los primeros días fueron muy aburridos, poco transito de mercaderes por la Puerta Este, pocos problemas y demasiado charloteo con los compañeros. Poco a poco todo se ha ido animando, pero con problemas. Al parecer aquel problema diplomático en el norte ha afectado a nuestras armerías. Seguimos con nuestras armas reglamentarias, nuestras lanzas y nuestras espadas, pero ¡ay de romperlas o extraviarlas! No habrá sustitución. Tendríamos que buscarnos la vida para ir a comprarlas de nuestra propia paga. De flechas menos aún que hablar. Se acabaron las prácticas de tiro, ni siquiera para los que deberían estar entrenando como arqueros. Cuestan dinero y no hay, así que han recortado nuestros recursos, pero estoy seguro de que los gobernantes no han recortado sus banquetes. Por suerte mi carcaj está lleno y lo tengo bien guardado en la torre a disposición de cualquiera de mis compañeros que cumple guardia, como yo esta noche, que debería estar vigilando en vez de escribir. Paulo me guarda las espaldas. Sabe que me gusta disfrutar estos momentos de palabras y silencios encorvado ante el papel y guarda en silencio a sabiendas de que luego iré a su lado a compartir con él lo que me preocupa, o temas sin importancia para matar el tiempo mientras se acaba la noche o nos quedamos afónicos.

De todas manera, el tema de las flechas ya no me importa tanto, a pesar de que le había cogido cariño a mi vocación de arquero. Ya dije que me interesaba más el cuerpo a cuerpo, y es lo que estoy entrenando. La noche de autos, la temida noche de los tres nueves tuve que recurrir a las dagas en un divertido altercado con cartas, bebida y mujeres de por medio. Si lo contara sonaría a chiste, pero por suerte no llegó la sangre al río, o por desgracia, todo depende de como se mire. Aquella noche también me libré de dos visitas en la taberna, y descubrí que quien me ha dado la espalda se la ha dado a todos. No me importa en absoluto. En realidad me divierte ver como sus acciones confirman mis palabras. A la otra persona en cuestión me la topé días más tarde, y me ardió la sangre aunque logré disimularlo bien. En ese caso sus acciones confirman sus mentiras. Es curioso ver como dos personas cuya sola presencia hacía que me hirviera la sangre para bien ahora son capaces de hacer lo contrario hacer que me hierva la sangre para mal. Es lo que tiene esta perra vida, que no para dar vueltas como una moneda lanzada al aire, mostrándonos alternativamente sus dos caras en su leve vuelo, o si se quiere otro simil, como una atrevida partida de cartas, que unos días toca corazones, otros espadas, otros tréboles y otros diamantes. Aunque por aquí las cartas son distintas, por aquí, hasta nuevo aviso, pintan bastos.


Caos

De cabeza hasta el fondo
empujado por la corriente y la marea,
topándome de bruces
contra tu ferreo rostro.
Ármame y mándame a la paz
en misión de guerra,
a ver si de una vez me despellejan
o me pierdo de nuevo sin rumbo
o me encuentro, quien sabe,
en el fondo
de una jarra de cerveza
o de una taza
de humeante te negro.

30-9-2009
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martes, 29 de septiembre de 2009

Tu oficio, poeta...

En memoria de José Antonio Muñoz Rojas (9-10-1909 - 29-9-2009)  he grabado uno de sus poemas que recité el 23 de marzo de 2009 en la Casa de las Sirenas en su honor. Lo que valió entonces en vida valga también ahora en muerte. Descansa en paz, compañero de armas.



TU OFICIO, POETA...
Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiera mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

jueves, 17 de septiembre de 2009

He llorado...

He llorado

Con el pecho invadido por la congoja,
la visión nublándoseme, el rostro
abatido, borrada mi típica sonrisa,
nunca de manera expresa
abiertamente a lágrima viva,
pero si recitando, como ahora,
revelando a verso descubierto
que una noche más
he llorado...
17-9-2009
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domingo, 6 de septiembre de 2009

El paciente de la sala 5.

El paciente de la sala 5
Ocurrió anoche, no podría precisar la hora exacta, las cinco y algo de la madrugada marcaba el reloj de la mesilla. Salí mareado de mi habitación, asfixiado por la inusual alta temperatura. El frescor del pasillo me alivió un poco, llegué a la cocina y tomé unos cuantos sorbos de agua fría. Ya refrescado y medianamente despierto desandé el camino hacia mi cama. Al asomarme al pasillo se veía al fondo mi habitación y su luz naranja se me antojó rojiza por unos segundos, como si algún infierno se hubiera desatado allí dentro. Entré en mi pequeño horno, me tumbé en la cama y me di cuenta que el paciente de la sala 5 era yo con la excepción de que aquella noche, aquel 5 de noviembre, fue su piel la que ardió y en mi caso es mi alma la que arde cada noche.

Fotograma tomado de la película V de Vendetta.
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martes, 1 de septiembre de 2009

Respuesta.

Respuesta

Escucha bien, ricura,
en este arte de la literatura
no es sabio dejarse llevar por la presura,
por la rima pura, su dictadura
se tornará en tu tortura,
dejará marcada tu escritura
con palabras inseguras.
Es mejor agarrar la empuñadura,
escoger las palabras con bravura
y componer lentamente la partitura
sin temor a las tachaduras,
ir levantando la estructura
de su arquitectura sin premura,
esperar también la picadura
de la inspiración, la conjura
de las musas que en esta aventura
acompañan a quien mantiene la compostura,
a través de líneas de intensa negrura
dando a los versos completa blancura,
su debida anchura y altura, su estatura,
su adecuada textura,
la forma final de la criatura
a la que sonreirás siempre con dulzura
en cada una de sus futuras
propias o ajenas lecturas.

Y en cuanto al tema mi postura
es dejar que suba la temperatura,
dejar paso a la travesura y la caradura
de exaltar sin censura su hermosura,
asirla de la curvatura de su cintura
y dejar en su corazón una quemadura
llevándola al extremo de la locura
atacando ardientemente sus labios con ternura.
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domingo, 30 de agosto de 2009

Diario del centinela, capítulo VIII: De nuevo en el infierno.


Está visto que no hay manera de librarme, que soy un pupas de mucho cuidado. En este caso, una vez librado de mi propio infierno y rehabilitado en mi puesto en la Puerta Este me dieron unos días de asueto. Había llegado un tiempo de calma tras la tempestad y vieron apropiado que los que más nos habíamos esforzado respirásemos tranquilos. Me marché a una ciudad a varios días de camino de la mía, me dio por perderme durante unos días por sus callejas, ver caras nuevas, subir a sus castillos y revisar sus defensas (deformación profesional). Ojalá me hubiese quedado allí...

Al regresar me topé con un infierno personal, o más bien familiar, que ya me intuía, pero que esperaba que no se hiciera realidad. A mi padre le cerraban la taberna, por decreto, por no decir por cojones, por simple deseo de algún estúpido gobernante que ha decidido expropiar una parcela entera, expulsar a los que viven y/o trabajan allí, destruir los edificios y construirse un palacio. Por suerte mi padre no vive allí, aún tiene una casa en la que seguir viviendo. Aunque el cierre de un negocio no es un problema tan grave como para llamarlo infierno, pero tampoco citaré los detalles en toda su extensión por no hacerle más daño a mi padre del que ya ha pasado y sigue pasando. Diré tan solo que mi padre está en su casa, sintiéndose la persona más inútil del mundo, sin recursos para abrir un nuevo negocio y creyéndose demasiado mayor como para que le contrate alguien, aunque yo pienso lo contrario. El caso es que aquella taberna era su vida, y aunque todos simplemente piensan que se le han arrebatado de las manos, yo veo que se le han arrebatado del corazón, le han arrancado el corazón sin la más mínima compasión.

Estoy en un infierno ajeno (que es infinitamente peor que estar en uno propio), ocupándome de ciertos asuntos, hablando con mi capitán que en algo puede ayudarme, sobre todo con consejos estupendos, y proporcionando parte de mi paga de soldado hasta que se vea que se puede hacer con mi familia y su destino. Mañana me reincorporo a mi puesto, esperando estar lo suficientemente concentrado para ello. Pasado comienza septiembre, se acerca el final del primer plazo, se acercan tres nueves y la duda de si habrá palabras heridas o tan solo silencio ese día que está tan pronto por llegar.

____
Hoy no hay poema en esta entrada de Diario del centinela, no estoy por la labor ni de humor, no tengo ningún verso del que ir tirando e improvisar algo. Si haré una pequeña nota que se sale del contexto medieval de este diario. Mi ciudad, Sevilla, está muriendo por culpa de un puñado de políticos, socios minoritarios de gobierno en el ayuntamiento (no voy a decir que partido pues ya he dado las pistas suficientes) que está destrozando la ciudad a base de obras que repercuten como beneficios en sus empresas. El 30% de los negocios en las zonas en obras han cerrado, aumentando las cifras del paro que ya superan los cuatro millones en España. Cuando las obras terminen los que estén trabajando en las obras se unirán en el INEM a las familias que se han quedado en sin trabajo por culpa de la falta de escrupulos de un puñado de desalmados. Es triste ver como una ciudad muere, es algo que nunca habría imaginado que me tocaría presenciar. Cada vez menos coches, menos tiendas abiertas, menos gente paseando por sus calles, y los mismos cuatro ciclistas invadiendo las aceras y molestando a los peatones. Lo único que se puede hacer es emigrar o esperar a que haya un cambio de gobierno y entre alguien con las pelotas o los ovarios suficientes como para dejarlo todo como estaba. Eso ya no solucionará nada en el caso de las familias que nos hemos visto afectadas, pero no me gustaría tener que entonar un réquiem por esta ciudad. No me hago muchas esperanzas. Tenemos los gobernantes que nos merecemos, y las próximas elecciones los de siempre volverán a votar a los de siempre, aunque en el fondo espero equivocarme. A nadie le gusta equivocarse pero, al igual que en otras muchas cosas, yo soy la excepción que confirma la regla.
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jueves, 27 de agosto de 2009

Venga el mundo todo

Venga el mundo todo

Venga el mundo todo
con su peso sobre mi espalda,
venga una cruz si le place
a hacerme hincar la rodilla,
o un muro a embestirme,
venga otro sueño roto
o un sanguinario artillero
a arrearle cañonazos a mis arcoiris,
venga la traicionera, el hipócrita
y otra desalmada embustera,
venga lo que venga y los que vengan,
no me moverán de mi puesto.

26-8-2009
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Una traducción de Rise



VERSIÓN ORIGINAL RUSO-INGLÉS

I'm a soldier, znachit ya
I otvyetchik i sud'ya
Ya stoyu na dvukh kontsakh ognya
Ogibaya virazhi, obgonyaya smyert' i zhizn'
Ya byegu srazit'sya s tyen'yu lzhi

skol'ko b nityey nye plyol obman
pokazhyet lik svyeta istina

*Save your tears
for the day
when our pain is far behind
on your feet
come with me
we are soldiers stand or die

Save your fears
take your place
save them for the judgement day
fast and free
follow me
time to make the sacrifice
we rise or fall

I'm a soldier, born to stand
in this waking hell I am
witnessing more than I can compute

pray myself we don't forget
lies, betrayed and the oppressed
please give me the strength to be the truth

people facing the fire together
if we don't, we'll lose all we have found

*repeat

Za myechtoyu nakray propasti
Lish' tol'ko tak mozhno mir spasti

Ty nye plach',
Slyozy spryach',
Ved' nastanyet novyy den'
Tvoy ogon'
Sogryevat'
Budyet tysyachi syerdets
A syeychas podnimis'
Spryach' podal'shye bol' i strakh
Pobyedit tot, kto prav
Znay, chto vsyo v tvoikh rukakh

*repeat



TRADUCCIÓN AL INGLÉS

I'm a soldier, meaning that I'm
Both the defendent and the judge
I'm standing on both sides of the fire
Moving along curves, overtaking death and life
I'm running to battle with the shadow of a lie

No matter how many threads deception would weave
Truth will show its face of light

*Save your tears
for the day
when our pain is far behind
on your feet
come with me
we are soldiers stand or die

Save your fears
take your place
save them for the judgement day
fast and free
follow me
time to make the sacrifice
we rise or fall

I'm a soldier, born to stand
in this waking hell I am
witnessing more than I can compute

pray myself we don't forget
lies, betrayed and the oppressed
please give me the strength to be the truth

people facing the fire together
if we don't, we'll lose all we have found

*repeat

After a dream to the edge of a chasm
Only that way can the world be saved

Don't you cry,
Hide the tears,
Because a new day will begin
Your fire
Will warm
Thousands of hearts
And now rise
Tuck away the pain and fear
The one who's right will win
Know that everything is in your hands

*repeat



TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL

Soy un soldado, luego soy
el abogado y el juez
estoy a ambos lados del fuego
avanzando entre curvas, superando la muerte y la vida
corro a luchar contra la sombra de una mentira

No importa cuantos hilos el engaño pueda tejer
la verdad mostrará su cara de luz

*Ahorra tus lágrimas
para el día
en que el dolor esté bien atrás
bajo tus pies
ven conmigo
somos soldados, aguantamos o morimos

Ahórrate tus miedos
ocupa tu lugar
ahórralos para el día del juicio
rápido y libre
sígueme
es hora de hacer el sacrificio
nos alzamos o caemos

Soy un soldado, nacido para aguantar
en este naciente infierno en el que estoy
presenciando más de lo que puedo asimilar

rezo para que no olvidemos
las mentiras, los traicionados y los oprimidos
por favor dame la fuerza para ser la verdad

la gente enfrenta al fuego juntos
si no lo hacemos, perderemos todo lo que hemos hallado

*repetición de estribillo

Tras un sueño al borde del abismo
solo de ese modo podrá el mundo ser salvado

No llores,
oculta las lágrimas,
pues un nuevo día comenzará
tu fuego
calentará
miles de corazones
y ahora álzate
guarda el dolor y el miedo
el justo vencerá
todo está en tus manos

*repetición de estribillo

martes, 18 de agosto de 2009

Contrastes.

Contrastes

A mi los poemas me gustan
como las mujeres, con curvas,
con contrastes, claroscuros y altibajos.
A mí, que me lleguen,
y me vuelvan loco de remate
con su simple luminosidad
y su caótica sombra en cada verso.
No me van los poemas planos
aburridos, monótonos, monócromos,
con tendencia al olvido,
causantes de bostezos
y de parpados en caída libre.
¡Que griten!
Que estalle en ellos los colores,
que me llenen por completo
o me vacíen en forma de lágrimas,
pero sobre todo, y ahí soy intransigente,
que siempre,
en algun momento,
¡el que sea!...
me susurren cómplices al oído...

12-7-2009
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lunes, 17 de agosto de 2009

Apuntes de Historia

Leyendo Introducción al estudio de la historia de Josep Fontana (editorial Crítica, colección nuevos instrumentos universitarios) durante mi viaje a Barcelona me he topado con varios fragmentos que me han llamado la atención. Os los reproduzco:
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El debilitamiento del control efectivo de las iglesias en el terreno de la moral dio prominencia a las normas higiénico-morales expresadas por los médicos, que formarían una moral laica que respondía a motivaciones sociales convencionales y tenía poco que ver con la ciencia. En 1758 un médico de Lausana, Tissot, publicaba Onanismo. Tratado de los desórdenes producidos por la masturbación, un libro que tendría un éxito espectacular. De acuerdo con las ideas de Tissot, los médicos atribuyeron a la masturbación todas las enfermedades imaginables: tuberculosis, impotencia, imbecilidad, catalepsia y, sobre todo, la locura. Sabemos de muchos niños y niñas a los que, siguiendo consejos médicos, se les hacía dormir con camisa de fuerza o encadenados para que no se masturbaran; en el siglo XIX reaparecerían los cinturones metálicos de castidad, ahora de uso infantil (en 1930 todavía se vendían, algunos con un aparato eléctrico), y se llegaron a someter a las criaturas a la clitoridectomía (ablación quirúrgica del clítoris), la enervación de los genitales o la castración.

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La mortalidad de los hijos era mucho más elevada que la de las madres: casi la mitad de los nacidos moría antes de cumplir quince años. Cuando los niños nacían, las comadronas les arreglaban la cabeza o la nariz presionándolas con las manos. No había ninguna medida higiénica. Sabemos, por ejemplo, cómo cuidaba el médico real al príncipe que había de convertirse en Luis XIII de Francia: a los dos meses del nacimiento se le frotó la frente y la cara con mantequilla y aceite; a los cinco años de edad le lavaron las piernas por primera vez con agua tibia; pero no le bañaron por completo hasta los siete años. Si esto se hacía con los hijos de los reyes, cuidados por médicos especialmente asignados, puede imaginarse cuál era la higiene con que se atendía a los demás niños.

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Todo esto nos permite avanzar una reflexión sobre el problema Europa-África y sobre los miedos a la inmigración que se desarrollan en nuestra sociedad. El remedio no reside en poner barreras y construir murallas, sino en ayudar a nuestros vecinos del sur a ser menos pobres. Lo cual no se consigue con ayuda económica -o por lo menos con los volúmenes de ayuda económica que hoy les proporcionamos-, sino que tiene que ver también cno la forma en que están organizadas estas sociedades. La mayoría de los países africanos con demografías explosivas no sólo son pobres, sino que padecen regímenes dictatoriales, monarquías corrompidas o gobiernos pretendidamente modernizadores pero ineficaces y represivos. Y lo malo es que, por intereses políticos y económicos complejos, a los políticos de los países desarrollados les conviene precisamente este tipo de gobiernos corruptos, que les parece la única garantía contra las amenazas "revolucionarias" a sus intereses. Se puede comprobar, por ejemplo, que el hecho de que un gobierno haya sido denunciado por practicar la tortura no hace que lo excluya de la ayuda económica internacional: un gobierno que tortura merece confianza por lo que se refiere a su capacidad de hacer observar las reglas del juego que garantizan el respeto de las propiedades extranjeras y el pago de las deudas.
El problema de la pobreza de los africanos no se resuelve enviándoles conservas y medicamentos para evitar que mueran, sino consiguiendo que vivan mejor. Y hay que pensar que sino se consigue que tengan unas expectativas mínimas de subsistencia, seguirán llamando a la puerta de nuestras casas o entrando por la ventana. Sólo se quedarán en África si se consigue que vivan mejor. Será entonces también, cuando tengan un futuro esperanzador para sus hijos, cuando su fertilidad disminuirá.
La lección final que podríamos deducir es una de las más universales, y más olvidadas, que nos enseña la historia: tan sólo la solidaridad puede resolver los grandes problemas de los hombres. O nos salvamos juntos, o nos perdemos todos.

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La implantación de la agricultura ha sido, al parecer, un acontecimiento complejo y dramático. El paso de la vida de cazador- recolector a la de agricultor-ganadero no ha implicado una mejora, ya que ha entrañado un empeoramiento de la calidad de la vida humana y ha determinado la aparición de nuevas enfermedades, una existencia más corta y tal vez un incremento de la violencia, como consecuencia de la apropiación de la tierra y de la necesidad de defenderla. Se ha llegado a decir que la agricultura ha sido "la peor equivocación de la historia de la especie humana." Ha sido, en todo caso, una equivocación inevitable, vinculada a los cambios climáticos que se produjeron al final de la última glaciación.

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Con la agricultura apareció también en el Próximo oriente el alcohol. Las primeras bebidas deben haber procedido de la fermentación de los dátiles; después han surgido la cerveza, producida a partir de la cebada, el vino y, en las tierras del norte de Europa, el aguamiel fermentado. Estas bebidas, que substituían a otros intoxicantes usados desde la prehistoria, como el opio y los derivados del cáñamo, se difundieron con la agricultura y acabaron constituyendo un elemento característico de la civilización europea.

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Un caso especial de barco de guerra gigante fue el que hizo constuir Ptolomeo IV de Egipto: era de 127 m de largo (eslora), 17 de ancho (manga) y 22 de altura (puntal). Parece que era de doble casco y se dice que necesitaba 4.000 remeros (a razón de cinco a ocho por cada remo) y 2.850 marineros para manejarlo. Era dificilísmo de maniobrar, de manera que permaneció amarrado en el puerto y nunca hizo servicio activo: era una especie de arma de disuasión.

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En el paso del antiguo al nuevo régimen cambiaron la naturaleza del derecho penal (a partir de la influencia ejercida por la obra de Beccaria Dei delitti e delle pene, 1764) y de la carcel. Se consideró que se debía establecer una relación fija y declarada entre los delitos y las penas que los castigaban, y que la reclusión debía cumplir una función educativa y correctora. La nueva prisión era adminitrada por funcionarios a sueldo del estado, estaba cerrada y prentedía mantener a los reclusos constantemente vigilados: de ahí los proyectos de "panópticon" o prisiones modelo radiales, en las que desde el centro de podía vigilar todo. Para evitar la corrupción de los más jóvenes -en 1872 encontramos en Inglaterra a un niño de doce años condenado a un mes de trabajos forzados por haber robado dos conejos- los presos deberían quedar totalmente aislados. Un aislamiento que se reforzaba con el silencio a que se les obligaba, con las separaciones que impedía que se vieran, y con las máscaras que les obligaban a llevar para que no se reconocieran en los escasos momentos en que estaban juntos. El trabajo forzado llegaría ahora su extremo más inhumano con la rueda, que se hacía girar con los pies, a un ritmo de cincuenta pasos por minuto, hasta diez horas diarias, en turnos de veinte minutos de trabajo seguidos de otros veinte de reposo. A veces la rueda servía para moler grano o para subir agua, pero la mayoría de las veces "molía el aire", y se consideraba que su misma inutilidad aumentaba su naturaleza de castigo, y por la misma razón, su función educativa. Estas cárceles educadoras habían sido creadas por la insistencia del humanitarismo, pero su resultado, en lugar de ser el de preparar a los hombres para se reintegraran a la disciplina de la fábrica, fue con mucha frecuencia la locura.

...

Mario Benedetti - Táctica y Estrategia.





Táctica y estrategia


Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos

mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible

mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos

mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos

mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple

mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé como ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.

viernes, 14 de agosto de 2009

Tiempo.

Tiempo

Inexorable el cuarzo
marcará el ritmo
de los segundos, minutos, horas,
días, semanas, meses...
su monótono monólogo
de molestos momentos,
hasta que paren las agujas,
no por falta de pilas, de cuerda
o rotura de algún engranaje.
No, se parará de forma natural
marcando las muerte en punto.
El tiempo habrá cerrado las heridas,
limpiado las mentiras
y la sucia, indecente,
indecorosa y vergonzosa verdad
te devolverá el golpe,
poniéndonos a cada uno
donde debemos estar.

12-8-2009 Barcelona
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jueves, 13 de agosto de 2009

Fragmento de un viaje.

Que alegría de viaje, que bien empezaba. Aquel tren no era lo que había sido cinco años atrás, era el súmmum, o la puta hostia para los que no sepan latín. De hecho, juraría que no era el mismo tren, una remodelación de ese calibre habría sido más cara que un tren nuevo, o como se dice en mi tierra, habría salido más caro el collar que el perro.

Regresaba a mi vagón desde la cafetería, donde mi cartera negra era ahora roja de la puñalada que me habían dado, aunque yo había aceptado ese precio, así que podría decirse que más que regresar de la cafetería venía de hacerme el harakiri. Serpenteé de un lado para otro mientras cruzaba siete vagones de coches cama (no es que hubiera bebido nada, es que cada vagón se cruza por un lado distinto), alucinando por su aspecto y su olor a nuevo y a limpio. Me paré en un servicio a mitad de camino y observé fascinado sus dimensiones, tales que podrían dormir dos personas en su suelo, sacos de dormir incluidos. Llegué finalmente a mi vagón, el 17, abrí la puerta y el olor a humanidad me sacudió en pleno rostrum, más especificamente en la pituitaria amarilla, ya sabes entrando por las fosas nasales, pues todo recto hacia arriba. Solo había seis personas, ni una cuarta parte del vagón, pero tenía que ser precisamente el mío el que oliera a leonera, aunque a los dos segundos dejé de darle importancia, mi olfato tiene gran capacidad de adaptación. Me llamaba más la atención que estuvieran las luces apagadas (salvo las de emergencia) y el aire acondicionado, aunque de eso último no me di cuenta hasta que se volvió a encender todo minutos después. Me gustaba el ambiente en penumbra y el acogedor silencio, y pensaba que sería un gustazo escribir luego inmerso en una atmósfera semejante.

Mientras regresaba la luz me fijé en el letrero de la puerta "butaca gran confort". Al igual que hace cinco años, había decidido viajar de la más económica (e incómoda) manera posible, once horas de trayecto en una butaca, atravesando el país y la noche, pero esta vez era muy distinto. Mientras la antigua "butaca gran confort" era un trasto de hierro de los años setenta (o esa edad le echaba yo) incapaz de reclinarse más de dos centímetros, esta era un señor butacón con multitud de botones para ajustar la inclinación del asiento y del reposapies. Seguía sin poderse viajar en horizontal, pero poco le faltaba y menos aún necesitaba yo para poder dormir. Comparado con entonces era como pasar de viajar en tercera a la zona VIP. También tenía un par de enchufes y la consabida toma de auriculares. Conecté los que venían de regalo y revisé las cadenas. Seis emisoras y ninguna con heavy metal, ¡que cutre! Menos mal que la de música clásica dio paso al jazz y una dulce, femenina voz de ángel me endulzó los oídos. Al rato volvió la clásica y conecté los auriculares a mi móvil, a disfrutar las golosinas musicales que suelo llevar conmigo.

Apareció un empleado para avisarnos que estaríamos parados cuatro horas en Ciudad Real, llegaríamos media hora tarde a Barcelona y apagarían las luces en breve. Le agradecí los avisos y saqué el libro "Introducción al estudio de la Historia" de Josep Fontana. Lo tenía empezado y quería terminarlo en aquel viaje, aunque lo veía difícil, pues últimamente prefería malgastar o invertir mi tiempo (el tiempo mismo decidirá la palabra adecudada) en la escritura más que en la lectura.

Las luces se apagaron al poco de terminar el capítulo sobre relaciones sociales que Fontana había perfectamente rematado con un "o nos salvamos juntos o nos perdemos todos". Me quedé bastante pensativo y en penumbras. Encendí la luz mural de mi asiento, saqué el cuaderno y empecé a escribir, aprovechando que por tercera vez estábamos parados. Estas líneas las manuscribí a 194 kilómetros por hora y he de agradecer que el cuaderno tuviera cuadrícula, pues no quiero no imaginar lo torcidas que podrían haber salido.

Es curioso el momento en el que narras lo que está pasando en ese momento. Hasta ahora he escrito lo que me ha acontecido en la última hora y media, pero he llegado en mi escritura al presente, y ello me obliga a realizar alguna acción aparte de la de escribir para proseguir con la narración, a divagar estúpidamente como estoy haciendo ahora o a inventarme unos hechos, como decir que está pasando un elefante rosa por el pasillo, pero esto último sería demasiado verosimil. Mejor hago algo  o cierro la narración.

Me incorporo y miro a mi alrededor. Falta gente. A pesar de la concentración puesta en la escritura he notado cierto trasiego de personal, a los que supongo en el matad... vagón cafetería. Los presentes duermen todos sin excepción. El de la última fila duerme con la luz encendida, como un niño. Creo que me uniré a ellos, guardaré los trastos, me pondré los tapones de dormir marca acm... renfe, apagaré la luz, inclinaré al máximo mi "butaca gran confort" y cerraré los ojos. Al abrirlos será de día y Barcelona.

Bona nit...
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viernes, 31 de julio de 2009

Diario del centinela, capítulo VII: Quemando el infierno.


Mi estancia en la atalaya me devolvió más taciturno de lo que ya era. Hasta Paulo se dio cuenta de que estaba más callado que de costumbre, tras tratar más de una docena de veces de hacerme hablar para saber que me pasaba y no responderle ninguna. A pesar de mi firme propósito de no seguir dándole vueltas al tema, aún había preguntas que me acosaban, había nuevas preguntas, ¿qué podía hacer para cambiar mi situación? ¿Cómo se escapa del infierno? Necesitaba tomar medidas, acción, ¿pero cuales?

Inútiles hasta la fecha habían sido mis intentos de escapar de mi propio infierno por arriba, a sabiendas de que la línea más corta hacia el cielo era una línea recta en vertical. Pero sin alas no se puede volar. En su lugar me había dado cuenta de que había creado una especie de escalera de tres patas a la que me había dedicado a subir y subir, hasta donde el calor de mi infierno no fuera agobiante. Cada una de las patas de dicha escalera representa una manera que tenía de refugiarme de todo tipo de dolor que diariamente me asolaba. Rompí la escalera.

Estaba claro que por arriba no iba a escapar de mi infierno, ni con alas, ni con escalera, ni con ningún tipo de artilugio. La única manera de salir del infierno era atravesándolo, de punta punta, costase lo que costase. Ya fuera encontraría la manera de subir al cielo, pero lo primero era salir de mi propio infierno a la de ya. Rompí la escalera porque no consideraba noble salir de allí con ayudas, tan solo debía ser mi alma desnuda paso a paso por aquel reino de fuego, dolor y sufrimiento. Pero no anduve mucho...

Quemé mi infierno, maté a mis demonios internos, excepto al mayor de todos, que le hice tragarse los restos de todos mis sueños rotos. Siempre estará esa sombra tras de mi, pero al menos estará callada durante el tiempo que le dure la indigestión. No hay infierno, nunca hubo más infierno que aquel en el quise creer, y al cual hice un pequeño hueco en mi mente y un gran lugar en mi espíritu. Ahora no hay nada, tan solo el orgullo de haberlo convertido en un grandioso imperio de ruinas y cenizas.

Decisiones, acciones, sí, hay muchas que tomar, y las estoy tomando y acatando. Curioso esto de seguir ordenes propias en lugar de solo las de mi superiores. Lo primero, alzar la mirada, alzar la sonrisa, alzar mi bandera victoriosa y quitarle la preocupación a Paulo devolviéndole sus comentarios con un chiste. Siempre le tuve por un novato y un bocazas, y ha sabido estar en su amistoso puesto. Creo que será lo segundo, cambiar mi actitud ante ciertas personas. Lo tercero... soy un centinela, pero mis técnicas están muy oxidadas. Mañana mismo empezaré clases de esgrima, a mejorar en el uno contra uno, cara a cara... Mientras tanto, la noche es larga y toca guardia en mi torre. ¿Qué haré con mi alma, con ese reino de ruinas y cenizas? Bueno, se dice que cierto pájaro es capaz de renacer de sus cenizas, y para subir al cielo al que quiero subir no me vendrían mal un par de alas.


Alas

Para escapar de mi infierno
usé su indómito fuego
y en mis más profundas noches
forjé unas alas,
mas no de hiriente épico acero
que acaba siendo inerte y frío, no,
me he forjado unas alas negras,
estallé el tintero en mis manos
y la dejé caer, derramarse.
Luego pasé mis dedos doloridos
sobre el papel manchado
y tracé mis recuerdos futuros,
la oquedad de mis días ya pasados,
la raigambre de todos mis tiempos
y me las clavé a la espalda.

Ahora me elevo sobre las ruinas
de mi torturada psique.
Mi infierno no es ya más que cenizas.
Su fuego me lo llevo grabado en el pecho,
creo saber a qué cielo, a quién paraiso.

1-8-2009
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domingo, 12 de julio de 2009

De improviso en en un recital.

Tengo una mala manía (en realidad, unas cuantas) que consiste en que cuando participo en algún recital, en vez de recitar algún poema mío acabo recitando alguno de otro poeta. Mi última intervención fue en un recital en beneficio dela Fundación Ana Bella. Leí un poema de Eloy Sánchez Rosillo que ahora no viene al caso. El caso es que para quitarme la espinita estuve componiendo sobre la marcha durante el recital el siguiente poema que os dejo a continuación:


De improviso en un recital

De unos labios sellados,
de una llama a solas,
yo alzo de improvisto este canto,
desgarrando el tiempo despiadado,
desterrando el acero agónico
de estas calurosas horas baldías.
Detente... en este suspiro ¡a gritos!
revoltoso invasor de este íntimo
momento en el que somos
ciudadanos, hermanos, ¡poetas!
revueltamente reunidos retando
a todo miedo, prejuicio o vergüenza
(¿pero qué más da, realmente?)
acercándonos los corazones
en cada latido, en cada golpe
de voz, en cada susurro...

¡Que bien me saben los versos
(y los tercios) compartidos
ante tan grata compañía!

9-7-2009
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domingo, 5 de julio de 2009

Diario del centinela, capítulo VI: Noche cerrada en la atalaya.


Este mes he tenido una nueva asignación, por suerte, temporal. Hay movimiento en el norte, malas noticias, y han ordenado hacer levas, así que todo sargento o teniente capaz de dar una instrucción militar medianamente decente a los nuevos reclutas ha sido movilizado para esa tarea, lo cual signfica ser apartado de sus obligaciones habituales. En principio me querían movilizar a mi también para instruir a dos nuevas secciones de arqueros, pero tuve la suerte (o la desgracia) de poder negarme. Sin embargo si hubo otra asignación que acepté sin vacilaciones, vigilancia nocturna en una atalaya.

Las atalayas, torres de vigilancia camufladas entre paredes de roca o entre árboles, sirven perfectamente su cometido, controlar el paso por lugares muy específicos que debemos tener controlados. Con tanta movilización se han reforzado nuestros puestos de defensa y vigilancia septéntrionales, ¿pero qué pasa con el resto? No se pueden dejar las atalayas sin vigilancia, sería dejar abierto el paso a espías del enemigo y que averiguaran como flanquearnos. Así pues, me he ofrecido para ocuparme de una de ellas.

En cada atalaya suele haber tres centinelas, uno para dormir el turno que le toque, otro para hacer sonar el cuerno en caso de ser atacados y un tercero para vigilar y ser el primero en llevarse un flechazo. En este caso solo estoy yo, en una atalaya de madera tres kilómetros al este de la ciudad, para pasar la noche entera vigilando, pero no en la atalaya, no estoy tan loco como para ponerme a tiro. En la atalaya solo hay un tronco con mi capa y mi casco. Yo me escondo refugiado bajo una capa negra con capucha en tres ramas distintas, cambiando de sitio varias veces durante la noche, cada vez que el sueño se hace demasiado insistente. Desde esos lugares vigilo la senda de tierra que discurre a varias decenas de metros de la atalaya y oteo el bosque iluminado por la luna y las estrellas, en busca de algún nocturno viajero que pretenda evadir mi vigilancia. Durante un par de noches se acercó el capitán Gregorio Taida, para ver si yo solo era capaz de cumplir con las exigencias del puesto. Aprobó mi idea de usar un señuelo en la atalaya en lugar de exponerme personalmente al peligro, y dejó de venir a comprobar si estaba despierto. Algunas noches, cuando pasa por la senda de tierra a todo galope para comprobar otros puestos de vigilancia, se para y se queda mirando a los árboles, hasta que oye los tres golpes secos que propino a la rama a la que estoy subido con mi arco y prosigue su rumbo tranquilo (acto seguido cambio de rama por si alguien más me ha oído).

No lo hago por deber, para variar. No lo hago tampoco por librarme del sargento Marcos (él debe ya estar afónico de tanto gritarle a unos pobres púberes aspirantes a soldados), ni tampoco por librarme de Paulo, aunque he de de reconocer que mis oídos agradecen no tener que estar haciendo guardia con él. No, lo hago por un mal consejo, por un consejo de un amigo. Últimamente estaba demasiado desconcentrado, mareado por mil y un pensamientos, emociones, miedos y tribulaciones. Mi amigo me recomendó que me encerrara en mi mismo, que tuviera mis momentos de soledad, que internamente luchara reflexionando sobre todo aquello que consumía mi interior. Por eso cuando me ofrecieron este puesto en la atalaya lo acepté sin dudar, pensé "estupendo, un buen puñado de noches en la oscuridad y silencio de un bosque para poner en orden todo este caos interno que me atormenta, ni ruidos de la ciudad, ni chachara de Paulo, tan solo la inmensidad de la noche, la luz de la luna y las estrellas y el rumor del viento entre las hojas de los árboles".

Desesperantes han sido estas noches anhelando el alba y mi merecido relevo y descanso. Absurdo el consejo, más peligroso aún que exponerme en la atalaya ha sido adentrarme en la oscuridad de mi alma. Es un arrabal peligroso, por el que no debe adentrarse uno de manera tan temeraria y solitaria. Pero lo hice, estúpidamente lo hice. Me adentré en mi interior, saqué conclusiones a la desesperada, tomé decisiones que me hicieron saltar las lágrimas y tuve que esforzarme por no ponerme a gimotear pues ello habría delatado mi posicion. A la noche siguiente continuaba donde lo había dejado, tanto solo para que otras ideas aún más alocadas, inciertas y agridulces que las de la noche anterior brotaran estrepitosamente. Al final, la última conclusión, la única valida, ¡a la porra con el consejo de mi amigo! De lo único de lo que estaba seguro era que había sido un error hacerle caso y emprender esta introspección y ensimismamiento agudos. Por muchas vueltas que se le de a la pregunta, por mucho que uno la vuelva del derecho al reves y viceversa, por muchas vueltas que se le de a la cuestión, si no tiene la respuesta no hay nada que hacer. Y hay muchas respuestas que han de darme el tiempo y la gente.

El capitán me ha pedido que aguante en mi puesto un par de semanas más. Al final parece que todo se resolverá mediante verborréica diplomacia, hablando. Soy un centinela, un hombre de armas, y curiosamente me alegra no tener que usarlas tampoco esta vez. Volveré a la tranquilidad de mi puesto habitual en la Puerta Este, a seguir intercambiando palabras de tanto con los asiduos comerciantes y los más extravagantes viajeros, y miradas... con las mujeres que se siguen cruzando por delante de mi vida.



Fin de trayecto

Camino, sinuoso,
de tierra aspera y dura,
sublevada contra todo viajero.
En sus millas sufrío su maltrecho trazado,
escuchó las lastímeras peticiones de vagabundos,
observó la desdichada suerte y muerte
de otros errantes, y aprendió
a echarse a un lado, ceder el paso,
a nobles córceles, blancos,
de paso firme y altivo,
filigranas de plata en sus riendas,
y pomposos asnos sobre sus lomos cargando.

Llegó al caer la tarde a la sombra
de los muros de una bella ciudad.
Se adentró en ella, tímidamente,
y séntose en una piedra al borde del mercado
que empezaba a abrir sus puertas.
Decidió descansar un rato,
deleitando su alma en la algarabía naciente,
su oído en la lírica de los juglares
que comenzaban su recitado,
su olfato en las especias que se vendían
un par de puestos más abajo.

Un olor, una voz, una presencia,
desconocidas pero familiares
alzaron su atención y su mirada.
Y allí estaba, los ojos brillando alegres,
la sonrisa amable, el gesto anhelante
e impaciente, sabedor de lo inevitable.
Se levantó y se echó a sus brazos.
Entre lágrimas pensó
"fin de trayecto.
Estoy en casa..."



N. del A.: Si, lo sé, el poema queda un tanto raro, pero como tengo la sensación de que últimamente se cumple todo lo que escribo me ha apetecido escribir algo en el que al final alguien se echa a mis brazos o yo en los de alguien, por si acaso es cierta esta sensación. Me parece una absoluta tontería, pero no se pierde nada por creer.
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martes, 30 de junio de 2009

Lápida.

Lápida

Lo confieso.
Yo
no soy yo...
Alejandro murió,
cayó asesinado un primero de otoño,
en una de esas circunstancias tan suyas
de espadas y corazones
(la mezcla le salió fatal).
Y yo
solo soy una farsa,
un suplantador,
una imitación,
un impostor,
un fingidor,
una copia,
un clon,
un 2.0

que gusta de madrugar los domingos
para fumarme un cigarro ante mi tumba
y rezar... por mi alma imposible.

20-5-2009
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domingo, 31 de mayo de 2009

Diario del centinela, capítulo V: Kayrós y Chronos (y Palabras para enamorar (VII)).



Llegan extraños viajeros a esta puerta que vigilo. En esta ocasión os traigo las palabras de un sabio o un loco, depende de a quien pertenezcan los oídos y los sesos de quien le escuche. Yo no lo juzgo de una manera ni de otra, de ninguna en realidad. Me da igual lo que sea, solo me quedo con su mensaje, el cual, me ha dado que pensar.

Kayrós y Chronos. Tenía una idea sobre estos dos terminos, acaso antiguos nombres de dioses, y puede que sea equivocada. En la parte de Chronos, no, pero sí en la parte de Kayrós. Chronos y Kayrós son el tiempo, pero Chronos es la cantidad del tiempo, invariable. Una hora es siempre una hora, un día siempre es un día, siempre la misma duración, inmutable. Mi error consistía en que yo interpretaba a Kayrós como la otra mitad del tiempo, no su cantidad, sino su calidad. El hecho de que los momentos alegres como las veladas con amigos en la taberna se sintiesen tan cortos en comparación con las nocturnas guardias en la torre lo interpretaba mediante Kayrós. El tiempo es el mismo en Chronos, en cantidad, pero muy distinto en Kayrós, en calidad. Lo sentimos demasiado corto en la felicidad, y exasperadamente largo en la tristeza. He de confesar que últimamente empieza a asustarme que estando viviendo sin amor el tiempo, midiendolo en Kayrós, se me está pasando excesivamente rápido. Debería alegrarme tal hecho, significaría que tengo una existencia ¿feliz?, pero no me alegra, siento que aún me falta algo.

Y en estos quebraderos de cabeza entra por mi puerta este hombre, venido de nadie sabe donde, a sacudir mi mundo y volverlo cabeza abajo. Kayrós no es la medida de la calidad del tiempo, como yo pensaba. καιρός se traduce como "el momento justo". No se trata de la calidad del tiempo, sino de la cualidad de un instante determinado del tiempo, pero no cualquier instante, sino uno en concreto, el momento de la epifanía, el momento en que sabemos que estamos listos, que podemos tomar una determinación y llevarla a buen puerto, el instante preciso.

Mal oído, mala explicación, mala interpretación o todo a la vez. Ya no recuerdo cuando escuché la primera acepción, la errónea, aunque la seguiré manteniendo como cierta. Seguiré escuchando y preguntando, tal vez haya una tercera palabra para la acepción del tiempo de la que primero hablé.

Así pues, Kayrós... Transcurre mi Chronos medianamente solitario, raudo, demasiado para mi gusto. Me pregunto si así ha de ser... Al mismo me pregunto, Kayrós... ¿es el momento oportuno o ya ha pasado? ¿Lo habré dejado escapar o los he dejado escapar? Puede que haya más de uno en la vida, en esa categoría que tantos quebraderos de cabeza me trae, pero si ha habíido alguno recientemente ha habido también dudas que me han hecho tambalear y no he pisado con pie firme. Miro en mi interior... ¿ha llegado Kayrós, el instante preciso? ¿Acaso no debería ser tan fuerte dicha sensación como para no tener que estar preguntándomelo?

Contemplo al Amor embelesado. Me sigue dando la espalda... pero de vez en cuando gira la cabeza, me mira de reojo, y me imagino que sonríe. Me atrae este furtivo juego de miradas, pero dejará de hacerlo si no va a más, porque lo que no avanza, retrocede.



Palabras para enamorar (VII) - Rendición

Me sonríes, pícara.
Quieres que te conquiste.
Dime, ¿a qué te rendiras?
¿Bastará el fuego cruzado de nuestras miradas,
o más bien me obligarás a acortar
el espacio entre nuestros cuerpos, usar las manos,
lentas, apenas rozando, pero con firmeza,
contra la calidez sonrojada de tus mejillas?
No, resístete, no suspires, no aún.
Fuérzame a entregarme por entero.
Cierra los ojos, siénteme aún más cerca,
fundidos en un abrazo, primero,
fundidos luego en la magia eterna de un beso...

Ahora, abre los ojos.
Suspira.
Conmigo.
Y dame la llave de tu corazón.
Aquí tienes la mía.
31-5-2009
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miércoles, 20 de mayo de 2009

Épica amorosa (por no decir erótica).

Me encanta la épica, y sobre todo, usarla como excusa para otros motivos más nobles que la guerra, aunque en realidad cualquier cosa en este mundo es más noble que la guerra... En este caso se esconde el amor y la lujuria bajo la coraza. El primer poema es de Luis Alberto de Cuenca, el segundo de Juan Daniel Perrotta y el tercero mío. Sinceramente, me gustan más los dos primeros.

Sin condiciones

Llevas ya tanto tiempo dirigiendo
tus proyectiles a mi fortaleza.
Siempre dan en el blanco. Se diría
que es un arquero zen quien los dispara.
Me aburre ver mis muros abatidos
por tus bombas, y ver mis baluartes
convertidos en ruinas, y a mis hombres
negándose a luchar. Tendré que hacerlo.
Si supieras lo mucho que me cuesta.



Erótica y estrategia

Balbuceas algo sobre nuestra amistad
y retrocedes
como delimitando una zona de seguridad
ante la inevitable guerra.
Yo pongo mi índice sobre tus labios
después de
claramente
acercarme a tus fronteras.
Digo que bien sabes el afecto que te tengo,
artero
debilito tus posiciones artilladas
dejando caer besos explosivos
haciendo que mis labios desciendan
paracaidistas
al sur
al sur
entre la fronda.
Y debe ser cierto
que el sur es estratégico
importante
a juzgar por lo encarnizado de la batalla
que ahora allí se libra
mientras contraes
contraes
desesperada
como queriendo expulsar
la avanzada de mi ejército
que golpea
acompasadamente
en tu territorio.


Asedio

El amor es otro tipo de guerra
y esta noche estás dispuesta a todo,
lo veo en el ardor de tu mirada...
¡pues que comience la refriega!
Mando dos columnas a flanquear
tus dos torres erguidas orgullosas,
centro en ellas tu atención.
Te golpean mis flechas aleatorias,
por todas partes, te distraen.
Aprovecho tu confusión
para acercar mi ariete a tu entrada.
Golpeo incesante e incansable,
se abre una brecha
y entra el grueso de mi ejercito.
Gritos y gemidos, los ignoro,
aún no ha terminado la batalla,
no hasta que, victoriosos,
caigamos ambos, rendidos.
16-3-2009
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sábado, 9 de mayo de 2009

Aranel No Kohi.


Aranel No Kohi

Solo,
como un sueño
(o como una pesadilla).

Largo,
como los días sin amor.

Frío,
como una cama de matrimonio
para una sola persona.

Y sin azucar,
amargo,
tan amargo como esta vida...

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domingo, 3 de mayo de 2009

Tu oficio, poeta....

Poema de José Antonio Muñoz Rojas, recitado en el Homenaje en su honor celebrado el pasado 23 de marzo en la Casa de las Sirenas.


Tu oficio, poeta...

Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiera mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

viernes, 1 de mayo de 2009

Diario del centinela, capítulo IV: el día de mi muerte.

He preguntado a todos los médicos de la ciudad, y en mis viajes algunas veces a médicos de otras ciudades. La pregunta es sencilla, ¿se puede sobrevivir a una puñalada al corazón? Siempre responden lo mismo, que si la hoja solo roza el corazón hay alguna posibilidad de supervivencia, y siempre tengo que hacer la misma puntualización. ¿Se puede sobrevivir a una puñalada directa al corazón, perforando aurículas y ventrículos? La respuesta es unánime, NO. No se puede sobrevivir a algo así. Entonces sonrío, me callo y me alejo.

¿Soy la excepción que confirma la regla, o simplemente un cadáver ambulante? Me apuñalaron el corazón hace meses, de frente, con nocturnidad y alevosía. Y sin embargo sigo vivo, o mejor dicho, mi cuerpo sigue en movimiento. Con ese acto me mató, al retirar la daga saltó disparada toda mi sangre fuera, mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mi vida... ¡todo! Todo lo que tenía valor para mí quedo desparramado por el suelo. Aquel, sin duda alguna, fue el día de mi muerte.

Porque una vida sin amor no es vida, y dado que aquella noche se me arrebató el amor, se me arrebató también la vida. Ergo soy un muerto viviente, o un vivo finado, ambas definiciones me valen. En realidad me valen muchas más. Para empezar, dragonearé de lo dragoneable, y me llamaré cadáver exquisito. Cuando uno muere lo normal es perder peso, pero lo mío han sido veinte kilos en seis meses, hasta que han llegado a decirme que me estaba quedando en los huesos y estoy manteniéndome en el mismo peso a base de empacharme. Fue sencillo, cuando uno hace de tripas corazón, y le rompen el corazón, le afecta también a las tripas. En la primera semana perdí cinco kilos, ya que solo comía (y más bien poco) por disimular, para que me vieran comer y no se preocupara nadie. Comía porque algo tenía que comer, no porque tuviera la más mínima gana. El resto, una vez comenzada la asimilación de mi nueva condición, fue solo cuestión de trabajo y entrenamiento físico. Y la verdad es que me veo en el espejo y, aparte de no reconocerme, tengo que admitir que no me ha sentado nada mal el cambio.

También me llamaré temerario despojo. En todas las facetas de la vida el miedo nos sirve como una barrera, para bien y para mal, que nos evita hacer más locuras de la cuenta. Pero yo no afronto facetas de la vida, ¡estoy muerto! Cada vez que el recuerdo del miedo se asoma recuerdo que ya estoy muerto, no tengo nada que perder, el miedo huye, rabo entre piernas, y salgo de nuevo victorioso. Particularmente este hecho me ha hecho mejorar como centinela. Ya no titubeo a la hora de ponerme delante para proteger a alguien. Si alguien ha de llevarse el golpe me lo llevaré yo, como si me fuera a doler...

Y aunque podría usar otros, solo citaré, dichoso occiso. Cada vez que estoy triste me pongo a pensar que no tengo motivos. Mi tiempo pasó, mi vida pasó, y cada segundo que permanezco en movimiento, es un segundo robado a la Parca, es un segundo de libertad absoluta y plena, y mi sonrisa regresa. Podría ponerme a pensar que tampoco tengo motivos para sonreir, pero hay cosas en las que prefiero no pensar.

Pensándolo bien, hasta voy a tener hasta que darle las gracias a esa comerciante de la muerte... pero no, no lo haré, pues recuerdo el diálogo de Aquiles y Odiseo en el inframundo "no intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferíria estar sobre la tierra y servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el soberano de todos los cadáveres, de los muertos". Y cada vez que lo recuerdo, lo doy la razón a Aquiles. De nada sirven todos los dones que la muerte puede darte, si en tu pecho no hay un corazón latiendo... y por alguien. No agradeceré mi muerte. No perdonaré JAMÁS mi asesinato.

P.S.: Este mes hubo en la plaza central una interpretación de la leyenda de San Jorge y el Dragón. Cuando San Jorge clavó su espada en el corazón del Dragón un escalofrío recorrió mi espalda. Sin embargo he de reconocer que la rosa que nació de la sangre derramada es realmente hermosa.


N.A.: No sé si es la primera vez que hablo del tema. En este blog puede que por indirectas y alusiones, pero nunca tan abiertamente. A los amigos sí, en parte y a trozos, tampoco quería cargarles con el peso de mi lápida, peso que solo me corresponde a mí, y piedra que tiro al río, sin estar yo amarrado a ella. Este tema tan hiriente lo ha abierto mi centinela, y tanto él como yo lo cerramos con nuestro silencio acerca de aquella noche, pues es un tema que más que cansarme me agota y es un tema agotado. No hay nada más que decir ni pienso repetirme. Lo que está muerto está muerto... (y con ese muerto no me refiero a mí).


Amanecer del nuevo día

Que bien sienta levantarse un domingo
al alba,
tambalearse por el pasillo
rumbo a la cocina,
prepararse un café bien cargado,
taza en mano salir a la terraza
sintiendo el frío rocío
en las plantas de los pies,
y contemplando
el amanecer del nuevo día
exclamar:
¡Se acabó el tiempo!
¡Se acabó nuestro tiempo!

Comienza el mío.
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domingo, 26 de abril de 2009

Palabras para enamorar (VI) - Flamígero deseo.

Comentaba Saray en el programa de radio que hicimos en marzo que cada poeta tiene sus fetiches. Seguramente, tras leer el siguiente poema, descubras cual es el mío:

Flamígero deseo

Si anhelas
el cálido sabor de un beso
acércate a esta hoguera,
al fuego contenido en mis labios.
Ardamos, mi ángel,
consumámonos
en un infierno de pasión.
Tu piel, a mi tacto
ardiente brillará, fulgor
reflejo de la llamarada,
incendio en tu corazón.
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