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martes, 15 de diciembre de 2009

Asesino.

La luna llena iluminaba espectralmente las calles. En una de sus sombras aguardaba, escrutando los lejanos sonidos, disparos, gritos y maldiciones. Unos pasos se acercaban raudos, oíanse sobre él, en una azotea cercana. Cesaron, un par de pasos más y una negra figura aterrizó en un carro de heno a unos metros de donde él se hallaba. Emergió del carro un encapuchado y él salió de su sombra, delatando su presencia y notando una fría mirada proveniente de debajo de la capucha de su adversario.
-Así que tú eres el famoso asesino -dijo devolviéndole la gelidez de su mirada con una pícara sonrisa-. ¿Sabes? Los profesionales como tú sois muy previsibles.
El asesino hechó una rápida mirada rutinaria ojeada a su alrededor. No había asideros, ningún punto de apoyo del que servirse para volver a los tejados. La única salida de ese callejón estaba a ras de suelo, enfrente de si, pero aquel tipejo se entrometía entre él y su escapatoria. ¿Quién era? ¿Porqué estaba tan contento cuando estaba a punto de morir?
-Conozco muy bien a los de tu calaña. Matais por encargo, aprovechais la noche, las sombras y el descuido de vuestras víctimas para apuñalar por la espalda, y luego usais los tejados para escapar rápidamente.
El asesino empezó a inquietarse. Los centinelas que había despistado antes podrían no tardar en presentarse, pero no era simplemente eso... ¿podría ser aquel tipo el cazarrecomenpensas que había hecho estragos en la Hermandad? Si era así... era tiempo para escapar y llevarse, no solo la recompensa por un trabajo bien hecho, sino también el dulce sabor de la venganza en el filo de sus hojas. El extraño río.
-El plan del capitán González era una completa estupidez. Tu informador se dejó sobornar, tendrás que ocuparte de él... si sobrevives... El capitán preparó la vigilancia de la mansión del conde de Úgera a la antigua, sin tener en cuenta que tú entrarías por el ático. Déjame adivinar, acabaste con los dos centinelas que hacían de escolta personal del conde y luego al conde, pero no pudiste evitar que alguno de los tres diera la alarma y tuviste que salir por donde habías entrado mientras intentaban alcanzarte con el fuego de sus mosquetes. Tu intención era llegar hasta la plaza mayor colándote en la posada que hay allí por su azotea, salir tranquilamente por la puerta desencapuchado y perderte por el mercado. Pero mira por donde que de camino te has topado con un carro de heno en el fondo de este callejón que lleva hasta el puerto y sus almacenes, un escondrijo más cercano y seguro, y donde nunca has podido dejarte caer por ser excesiva la altura hoy si has podido. ¿Coincidencia?
De repente el asesino se percató. Nada más llegar a la ciudad había pasado varias noches inspeccionando los tejados, comprobando posibles rutas de huída. Era cierto que aquel callejón proveía una rápida escapatoria para varios de sus objetivos, pero la altura desde los tejados al suelo era excesiva. Que ese día hubiese un carro de heno donde no lo había habido en semanas no era una casualidad, sino una maldita trampa en la que había caído como un novato. Desenvainó su espada mientras se avalanzaba sobre su enemigo. El extraño volvió a reir y desenvainó la suya mientras se preparaba para detener el previsible golpe. Con el ímpetu de la breve carrera y el odío desbocado el golpe fue brutal. El extraño tuvo que aferrar la empuñadura con ambas manos para poder detener el golpe. El asesino solo había usado una, la derecha. El extraño vio como una daga salía de la manga izquierda del asesino y se aproximaba a su pecho... previsible. El golpe de espada estaba parado, el asesino tenía su concentración en su golpe de daga. El extraño usó la fuerza de ambos brazos hacia abajo, obligando a que la espada del asesino se clavara en la tierra. Nada más tocar tierra liberó su mano derecha de la empuñadura y golpeó verticalmente el antebrazo izquierdo del asesino, desviando su letal estocada y dejándole totalmente expuesto a un ataque. El asesino lo sabía, trató de dar un salto hacia atrás. Aprovecharía que la única arma del extraño estaba también tocando el suelo, aún en contacto con la suya, para recuperar el equilibrio y adquirir una posición de defensa. Había subestimado a aquel extraño, no sabía hasta que punto.

Del antebrazo levantado que había desviado su estocada apareció también una daga oculta. El brazo derecho del extraño golpéo como la cola de un escorpión rozando el hombro del asesino en su salto. No hubo herida, por suerte tan solo rasgó sus vestiduras. Doy un par de zancadas más hacia atrás y miró a su víctima con expresión de sorpresa.
-¿Sorprendido? -dijo el extraño con cara de pícara malicia-. Ya te dije que conocía muy bien a los de tu calaña. Este juguetito por poco acabó conmigo la primera vez que me enfrenté a uno de los tuyos, y desde entonces las colecciono y las uso -dijo mientras cambiaba la espada de mano y levantaba la izquierda, mostrando que tenía otra daga oculta bajo la manga izquierda-. Realmente ingenioso, un dispositivo mecánico que desenvaina una daga con un simple movimiento de ante...
-¿Quién eres, un cazarrecompensas? -dijo el asesino, interrumpiendo a aquel charlatán.
-Exacto. Me llamo Alberto del Castillo, y soy especialista en cazar a los tuyos, ya que no hay recompensas más altas que las que ofrecen por los asesinos de la Orden de las Sombras.
Un arrebato de ira golpeó el corazón del asesino, pero se contuvo, no seguiría por más tiempo su juego.
-Pareces saber mucho, demasiado sobre nosotros. Si tuviera tiempo te desarmaría, te dejaría inconsciente, te llevaría a rastras a uno de mis escondrijos y te torturía para saber hasta donde llegan tus conocimientos, donde los has adquirido y con quien más has hablado. Por desgracia tengo prisa, así que no podrás ser mi invitado, tan solo mi víctima -replicó con total frialdad. Si era cierto que sabía tanto sabría las técnicas de combate de la Orden la manera de acabar con él era mostrándole algo nuevo. Se desencapuchó, y abrió su capa. Una segunda espada colgaba al otro lado del cinto. La desenvainó y, envainando una espada en cada mano, contempló al boquiabierto cazarrecompensas un segundo antes de lanzarse de nuevo a la ofensiva.
Alberto dio un paso por atrás por puro instinto. Aquel pálido rostro que se acercaba a él era una máscara de muerte. Las estocadas de sus dos espadas eran rápidas y precisas. Hizo presión en su antebrazo izquierdo para que la daga oculta apareciese, aunque corta podría usarla para detener o desviar algún ataque. El asesino atacaba sin cesar frontalmente, sin siquiera tratar de rodear a su adversario y escapar. Saldría de allí pisoteando el cadáver de aquel cazarrecompensas o no saldría, pero la preocupada mirada de aquel le hacía intuir que su venganza se cumpliría. Aún le preocupaba que algún centinela le hubiera seguido por los tejados y que el sonido del duelo que disputaba le llevase a ese callejón. Desde el tejado del que se había dejado caer era un blanco fácil incluso para un tirador medio. Tendría que arriesgarse e intentar alcanzar al cazarrecompensas con una estocada certera lo más rápidamente posible. Dio un paso atrás esquivando un ataque de su enemigo, abrió los brazos dejando el pecho al descubierto y los cerró a la vez en un doble mandoble lateral. Alberto aún no había recuperado la posición de defensa tras su ataque y se vio sorprendido. Intentó dar un paso hacia atrás pero no pudo evitar que las puntas de las dos espadas realizaran sendos cortes a la altura de su pecho. Aunque leves, ambas heridas empezaron a sangrar. El asesino sonrío triunfal. Sus brazos abrazaban su pecho y ambas espadas estaban listas para otro doble corte lateral. Esta vez apuntaría más arriba, le cortaría la cabeza y se la llevaría a la Orden, que conocieran el rostro de quien había llevado a la tumba a más de una docena de sus miembros. Alberto no tuvo otra salida, aunque fuera jugar sucio. Dio rápidamente otro par de pasos mientras tiraba la espada al suelo. El asesinó se detuvo, perplejo, ¿se rendía? Alberto levantó ambos brazos, tensó el antebrazo derecho y la daga oculta apareció. ¿Iba a luchar herido con esas dos dagas cortas? ¿Se había vuelto loco? El asesino no sabía a que atenerse. Alberto volvió a tensar los antebrazos y ambas dagas salieron disparadas hacia el asesino, clavándose en su abdomen.

El asesino yacía en el suelo, de rodillas. En su camino de descenso el agudo dolor le había llevado a soltar involuntariamente sus espadas. Alberto recogió la suya y apoyó la punta en el pecho del asesino.
-Ahora... viene mi.. parte... favorita...la parte...-Albertó paró un segundo para tomar aire y prosiguió-. La parte en la que suplicas por tu vida.
-¿No...vas a ...entregarme?
-Si, pero no con vida. Vivo podrías escapar, muerto no darás problemas y me pagarán lo mismo -dijo Alberto-. Estoy esperando... -agregó tras unos segundos de silencio.
-No... no lo haré -dijo el asesino mientras sentía que las fuerzas le iban abandonando. Alberto no esperaba esa contestación.
-¿Por qué no? -dijo con ira en su voz-. ¡Todos tus hermanos suplicaron como los perros que eran antes de que acabara con ellos, asesino! -gritó Alberto, recalcando perros y asesino, como los insultos que pretendía que fueran. El silencio se le hizo eterno hasta que el asesino volvió a hablar.
-Los asesinos no tenemos derecho a pedir clemencia, por eso no lo haré. Espero que tú también tengas el honor y la decencia de no pedirla el día que acaban contigo... asesino... -dijo clavándo su desafiante mirada en la del cazarrecompensas.
Tras un instante de duda Alberto clavó su espada en el pecho del asesino, devolviéndole la estocada que, con aquellas últimas palabras, había recibido en pleno corazón.

Alzó la mirada. Desde las sombras del tejado un centinela había presenciado los últimos compases...
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