domingo, 31 de mayo de 2009

Diario del centinela, capítulo V: Kayrós y Chronos (y Palabras para enamorar (VII)).



Llegan extraños viajeros a esta puerta que vigilo. En esta ocasión os traigo las palabras de un sabio o un loco, depende de a quien pertenezcan los oídos y los sesos de quien le escuche. Yo no lo juzgo de una manera ni de otra, de ninguna en realidad. Me da igual lo que sea, solo me quedo con su mensaje, el cual, me ha dado que pensar.

Kayrós y Chronos. Tenía una idea sobre estos dos terminos, acaso antiguos nombres de dioses, y puede que sea equivocada. En la parte de Chronos, no, pero sí en la parte de Kayrós. Chronos y Kayrós son el tiempo, pero Chronos es la cantidad del tiempo, invariable. Una hora es siempre una hora, un día siempre es un día, siempre la misma duración, inmutable. Mi error consistía en que yo interpretaba a Kayrós como la otra mitad del tiempo, no su cantidad, sino su calidad. El hecho de que los momentos alegres como las veladas con amigos en la taberna se sintiesen tan cortos en comparación con las nocturnas guardias en la torre lo interpretaba mediante Kayrós. El tiempo es el mismo en Chronos, en cantidad, pero muy distinto en Kayrós, en calidad. Lo sentimos demasiado corto en la felicidad, y exasperadamente largo en la tristeza. He de confesar que últimamente empieza a asustarme que estando viviendo sin amor el tiempo, midiendolo en Kayrós, se me está pasando excesivamente rápido. Debería alegrarme tal hecho, significaría que tengo una existencia ¿feliz?, pero no me alegra, siento que aún me falta algo.

Y en estos quebraderos de cabeza entra por mi puerta este hombre, venido de nadie sabe donde, a sacudir mi mundo y volverlo cabeza abajo. Kayrós no es la medida de la calidad del tiempo, como yo pensaba. καιρός se traduce como "el momento justo". No se trata de la calidad del tiempo, sino de la cualidad de un instante determinado del tiempo, pero no cualquier instante, sino uno en concreto, el momento de la epifanía, el momento en que sabemos que estamos listos, que podemos tomar una determinación y llevarla a buen puerto, el instante preciso.

Mal oído, mala explicación, mala interpretación o todo a la vez. Ya no recuerdo cuando escuché la primera acepción, la errónea, aunque la seguiré manteniendo como cierta. Seguiré escuchando y preguntando, tal vez haya una tercera palabra para la acepción del tiempo de la que primero hablé.

Así pues, Kayrós... Transcurre mi Chronos medianamente solitario, raudo, demasiado para mi gusto. Me pregunto si así ha de ser... Al mismo me pregunto, Kayrós... ¿es el momento oportuno o ya ha pasado? ¿Lo habré dejado escapar o los he dejado escapar? Puede que haya más de uno en la vida, en esa categoría que tantos quebraderos de cabeza me trae, pero si ha habíido alguno recientemente ha habido también dudas que me han hecho tambalear y no he pisado con pie firme. Miro en mi interior... ¿ha llegado Kayrós, el instante preciso? ¿Acaso no debería ser tan fuerte dicha sensación como para no tener que estar preguntándomelo?

Contemplo al Amor embelesado. Me sigue dando la espalda... pero de vez en cuando gira la cabeza, me mira de reojo, y me imagino que sonríe. Me atrae este furtivo juego de miradas, pero dejará de hacerlo si no va a más, porque lo que no avanza, retrocede.



Palabras para enamorar (VII) - Rendición

Me sonríes, pícara.
Quieres que te conquiste.
Dime, ¿a qué te rendiras?
¿Bastará el fuego cruzado de nuestras miradas,
o más bien me obligarás a acortar
el espacio entre nuestros cuerpos, usar las manos,
lentas, apenas rozando, pero con firmeza,
contra la calidez sonrojada de tus mejillas?
No, resístete, no suspires, no aún.
Fuérzame a entregarme por entero.
Cierra los ojos, siénteme aún más cerca,
fundidos en un abrazo, primero,
fundidos luego en la magia eterna de un beso...

Ahora, abre los ojos.
Suspira.
Conmigo.
Y dame la llave de tu corazón.
Aquí tienes la mía.
31-5-2009
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miércoles, 20 de mayo de 2009

Épica amorosa (por no decir erótica).

Me encanta la épica, y sobre todo, usarla como excusa para otros motivos más nobles que la guerra, aunque en realidad cualquier cosa en este mundo es más noble que la guerra... En este caso se esconde el amor y la lujuria bajo la coraza. El primer poema es de Luis Alberto de Cuenca, el segundo de Juan Daniel Perrotta y el tercero mío. Sinceramente, me gustan más los dos primeros.

Sin condiciones

Llevas ya tanto tiempo dirigiendo
tus proyectiles a mi fortaleza.
Siempre dan en el blanco. Se diría
que es un arquero zen quien los dispara.
Me aburre ver mis muros abatidos
por tus bombas, y ver mis baluartes
convertidos en ruinas, y a mis hombres
negándose a luchar. Tendré que hacerlo.
Si supieras lo mucho que me cuesta.



Erótica y estrategia

Balbuceas algo sobre nuestra amistad
y retrocedes
como delimitando una zona de seguridad
ante la inevitable guerra.
Yo pongo mi índice sobre tus labios
después de
claramente
acercarme a tus fronteras.
Digo que bien sabes el afecto que te tengo,
artero
debilito tus posiciones artilladas
dejando caer besos explosivos
haciendo que mis labios desciendan
paracaidistas
al sur
al sur
entre la fronda.
Y debe ser cierto
que el sur es estratégico
importante
a juzgar por lo encarnizado de la batalla
que ahora allí se libra
mientras contraes
contraes
desesperada
como queriendo expulsar
la avanzada de mi ejército
que golpea
acompasadamente
en tu territorio.


Asedio

El amor es otro tipo de guerra
y esta noche estás dispuesta a todo,
lo veo en el ardor de tu mirada...
¡pues que comience la refriega!
Mando dos columnas a flanquear
tus dos torres erguidas orgullosas,
centro en ellas tu atención.
Te golpean mis flechas aleatorias,
por todas partes, te distraen.
Aprovecho tu confusión
para acercar mi ariete a tu entrada.
Golpeo incesante e incansable,
se abre una brecha
y entra el grueso de mi ejercito.
Gritos y gemidos, los ignoro,
aún no ha terminado la batalla,
no hasta que, victoriosos,
caigamos ambos, rendidos.
16-3-2009
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sábado, 9 de mayo de 2009

Aranel No Kohi.


Aranel No Kohi

Solo,
como un sueño
(o como una pesadilla).

Largo,
como los días sin amor.

Frío,
como una cama de matrimonio
para una sola persona.

Y sin azucar,
amargo,
tan amargo como esta vida...

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domingo, 3 de mayo de 2009

Tu oficio, poeta....

Poema de José Antonio Muñoz Rojas, recitado en el Homenaje en su honor celebrado el pasado 23 de marzo en la Casa de las Sirenas.


Tu oficio, poeta...

Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiera mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

viernes, 1 de mayo de 2009

Diario del centinela, capítulo IV: el día de mi muerte.

He preguntado a todos los médicos de la ciudad, y en mis viajes algunas veces a médicos de otras ciudades. La pregunta es sencilla, ¿se puede sobrevivir a una puñalada al corazón? Siempre responden lo mismo, que si la hoja solo roza el corazón hay alguna posibilidad de supervivencia, y siempre tengo que hacer la misma puntualización. ¿Se puede sobrevivir a una puñalada directa al corazón, perforando aurículas y ventrículos? La respuesta es unánime, NO. No se puede sobrevivir a algo así. Entonces sonrío, me callo y me alejo.

¿Soy la excepción que confirma la regla, o simplemente un cadáver ambulante? Me apuñalaron el corazón hace meses, de frente, con nocturnidad y alevosía. Y sin embargo sigo vivo, o mejor dicho, mi cuerpo sigue en movimiento. Con ese acto me mató, al retirar la daga saltó disparada toda mi sangre fuera, mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mi vida... ¡todo! Todo lo que tenía valor para mí quedo desparramado por el suelo. Aquel, sin duda alguna, fue el día de mi muerte.

Porque una vida sin amor no es vida, y dado que aquella noche se me arrebató el amor, se me arrebató también la vida. Ergo soy un muerto viviente, o un vivo finado, ambas definiciones me valen. En realidad me valen muchas más. Para empezar, dragonearé de lo dragoneable, y me llamaré cadáver exquisito. Cuando uno muere lo normal es perder peso, pero lo mío han sido veinte kilos en seis meses, hasta que han llegado a decirme que me estaba quedando en los huesos y estoy manteniéndome en el mismo peso a base de empacharme. Fue sencillo, cuando uno hace de tripas corazón, y le rompen el corazón, le afecta también a las tripas. En la primera semana perdí cinco kilos, ya que solo comía (y más bien poco) por disimular, para que me vieran comer y no se preocupara nadie. Comía porque algo tenía que comer, no porque tuviera la más mínima gana. El resto, una vez comenzada la asimilación de mi nueva condición, fue solo cuestión de trabajo y entrenamiento físico. Y la verdad es que me veo en el espejo y, aparte de no reconocerme, tengo que admitir que no me ha sentado nada mal el cambio.

También me llamaré temerario despojo. En todas las facetas de la vida el miedo nos sirve como una barrera, para bien y para mal, que nos evita hacer más locuras de la cuenta. Pero yo no afronto facetas de la vida, ¡estoy muerto! Cada vez que el recuerdo del miedo se asoma recuerdo que ya estoy muerto, no tengo nada que perder, el miedo huye, rabo entre piernas, y salgo de nuevo victorioso. Particularmente este hecho me ha hecho mejorar como centinela. Ya no titubeo a la hora de ponerme delante para proteger a alguien. Si alguien ha de llevarse el golpe me lo llevaré yo, como si me fuera a doler...

Y aunque podría usar otros, solo citaré, dichoso occiso. Cada vez que estoy triste me pongo a pensar que no tengo motivos. Mi tiempo pasó, mi vida pasó, y cada segundo que permanezco en movimiento, es un segundo robado a la Parca, es un segundo de libertad absoluta y plena, y mi sonrisa regresa. Podría ponerme a pensar que tampoco tengo motivos para sonreir, pero hay cosas en las que prefiero no pensar.

Pensándolo bien, hasta voy a tener hasta que darle las gracias a esa comerciante de la muerte... pero no, no lo haré, pues recuerdo el diálogo de Aquiles y Odiseo en el inframundo "no intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferíria estar sobre la tierra y servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el soberano de todos los cadáveres, de los muertos". Y cada vez que lo recuerdo, lo doy la razón a Aquiles. De nada sirven todos los dones que la muerte puede darte, si en tu pecho no hay un corazón latiendo... y por alguien. No agradeceré mi muerte. No perdonaré JAMÁS mi asesinato.

P.S.: Este mes hubo en la plaza central una interpretación de la leyenda de San Jorge y el Dragón. Cuando San Jorge clavó su espada en el corazón del Dragón un escalofrío recorrió mi espalda. Sin embargo he de reconocer que la rosa que nació de la sangre derramada es realmente hermosa.


N.A.: No sé si es la primera vez que hablo del tema. En este blog puede que por indirectas y alusiones, pero nunca tan abiertamente. A los amigos sí, en parte y a trozos, tampoco quería cargarles con el peso de mi lápida, peso que solo me corresponde a mí, y piedra que tiro al río, sin estar yo amarrado a ella. Este tema tan hiriente lo ha abierto mi centinela, y tanto él como yo lo cerramos con nuestro silencio acerca de aquella noche, pues es un tema que más que cansarme me agota y es un tema agotado. No hay nada más que decir ni pienso repetirme. Lo que está muerto está muerto... (y con ese muerto no me refiero a mí).


Amanecer del nuevo día

Que bien sienta levantarse un domingo
al alba,
tambalearse por el pasillo
rumbo a la cocina,
prepararse un café bien cargado,
taza en mano salir a la terraza
sintiendo el frío rocío
en las plantas de los pies,
y contemplando
el amanecer del nuevo día
exclamar:
¡Se acabó el tiempo!
¡Se acabó nuestro tiempo!

Comienza el mío.
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