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martes, 7 de junio de 2011

Diario del centinela, capítulo XXIX: Los límites de la noche.

Moon by Nick K
Cada mediodía se alza el Angelus, orado devotamente por docenas de gargantas desde múltiples rincones de la urbe, desde las parroquias, los conventos, las casas. A mediodía...

A medianoche los únicos cantos que se alzan son los de los borrachos. La devoción se acuesta temprano para poner a la mañana siguiente la otra mejilla. Acá se quedan solo los malos... y los centinelas, dos grupos que cada día se me antojan más uno sólo.

Continuo mis divagaciones nocturnas en el mismo sitio en que las dejé, en lo más alto de la torre. En el norte la guerra ha estallado. De acá parten levas, jóvenes inexpertos que, en su gran mayoría, nunca volveremos a ver. Muchos, yo el primero, pero sobre todo muchas madres se preguntan por qué y para qué. ¿Qué ganamos con la muerte? ¿Por qué llevar la muerte, por qué dejar que se nos acerque? ¿Tan diferentes somos? ¿Acaso importa?

Pienso en el enemigo y pienso en mis amigos. ¿Por qué los habitantes de dos reinos tenemos que enfrentarnos? ¿Dónde están los motivos? Antón y Rodrigo, a mi diestra y siniestra ahora mismo, son radicalmente diferentes el uno del otro, uno es un sieso desconfiado y el otro un bobalicón sin remedio, pero no por ello se matan, ni tan siquiera discuten. Yo mismo considero tener una personalidad extraña, totalmente distinta a la de cualquier persona con la que haya topado hasta el momento, y no por ello voy ensartando en mi lanza a todo aquel distinto de mi, aún por muy molesto que me pueda resultar. Los soldados somos gente disciplinada, no caemos en la provocación. Aquellos a los que defendemos, mercaderes, religiosos, artesanos... son gente pacífica, no desean la guerra, mucho menos cuando ello implica la muerte de sus propios hijos. No son tontos.

En realidad se pueden contar con los dedos de una mano los hijos de puta reincidentes, los que tienen la suficiente habilidad y experiencia para liarla parda. Más me preocupan los no habituales, más difíciles de detectar y arrestar. Pero aquellos no están en una situación de poder como para poder hacer girar los engranajes de la guerra, sólo nuestros gobernantes pueden declararla. Lo único que no entiendo, por mucho que rebusco entre los límites de la noche, es porqué tendrían que mandarnos a morir. Antón dice que por amor... al dinero. Rodrigo me sorprendió contestándome que hay gente que sólo quiere sangre y fuego, sin importar el precio, sino que se lo pregunten a Nerón.

Yo creo que ambas respuestas pueden ser correctas, que todo sea una cuestión de avaricia y sadismo. También es posible que sea más sencillo. Simplemente nuestros gobernantes son tontos de remate.
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lunes, 9 de mayo de 2011

Diario del centinela, capítulo XXVIII: Al contrario.

Siempre que he dicho luz he pensado en Sol, algunas veces en Luna... pero también me da por pensar, ¿y si estoy equivocado? ¿Y si la Luna no tuviese luz como afirman algunos locos, sino que simplemente fuese un trozo de roca más, reflejando la luz del Sol como la reflejan las murallas de esta ciudad? ¿Y si la Luna no fuese más que un trozo de oscuridad entre la oscuridad?

Igualmente me planteo si no lo estoy viendo todo al contrario. Hay quienes siempre vi con malos ojos, personas que siempre parecieron eternos partidarios del pandemonium y la vileza, mas nunca tuve que enfrentarme a ellos, ni nunca alzaron sus manos contra ningún inocente, ni contra ningún culpable, simplemente no alzaban las manos. Miraban con seriedad y desconfianza, eso sí, pero ¿acaso no he mirado yo así también a cada extraño que entraba en la ciudad?

A la par, conocí a los hombres santos en mi juventud. En su ascenso a la santidad no les importaba pisotear a la humanidad. Tardé mucho en darme cuenta, en abrir los ojos y reaccionar apartándome de ellos. Algunos de ellos podrían haber sido grandes personas, pero prefirieron ser minúsculos beatos cuyos nombres no (re)conoce el pueblo.

Y ahora, en esta noche de blanca Luna llena me pregunto... ¿quién es quien? ¿Cual es el juego de cada uno, qué cartas ocultan bajo la manga? He visto amigos convertirse en enemigos y viceversa, pero no es tan simple. También he visto enemigos que se han quedado en enemigos y punto; y amigos que siguen estando ahí, desde el primer día.

...

No veo necesario hacer grandes cambios tras esta serie de pensamientos. Si acaso aguzar los sentidos, ver más allá de las máscaras que nosotros mismos vamos colgando a los demás, descubrir donde sólo hay prejuicios cuando debería haber amistad, así como anticipar el puñal que de vez en cuando nos clavan sonrientes por la espalda, a sabiendas que no siempre descubriremos ni anticiparemos lo uno ni lo otro. La sangre siempre es inevitable. Otra vía, drástica, es desconfiar de todo el mundo. Recuerdo que el sargento Marcos trató de grabarme a fuego esa enseñanza durante la instrucción. Fracasó. ¿Realmente se puede vivir desconfiando de todo y todos, sin ninguna mano de confianza, un amigo, un hermano, un aliado, un compañero? Y de ser así, ¿es realmente conveniente tener como única compañera en vida a la soledad?

Yo no lo creo así. Creo y espero que nunca lo creeré así. Hasta la Luna tiene compañía, poetas que le cantan y centinelas divagando bajo su luz y su oscuridad.

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lunes, 4 de abril de 2011

Diario del centinela, capítulo XXVII: Cuando no hay sequía, diluvia.

Cuando no hay sequía, diluvia, por Alex Ruiz


Mi vida se define por extremos, o bien nos morimos de sed o bien nos ahogamos bajo lluvias torrenciales. Cuando no un periodo de paz, eso tan contrario al negocio de un centinela, pone en duda la necesidad de nuestra labor convirtiéndonos en el punto de mira de todas las críticas, le sigue un periodo de problemas y altercados en el que arrecian las críticas y todos claman la formación de más centinelas. O nada que hacer o demasiado, no hay termino medio.

Ahora estoy bajo la lluvia. Esta vez si, ya no hay rumores, hay guerra en el lejano norte. Los oficiales de mayor rango de cada ciudad han sido llamados y sólo quedamos los inferiores e impuestos extraordinarios para hacer frente al conflicto. La disminución de la seguridad y las nuevas cargas propician el crimen, y ahí es donde entramos nosotros y la multitud de horas que dedicamos a que Puerto Nallacia siga siendo segura.

No tengo nada en contra de la lluvia. Puestos a elegir prefiero el diluvio a la sequía, pero si realmente pudiere elegir preferiría la misma lluvia que allá en el norte, en el campo de batalla, ese chiribiri, esa lluvia lenta, infinita y débil que tarda en empaparte. Preferiría que todo lo que tuviere que acontecer lo hiciere de esta manera, con calma, un evento tras otro, no al mogollón, con la insensata suicida velocidad con la que están cayendo sobre nuestros hombros. Pero es lo que hay. Uno no domina ni su propia vida, la vida le domina a él y sólo hay una alternativa que merezca la pena, entrar al combate aún a costa de la propia vida.

Estoy en la alto de la torre Este, bajo la lluvia aguardo un mensajero. Ya han llegado varios. Yo aguardo uno que porta un mensaje imposible. La lluvia es infinita...
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lunes, 28 de febrero de 2011

Diario del centinela, capítulo XXVI: ¡Abrid las puertas!

―¡Abrid las puertas!
Marco dio un respingo en su puesto. Mi grito sin duda le había sacado de su duermevela.
―¿Quién vive? ―respondió aún con un deje de somnolencia en su voz. Pregunta interesante, ¿quién vive...? No le respondí, acerqué la antorcha a mi rostro, esa antorcha de la que hace rato debía haberse percatado. Tardó un poco en reconocer el rostro de su teniente y en repetir la orden que le había dado a los centinelas que aguardaban tras ellas. Las primeras luces del alba se alzaban a mi espalda. Apagué la antorcha en la tierra del camino y tiré de las riendas de mi caballo dirigiéndolo hacia el interior de la ciudad. Antón y Rodrigo no me reconocieron hasta tener mi rostro a un par de palmos de los suyos debido al contraluz del amanecer. Fue Rodrigo el primero en reaccionar.
―Bu, buenos días, mi teniente. El cabo Padilla estaba a punto de salir a buscarle ―dijo mientras me fijaba que un jinete se acercaba al trote. Paró a pocos metros y me indicó con un par de gestos que montara y le siguiese. Trotamos hasta el cuartel. En el patio un grupo de jinetes bien pertrechados aguardaban junto al corcel del capitán. Padilla me indicó que esperara ahí y, apeándose de su caballo, entró en la puerta más cercana al abrevadero.

No tardó en salir con el capitán Taida. El capitán me lanzó una mirada inquisitiva. Sabía lo que me estaba preguntando y asentí levemente con la cabeza. Se acercó y me entregó un rollo de papiro. No disimulé en mi rostro la extrañeza. Sabía lo que era tan solo de oídas, jamás había visto uno. Hice el ademán de desenrrollarlo... ―NO ―dijo con firmeza mi capitán―. No lo abras aquí. Retírate a tu aposento, teniente. Y no te demores mucho, estás al mando en mi ausencia.
Sin una sola palabra más me apeé, entregué las riendas al mozo de cuadras y me retiré a cumplir ordenes. Detrás mía escuché claramente los cascos del resto de caballos. El capitán y su escolta habían partido, intuía donde.
Ya en mi aposento, bien encerrado, comencé a leer el papiro.
Medianoche del martes 8 en la torre abandonada al final del callejón del aire. No leas ni una línea más de este papiro hasta entonces.

He de confesar que esperaba cualquier cosa excepto algo así. ¿Para qué quería mi capitán que fuese a aquel viejo torreón? Lo mirara por donde lo mirara no le veía ningún sentido. Tendría que ser paciente, sin ser la paciencia ninguna de mis escasas virtudes. La tentación de seguir leyendo me ardía entre las manos. Lancé el papiro a lo más alto de la estantería y, tomando arco y carcaj, me encaminé a la torre central. Tenía una tarea que satisfacer, ya habría tiempo para resolver acertijos a medianoche.






  
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lunes, 31 de enero de 2011

Diario del centinela, capítulo XXV: Ha dejado de ser un juego.

Tras dejar que todas mis murallas y torres se vinieran abajo (y digo dejar porqué no me molesté en mover ni un solo dedo) he solicitado un permiso de un par de días con excusa de agotamiento y me he encerrado en una pequeña estancia en una pensión a unas cuantas millas de la ciudad, lejos de la visión de todos y todo lo cotidiano.

Me he traído conmigo todos mis escritos y dedicado el primer día tan sólo a leerme, a calcular el número de estupideces por línea, y sale un número bastante alto por cierto. Mientras cae el sol por poniente ya tengo claro que tengo varios conflictos abiertos... ¡unos once y sin profundizar demasiado!

1. El primer conflicto surgió al contrastar mi parte interna y mi parte externa. Está claro que lo que pienso de mi mismo no coincide para nada con como me comporto, ergo (casi) nunca me comporto como yo mismo. Más bien podría decir que hay dos Alastair, el interno y el externo (el bueno y el malo), siendo el externo el predominante mientras yo pensaba que lo era el interno.
Solución: no volver a hacer nada externo que vaya en contra de los designios de mi yo interno (suena fácil pero no lo es).

2. El segundo conflicto surgió al contrastar mi parte interna y mi parte externa. No me estoy repitiendo, es una variación del anterior. A pesar de que mi parte externa es ahora mismo la predominante he observado que los que están a mi alrededor han sido capaces de ver mi parte interna, y es la que quieren ver externamente a todas horas, ninguna otra más. No tengo la obligación de comportarme como los demás quieran que me comporte, pero es lo que quiero hacer, así que son dos pájaros de un flechazo.
Solución: igual que el punto anterior.

3. Tengo un gran problema de concentración. Aunque no hace muchos meses que conozco los límites de la concentración lo cierto es que no he sido capaz de afinarla a lo que sería deseable, ni mucho ni poco, no le he echado las ganas suficientes.
Solución: como me dijo un gran maestro de esgrima cuando apenas era capaz de levantar la espada "échale ganas". Hay varios procedimientos que tengo que poner en marcha a la de ya. El primero es saberme consciente de que mi concentración no puede estar NUNCA en más de cuatro sitios a la vez.

4. Atrevimiento o valor, como lo quiera llamar. Lo cierto es que muchas veces no me atrevo a actuar, bien verbalmente o físicamente, por falta de atrevimiento, traicionando de esta manera mis propios designios internos. Ciertamente soy mi propio veneno, soy una serpiente que se muerde a si misma sin ser inmune a su propio veneno. Por suerte creo ser también mi propio antídoto.
Solución: lo mismo, "échale ganas". Cada vez que me muerda la lengua o el miedo o la timidez bloqueen mis movimientos volvería a traicionarme a mi mismo y a todo lo que me han enseñado.

5. Reabrir la guerra interna. Hará unos meses me cansé de mis dos yos, el interno y el externo y decidí apagar todos los fuegos de mi guerra interna y así ahorrarme dolores de cabeza diciendo que a partir de entonces yo sería solamente yo. Ahora advierto que fue un fatal error. Vaya a donde vaya, aunque sea en el otro extremo del mundo, esta guerra siempre debe acompañarme, todos los días, a todas horas, sólo mi muerte acabará con ella.
Solución: verla tal y como es. No es un problema, es una solución, es mi principal recurso. No luchar es directamente rendirme, claudicar ante las circunstancias y dejar que mi yo externo automático haga lo que quiera, lo cual no es una opción aceptable.

6. Mi sitio en el mundo. En toda guerra hay muertes por fuego aliado debido a la confusión. Gran parte de mis derrotas en mi guerra interna vienen debidas a mi propia confusión. Una de las principales confusiones es que no sé cual es mi papel en toda esta historia. Ya he advertido que es porque he pasado demasiado tiempo aguardando ordenes, esperando que me dijeran que debía hacer cuando la respuesta a esa pregunta, la determinación final, sólo podía salir única y exclusivamente de mi. No me sirve, como ya había pensado hace algunas semanas, incluso empezado a vislumbrar hace meses, no me sirve dedicarme a ver pasar la vida aguardando que la respuesta salga por si sola, como dicen los clérigos sobre su vocación, ese flechazo de luz que aparece de buenas a primeras. Eso no funciona. La respuesta he de tomarla ya.
Solución: la respuesta es bien sencilla y la tengo guardada en un papel aparte y bien escondido. Una de las primeras lecciones de mi profesión es aprender a guardarse las espaldas. Sé que si dejo mis sueños a la vista de todo el mundo no tardará algún malnacido en tratar de destruirlos. En ese sentido el secretismo si es valido. Sólo diré que mis intenciones son las mejores.

7. Amor, vida, muerte, soledad y otros pecados. Aquí haré un largo inciso. Una parte de los problemas de este conflicto vienen dados por los demás. Mis relaciones sentimentales han sido un gran fracaso, en parte por mi culpa y mis conflictos, pero por otra parte por culpa de los demás. Aún recuerdo las ocasiones en que a la hora de querer hablar del dolor que el amor me seguía causando, como zarzas estrujando mi corazón, me mandaron callar y olvidar. Al final tuve que dejar el amor por muerto, una quimera, un completo imposible, tuve que negar la soledad para no sentirme solo y afirmar que yo no estaba vivo, que mi corazón no latía para no sentir las espinas. Posiblemente sea este el mayor de mis conflictos y el mayor de mis pecados. He jugado a ser algo que no soy, que nunca he sido y que nunca seré. He interpretado el papel de cadáver, el de personaje secundario en un post-epílogo que sigue ahí observando como se desarrolla una obra que ya se ha acabado en lugar de pasar a la secuela. He jugado y he de reconocer que ha sido divertido... en ocasiones. Sin embargo todo me hacer ver que toda mi realidad ha dejado de ser un juego.
Solución: al amor ya me lo encontraré, por activa, nunca por pasiva. Al igual que no debía esperar una respuesta del cielo o del infierno en lo tocante a mi situación en el mundo tampoco debo esperar al amor, sino ir en su búsqueda y captura. En lo tocante a la vida no hay mucho que decir, tan sólo dejar de jugar a que no estoy vivo y tomármelo en serio. Si estoy vivo es por algo, y ese algo es lo que he decidido hacer. No puedo hacerlo mientras siga negando mi propia existencia e incluso disfrutando con ello. De la muerte si que no hay nada que decir, ya me enfrentaré a ella cuando realmente la tenga frente a mi. A la soledad es a la que voy a matar y con efecto inmediato.

8. Indisciplina. A pesar de ser teniente y todas estas cosas lo cierto es que sigo siendo un completo indisciplinado. Una cosa es que se me de libertad para llevar a cabo mis tareas a mi aire y otra cosa es que me pase más tiempo contemplando el aire que actuando. Como dije en un conflicto anterior los que están a mi alrededor son capaces de ver mi interior y es lo que esperan, que se vea externamente. No puedo seguir manteniéndoles a la espera o se cansarán de esperar. En realidad el primero que se ha cansado de esperar soy yo.
Solución: viene enraizada con la solución al primer conflicto.

9. Demasiado pensar. Como decía mi maestro de esgrima y esto se liga al conflicto de concentración "piensas en la espada, piensas en los compañeros que te observan, piensas en tu adversario, ¡piensas demasiado, no pienses!". Las lecciones que no se asimilan se quedan cogiendo polvo en un cajón de la memoria. Tenía razón, aunque mi concentración puede estar en cuatro sitios a la vez no debe estar en los lugares equivocados. También recuerdo que me decía "divagar es hacer el vago dos veces". Mi concentración debe estar única y exclusivamente en el punto o puntos en los que deben estar, en ninguno otro más, no debo pensar más de la cuenta, mucho menos en aquello que lejos de producirme alguna satisfacción, presente o futura, va a producirme remordimiento o incluso dolores de cabeza totalmente innecesarios.
Solución: relacionada con el tercer conflicto. Enfocar la conciencia hacia donde estar enfocada. El resto de enfoques conlleva justamente a la perdida de enfoque.

10. Kayrós. Al igual que en el sexto conflicto también he estado esperando demasiado tiempo el Kayrós, el momento justo y apropiado para hacer algo. Me he dado cuenta de que ese es otro de mis errores. No existe Kayrós. Todos los momentos son justamente el apropiado. Todo lo que sea esperar a Kayrós es simplemente esperar a Kayrós, en vano.
Solución: todo mi tiempo me pertenece. El perpetúo presente no es una jaula tal y como lo pensaba, sino lo que su nombre indica, un presente a saborear.

11. Defensas. Me he pasado meses, por no decir años, alzando defensas de las que hasta hoy me he sentido orgulloso, hasta hoy... Me he dado cuenta que esas defensas internas contra el dolor son aún peores que las murallas de mi ciudad. Ambas protegen a quien tras ellas se refugia de incursiones enemigas mas no había advertido que a la par impiden salir al que está dentro. Al menos en las de piedra hay puertas que facilitan ambos casos de manera limitada, pero mis defensas no permitían ni lo uno ni lo otro. Eran muy efectivas para evitar daños del exterior, pero al mismo tiempo me tenían totalmente aislado dentro. La resiliencia es una defensa de doble filo.
Solución: Herir y ser herido, no hay otra solución. Una defensa perpetua no me sirve de nada. Lo único que saco de bueno de mi habilidad para levantar defensas es que en caso necesario podré alzar una barricada temporal en un santiamén, pero nunca más lapidarme de manera tan estúpida.



Intuyo que me dejo mucho más en el tintero, que quizás debiera aprovechar el segundo día para seguir sacando a la luz más conflictos. Tal vez no sirva de nada ponerme a aplicar soluciones si me dejó algún problema acuciante sin siquiera percatarme de que existe... pero por más vueltas que le doy mientras observo la Luna no soy capaz de sentir nada más fuera de lugar, y no es poco todo lo que he descubierto en un solo día de lectura y reflexión. Mañana me espera algo muy distinto a lo que he hecho jamás, una sinfonía de silencio y oscuridad a la luz de las velas... Tengo que descubrir si es cierto.
  

domingo, 16 de enero de 2011

Diario del centinela, capítulo XXIV: Quietud.

Cuesta creer y hacer creer, pero ya poco me importa lo que crean los demás, tan sólo lo que yo creo. La ciudad están en calma, en perfecta quietud tras el anochecer. Los habitantes se han retirado a refugiarse en el sueño mientras los centinelas quedamos despiertos, haciendo guardia hasta que el sol nos releve.

Es invierno, el frío siempre fue mi debilidad. Esta noche sopla una leve brisa, no demasiado fría, que me permite pensar con claridad en vez de pasarme las horas quejándome y buscando el leve alivio del fuego de las antorchas. Esta noche me refugio en las tinieblas mientras mantengo la vista clavada en el deber, en el inexistente movimiento dentro y fuera de las murallas.

Cuesta creer, pero ahora lo creo, lo veo claro. Las murallas y los centinelas somos la misma cosa, tan sólo piedra fría que acaba desgastándose y sustituida, fragmentos débiles en equilibrio precario. Nuestras defensas son sólidas ergo frágiles. Por muy firmes que pretendamos mantenernos siempre, más tarde o más temprano, acabamos quebrándonos y rompiéndonos. Quedamos tan sólo siendo polvo, arena con la que alguien contará el tiempo en la que un centinela es sustituido por otro, en la que una muralla caída sustituirá a otra.

Observo las casas desde la oscuridad. Imagino a toda esa gente roncando a pierna suelta. Imagino que no dormirían tan bien de saber lo que ahora sé. Están totalmente desprotegidos, tan totalmente expuestos como cualquiera de los de mi oficio. Las murallas son sólo piedras amontonadas, las puertas son simple madera siendo carcomida por las termitas, los centinelas somos miedo empuñando espadas.

Cuando un escudo se rompe el soldado sufre antes de recibir la estocada, ya sabe lo que se le avecina. Estoy en la quietud de las tinieblas, alejado del calor de las antorchas y de la camaradería, pasando frío, a solas apoyado en mi lanza, llorando con todas las defensas destrozadas, pero en la completa oscuridad, alejado de todo. A mi sólo se me puede ver sangrar, nunca llorar.

A lo lejos se alza un grito y el aullido de un perro. La quietud está rota. La muralla tiembla, ¿o soy yo?



  

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martes, 7 de diciembre de 2010

Diario del centinela, capítulo XXIII: Deserción.


Puedo entenderlo, pero no apoyarlo. Están encerrados en una celda, en la misma en la que en su tiempo encerraron a tantos malhechores.

Puedo entender qué les llevó a esta situación. A menudo, en mis noches más oscuras me pregunto si es esto realmente lo que debería estar haciendo, si esto es lo que debería seguir haciendo de ahora en adelante. ¿Es así como van a transcurrir todos los días de mi vida, como un centinela? ¿Es así como quiero que transcurran? ¿Qué pasará cuando llegue esa edad, si llega, en la que pierda fuerza, resistencia y reflejos, en la que apenas sea una sombra del centinela que soy ahora?

Me he imaginado varias respuestas. La más probable es que tarde o temprano acabe siendo movilizado para alguna batalla y no sobreviva. También probable es no escapar con vida de alguna de las habituales refriegas en las calles de Puerto Nallacia. Lo menos posible es el caso planteado, llegar a viejo y canoso. Supongo que entonces tendría que dedicarme a otro menester, dentro o fuera del ejército, bien a adoctrinar una nueva generación de soldados o a ser un mercader, un artesano o un escriba más tras estos u otros muros.

En realidad no me lo he planteado con la suficiente intensidad. Mi sangre es joven y disfruto del tiempo en que aún me hierve en las venas, de las jarras de cerveza en la taberna y del mareo que me produce la mera visión de las curvas de la nueva posadera.

También disfruto de mis decisiones, de mis errores y mis aciertos. No sé si mi vida es un acierto o un error, pero fue mi decisión. Los encarcelados, excentinelas de la muralla norte, decidieron y asumieron en su momento lo mismo que yo. Se comprometieron y fallaron a su palabra, ignorando sus obligaciones, abandonando sus puestos y dejando que personajes que nunca deben entrar a la ciudad entrasen. Ahora tendrán que pagar por su deserción.

Puedo entenderlo, abandonar es mucho más sencillo que perseverar. Pero no puedo apoyarlo, soy el que soy.
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lunes, 15 de noviembre de 2010

La Orden de las Sombras.


Continuando el hilo perdido en Asesino...

Desde el balcón contemplaba el patio de entrenamiento. Observaba fijamente al único superviviente. Había salido casi indemne, tan solo con algunos rasguños sin importancia. Hacía tiempo que ningún novato superaba la prueba. El aspirante aún pasó un tiempo recuperando el aliento sin perder ni un ápice de concentración. Aunque el resto de aspirantes yacían muertos o sin sentido, aún podría haber trampas por accionar, como la que había decapitado el cadáver que se desangraba junto a su pie derecho. El superviviente alzó la mirada hacia la balaustrada, hacia aquella figura alta, pálida y de barba cana envuelta en aquel hábito negro. Sacó una mano blanca y huesuda de entre las mangas del hábito y le hizo el gesto de que tirara el arma al suelo, luego regresó la mano al recoveco de la manga contraria sin mover ni un músculo de su expresión facial. El nuevo discípulo obedeció e imitó a su maestro, manteniéndole la mirada mientras su rostro representaba la más gélida indiferencia.

Por el pasillo que daba al balcón se oyeron unos pasos. Una figura, también envuelta en hábito negro emergió de la oscuridad, deteniéndose a la diestra de la primera, pero un par de pasos más atrás.
-Mi maestro... -dijo el recién llegado con voz temblorosa.
-Habla tranquilo, desde esta altura no pueden oírnos.
-Acaba de regresar el grupo de Himuerdo. Ya han acabado con casi todos los cazarrecompensas involucrados en el asunto del Conde de Úgera.
-Con casi todos...
Abajo en el patio el discípulo atendía a la conversación, tratando por todos los medios de forzar sus oídos para entender algo de lo que se estaba diciendo. El recién llegado, un hombre bajo y encorvado se expresaba con cierto nerviosismo, mientras su maestro no solo apenas movía los labios sino que no variaba ni su expresión ni la dirección de su mirada, él.
-Si, mi maestro, con casi todos. Cumpliendo con vuestras ordenes acabaron primero con ese delator de Ulrich y recabaron los nombres de todos los cazarrecompensas implicados. Habría sido más rápido si el capitán fuera un hombre más lenguaraz o si le la plata sirviese para tentarle, pero ese tal Taida es un hombre incorruptible.
Incorruptible, una palabra que oía en muy raras ocasiones. -Casi todos... -repitió con un ligero tono de impaciencia.
-¡Discúlpeme mi maestro -dijo, notando la queja de su señor-. El único al que no fueron capaz de hallar fue a Alberto del Castillo. Las últimas informaciones revelan que salió de la ciudad a los pocos días con el gesto demacrado y herido. Después de eso nada, como si se lo hubiera tragado la tierra. Fue el primero en quien sospecharon a causa de sus heridas. Nadie se enfrenta a uno de nuestros asesinos y sale indemne.
-"Nuestros" -pensó el Maestro de la Orden de las Sombras. Su escribano era un siervo especialmente diligente e inteligente, pero no lo suficiente como para percatarse de quien mandaba realmente.
-Procedieron a buscarle, pero no hallaron ningún rastro de él. Al resto de cazarrecompensas involucrados los encontraron en sus ciudades natales, en otras cacerías o en otros oficios más seguros, ejerciendo de mercenarios o guardaespaldas. Ninguno de ellos reconoció a los nuestros, nunca habían oído hablar de ellos ni los habían visto. Le han traído con vida al último de ellos, uno especialmente ducho en las artes del combate, para que usted lo use a su conveniencia.

El contacto visual entre discípulo y maestro no se había roto en ningún momento. Aún le faltaba mucho entrenamiento, pero estaba seguro de que había captado algunas palabras sueltas, las suficientes como para inquietarse. Su mirada le delataba.
-Haz que lo lleven a la cámara de torturas, pero que sea leve, lo suficiente como para averiguar si sabe algo, aunque sea muy remotamente, sobre ese cazarrecompensas perdido. Luego llevadlo a una celda, curad sus heridas y cuidarlo bien. Quiero ver en la próxima prueba de qué madera está hecho. Luego enviale a él -dijo señalando al novato con el mentón- junto con Hiltzaile a Puerto Nallacia.
El flamante discípulo notó que hablaban de él, así como la sorpresa del otro hombre.
-¡Pero mi señor, la especialidad de Hiltzaile es el asesinato, no el espionaje, y nada menos que un novato como acompañante! -dijo en voz alta sin importarle que el susodicho pudiese escucharle.
-¡Basta, Zasj! -exclamó el maestro mientras giraba la cabeza para clavar su mirada en el escribano, el cual dio inconscientemente un paso atrás-. Tu función no es contradecirme, sino obedecer. Haz lo que te ordeno.
El maestro le dirigió una última mirada a su nuevo discípulo y giró encaminándose al pasillo. A los pocos pasos de penetrar en su oscuridad se detuvo.
-Ciertamente tengo espías mejores que Hiltzaile, por eso mismo irá, para aprender. El novato no le representará una carga, más bien sospecho que será justo lo contrario, y aprenderá mucho más rápidamente junto a Hiltzaile que permaneciendo encerrado aquí. Ya le daré lecciones avanzadas a su regreso. En cuanto a ti... -añadió haciendo una exagerada pausa para escuchar la agitada respiración de su escribano- te recomiendo que de ahora en adelante medites bien cada palabra antes de pronunciarla. Tú mejor que nadie conoces las especialidades de mis discípulos. Yo conozco las tuyas, y me molestaría pensar que me he equivocado sobrevalorándote.
El escribano tomó aire tratando calmarse antes de responder.
-Todo se cumplirá acorde a vuestras ordenes, mi maestro -dijo con toda la serenidad que pudo acumular. Acto seguido se acercó a la balaustrada e hizo algunas señales con las manos que el novato no supo interpretar. Dos figuras con capas negras y con las cabezas tapadas por sendas capuchas emergieron de entre las sombras del fondo del patio y se colocaron a ambos extremos del novato. Éste entendió y se dejó guiar. Su atención se relajó en cuanto le dejaron en su celda.
-"Así que Hiltazaile y Puerto Nallacia" -pensó. Ninguno de esos dos nombres le decía nada. Eran sólo dos interrogantes a desvelar.

En su respectiva celda, mucho más amplia, el Maestro de la Orden de las Sombras también tenía sus dudas. Con la muerte del Cónde de Úgera y los otros testigos se había solventado aquel problema, pero la muerte de su asesino, uno de sus más eficientes discípulos, le seguía siendo un misterio incluso un año después. Él fue el número trece y tras él no murió ninguno más. ¿Quién era ese Alberto del Castillo? ¿Era él realmente el asesino de asesinos? ¿Qué le había pasado después de lo de Puerto Nallacia? Fuera él o no lo cierto era que todo había cambiado en la Orden. Aún no había cubierto las bajas. Ante la amenaza había aumentado el nivel de la prueba de acceso tanto que prácticamente nunca sobrevivía ningún candidato. Los que lograban salir con vida normalmente morían a los pocos días de sus graves heridas. Sin embargo... este chico nuevo había logrado un resultado impecable y presentía que sus dones no se limitaban tan solo a la lucha. Veía en él a un futuro gran asesino, tal vez incluso aún más poderoso que Hiltzaile. Sólo había una manera de averiguarlo. Los dos partirían al día siguiente.
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jueves, 11 de noviembre de 2010

Diario del centinela, capítulo extra I: Dentro del espacio, fuera del tiempo.



Torres, murallas, puertas, bastiones... hubo una época en la que la humanidad se guarecía tras muros y más muros de piedra, tratando de evitar a la muerte que les aguardaba afuera. Pero la muerte también vivía intramuros, en las hojas de las dagas que refulgían durante un par de segundos en las calles solitarias antes de clavarse en la víctima de turno.


Hoy día sigue siendo lo mismo. Aún quedan torres, puertas y murallas, y sigue la muerte campando a sus anchas con nuevas maneras de obsequiarte con un paseo al otro barrio. Seguimos habitando los mismos espacios, pero distintos tiempos, más crueles aún si cabe que los de antaño. Nunca ha habido tal cantidad de batallas y muertos en la Historia como en este tiempo en que ¿vivimos?

Últimamente me viene pasando lo que me comentó un novelista en la Línea de la Concepción, que los personajes de ficción tienen su vida propia dentro de la mente del escritor. En las más recientes entregas de mi Diario de centinela he llegado a emocionarme hasta el límite de las lágrimas en algunas situaciones. Nació como divertimiento creativo y como diario encubierto, pero ha ido separándose todo de mi hasta crear su propio mundo, sin dejar al mismo tiempo de ser una parte de mi. Flaubert reconoció que Madame Bobary era él, yo también reconozco que, aunque cada vez somos más diferentes, Alastair Longinus soy yo. También he de reconocer que le estoy cogiendo envidia al centinela. Aunque tiene tantas o más dudas que yo sobre su mundo exterior e interior, es un hombre resuelto, que no ceja en su empeño hasta conseguir algo... algo que yo normalmente no suelo ser. Ahora mismo estoy escribiendo de madrugada resistiendo el deseo de irme a dormir inmediatamente y dejarlo de nuevo todo para mañana. Sin duda él, en su torre, estaría escribiendo hasta la última línea o hasta que la vela se consumiese y no le quedase más remedio que aguardar al alba para terminar sus escritos. Que envidia más extraña me posee, envidia a un producto de mi imaginación. Voy a tratar de imitarle y seguir combatiendo un poco más la fuerza de la gravedad que afecta a mis pestañas a estas horas.

Como iba diciendo, Alastair y yo compartimos algunos elementos comunes. Aún hay torres y murallas de su tiempo en el mío, hay una Puerta Este, la Puerta de Córdoba en Carmona que es donde me hice la foto que preside estas líneas; hay una Plaza Mayor que aún no sé con cual hacer concordar en la realidad, un puerto que él apenas visita y yo otro tanto de lo mismo, etc. Aparte de vivencias y nombre (Alastair es una de tantas variantes de Alejandro) compartimos algunos lugares comunes y muchos más que aún nos quedan por descubrir y describir.

Me lo estoy pasando estupendamente escribiendo cada mes unos pocos parrafos con el diario privado del teniente Alastair mas, he de ser sincero, me estoy haciendo un lío. Su mundo en mi cabeza es grande e impreciso. Le faltan nombres, lugares y personajes. He accedido en esta pagína a la etiqueta de diario del centinela para acceder a todos los textos y revisarlos. Pienso tomármelo un poco más en serio y pintar un mapa de la ciudad de Alastair y territorios cercanos, ponerle nombres a sus calles, plazas, gobernantes, nobles y demás chusma que vigila desde la Puerta Este (que también será renombrada, pero no será Puerta de Córdoba). Dejaré también de entrometerme en sus escritos con mis P.S. (post scripti) al final de las entradas de su diario, dejando para ello las entradas extras como esta. También eliminaré los poemas, por lo general anacrónicos con la época de Alastair.

Igualmente también trataré de ir expandiendo su mundo con relatos aparte. Me he dado cuenta recientemente que mis textos se están volviendo cada vez más narrativos y menos poéticos, así que aprovecharé la corriente en lugar de luchar contra ella. El primero de los relatos versará sobre la Orden negra, la cual causó tantos estragos en la ciudad de Alastair hace ya un año mediante la acción de uno de sus asesinos y de la que tan poco sabemos (yo incluido). También puede que el cazarrecompensas Alberto del Castillo vuelva a aparecer por aquí. La última vez que le vi estaba saliendo de la ciudad en un carromato con el rostro bastante pálido, no sé si por efecto de las heridas del duelo que sostuvo o por las palabras que le arrojó como puñales aquel asesino antes de que el cazarrecompensas apagase su vida. Ya veremos si se recupera...

Con respecto a la situación sentimental de Alastair... mmm. He indagado un poco y hay varios Longino en Madrid, Barcelona y Sevilla. Solo dos con ese apellido en Barcelona. Alastair no sé cuantos habrá, pero ningún Longino actual es descendiente del teniente. Vale, diréis que es de perogrullo dado que realmente el centinela nunca existió, pero al mismo tiempo lo que quiero decir...

lunes, 1 de noviembre de 2010

Diario del centinela, capítulo XXII: Tiempo de paz.


Bostezo. Estas dos últimas semanas han sido de lo más aburridas. A principios de mes tuvimos que realizar un sobreesfuerzo por las fiestas de vendimia y el gran espectáculo que los juglares dieron durante una semana entera en la plaza mayor, pero se fueron como vinieron, cantando...

Desde entonces la tarea de vigilancia ha sido extraña y soporífera. Paulo tiene nuevas obligaciones y ya raramente coincidimos en las guardias. Suelo hacerlas solo, sin nadie que me quite el sueño con alguna ocurrencia cuando el cansancio aprieta. Hay el mismo tráfico de mercaderes que siempre. La Puerta Este sigue siendo tan concurrida como lo ha sido siempre, pero no hay criminales que perseguir. Los chivatos están tristes porque no tienen a nadie a quien acusar por unas monedas. Mis fuentes callan y yo mismo, en mi disfraz de forastero, no consigo llevar a mis oídos más que marujeos, propuestas de negocios legales y canturreos de borrachos, ningún rumor que valga la pena.

Tanto silencio me aterra, lo reconozco. Me aterra la paz y la quietud, sobre todo por las noches, que ni una sola alma recorre las calles y me quedo solo, totalmente solo contemplando el vacío, atrapado en mis conflictos. La paz del exterior no calma mi propia guerra interna, es más, la solivianta sin medida.

He tenido mucho en lo que pensar durante estos días, cuestiones de siempre como el amor o desdeñadas como el destino; también sobre la literatura, si a eso se le puede llamar a las líneas de este diario y a otras pocas que escribo de tanto en tanto. Sobre todo le he dedicado tiempo a tratar de entender porqué siempre, independientemente del estado de seguridad que haya en las calles, mantengo esta perpetua guerra contra mi mismo, en la que nunca hay vencedor mas siempre vencido... y no le encuentro ningún sentido.

Hoy, día de los difuntos, hay más actividad que otros días. La multitud, en atroz silencio, sale por la puerta en dirección al camposanto para honrar a sus difuntos. He decidido acallar esta guerra interna que de nada me sirve, darme una tregua o quizás paz definitiva, ya veremos si esa multitud de canallas armados que me habitan son capaces de estarse quietos o si de nuevo saltan temerarios e inmortales al frente a imponer su épica insensatez. Me conformo con un mes, hasta que vuelva a escribir estas líneas, un mes imitando a la paz, la quietud, la serenidad que tan extraña me es y tanto miedo me da....

domingo, 3 de octubre de 2010

Diario del centinela, capítulo XXI: Griterío.



La ciudad ha sido un nido de rumores y susurros estas últimas semanas. Algo iba a pasar, importante y a la par catastrófico. El descontento por la política de nuestros gobernantes iba a dar sus frutos, e iban a ser más amargos que el corazón de las manzanas.

Desde mi flamante cargo de teniente ya tengo autoridad y libertad para realizar ciertas acciones que antes me resultaban imposibles. Recurrí al viejo truco que ya empleé aquella ocasión que me dejaron al mando, infiltrarme encapuchado en los lugares en los que los centinelas no tenemos acceso, o donde todos callan al vernos entrar. No hubo éxito, mucho odio, demasiado resentimiento, pero ningún plan claro de acción. Tan solo una fecha a finales del mes para actuar.

Platiqué con mi capitán sobre lo poco que había indagado. No veía visos suficientes para hacer sonar las campanas, sería una alarma innecesaria. El capitán Taida vio una oportunidad donde yo solo veía sombras y dudas. Cambió los turnos de guardia de los días previos, dando descanso a más centinelas de la cuenta con la intención de que todos estuvieran de servicio el día de autos. Si alguien planeaba algo se encontraría que todos los que nos encargamos de defender la ciudad estaríamos de servicio y descansados. A la par, era una provocación, sabía que ese posible alguien estaría pendiente del estado de la seguridad durante esos días y notaría la bajada en el número de efectivos. La única razón hasta la fecha por la que nuestros efectivos bajaban eran cuando nos ordenaban movilizarlos fuera de la ciudad, como cuando quisieron enviarme al norte a entrenar arqueros y al final me quedé un mes entero haciendo guardia solito en una atalaya. Cuando nos tenemos que movilizar normalmente lo hacemos a primera hora de la mañana, cuando el sol es tan solo una suposición y una esperanza en el este. Los nuestros se quedarían esos días encerrados en el cuartel en lugar de partir, descansando. No deberían notar el engaño. Por si acaso me presté voluntario a guardias nocturnas frente al cuartel para asegurarme que nadie vigilaba nuestras puertas por la noche.

La noche de la víspera volví a encapucharme y a recorrer las tabernas, tomando unas cuantas jarras de cerveza a la salud de la justicia y prestando el oído a la ahora clara rumurología. Habían picado el anzuelo. Les causaba extrañeza que tantos soldados e incluso el capitán hubiesen salido de la ciudad sin que ningún familiar de los soldados hubiese recibido ningún mensaje. Curioso, pero propicio para sus intenciones.

Tras cerciorarme lo suficiente me fui tambaleando sin mucho fingimiento a la torre este. El capitán me aguardaba allá junto con el resto de oficiales de la ciudad. Les informé y me fui a dormir. Tres noches de guardia seguidas y esta última excursión me habían dejado agotado. El resto dependía de mis compañeros.

Al día siguiente se alzó un intenso griterío que rápidamente se agotó en cuanto la multitud llegó a la plaza mayor donde alza el palacio del gobernador. Un pequeño regimiento comandado por el sargento Paulo (a él también lo han ascendido) lo guardaba. En los tejados aledaños algunos compañeros arqueros, amistades que había forjado en el campo de entrenamiento, controlaban la plaza. Los organizadores de aquel intento de revuelta, protesta o vete a saber qué realmente pretendían gritaron una serie de consignas un poco más, sin conseguir apenas respuesta por parte de los que les acompañaban. La puerta del palacio se abrió, el capitán salió por ella, la multitud enmudeció del todo y se dispersó rápidamente pocos segundos después. Los pocos que quedaron, los instigadores, esperaron un poco más, quizás demasiado asustados para mover un solo músculo, esperando a que el capitán ordenara alguna injusticia de la que poder acusarle y dar de nuevo rienda suelta a sus reclamaciones. No hizo nada. Se quedó quieto, esperando alguna estupidez para poder ordenar a Paulo que los arrestase. Lentamente y sin apartar la vista los instigadores salieron de la plaza. El capitán se retiró de nuevo al interior del palacio sin haber dicho una sola palabra en todo ese tiempo. No hacía falta, Paulo ya tenía sus ordenes. Él y otros dos hombres fueron tras los animadores. Hicieron alguna estupidez con sus lacayos, destrozar el comercio de un zapatero e intentar prender fuego a una taberna. Fueron rápidamente apresados aunque un par de ellos consiguió escapar. Esta noche me ocuparé de encontrarles, sea cual sea la ratonera en la que se hayan ocultado. Soy un centinela, es mi deber.


Lunes

Salto de la cama
impulsado por ignoro que resorte,
sin la más mínima vacilación,
como un maldito autómata
recorro lentamente el pasillo
recordando aquel deprimente artículo
que versa sobre el abismal espacio
entre cada uno de nuestros átomos,
que afirma que no somos más que aire,
que si estoy esperando frente al microondas
es por simple, pura y mera casualidad.

Con la taza en la mano mi alma se despierta,
¡al fin, niña perezosa!
Me recuerdo entonces quien demonios soy,
arranco los motores de la ilusión y el deseo.
Me ordeno esbozar una sonrisa,
a completas sabiendas que nadie la verá
que no es más que un pequeño guiño al Universo,
ese que no puede explicar con ninguna ley
como me siento justo ahora mismo.

Sonrío, porque nada me obliga a ello.
Sonrío, porque quiero.

17-8-2010 De camino a Lebrija


P.S.: Mientras escribía esta entrada del diario del centinela he de reconocer que me he emocionado en al menos dos ocasiones, lo cual es algo que nunca me había pasado con ningún escrito. Cada vez me alejo más de la realidad en los relatos del centinela. Él mismo ya es él mismo, no yo. Es más, me entran ganas de ser como él y hasta me paré a pensar en uno de esos momentos de emoción en los que habla de sus amigos arqueros, en empezar a practicar yo también el tiro con arco (sé donde podría hacerlo). Otro momento de emoción fue cuando volví a introducir a Paulo en la historia, al principio fue tan solo un personaje molesto y ahora me es muy querido (mierda, me estoy emocionando otra vez), es el perfecto compañero de Alastair.... Pues mira que a lo mejor hago gay a mi centinela para diferenciarlo aún más de mi, aunque lo veo difícil, sobre todo porque estando en una época de finales del medievo acabaría en la hoguera con una facilidad pasmosa. Ya veré el próximo mes que hago con él.
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miércoles, 1 de septiembre de 2010

Diario del centinela, capítulo XX: Justo juez.


... Pensaba no escribir nada, tan solo dejar tres puntos suspensivos que irían poco a poco perdiendo sentido en mi recuerdo, hasta que todo se diluyese completamente en el olvido. Pero tras pensármelo dos veces, como debería hacer, concluí que era mejor dejar algo más concreto, concederme el placer de la pluma, pero sin entrar en detalles.

De mi amada solo diré que no funcionó. Como escribí hace tiempo, el amor es cosa de dos, no de uno solo. Yo puse la parte que me correspondía pero no hubo eco. Punto. Tras atender ese asunto me retiré el resto de mi estancia al formidable fuerte de San Juán de Ulúa, en Veracruz, aún en plena construcción, tanto fuerte como creciente polis. Aprendí y disfruté mucho durante mi estancia. Los arquitectos que vinieron conmigo traían ideas innovadoras que ansiaban poner en práctica en emplazamientos de nueva planta. En el Viejo Mundo no les era apenas posible. Los antiguos castillos se reconstruían o se abandonaban en ruinas dependiendo de la urgencia militar. Había pocas nuevas fortificaciones y las que había estaban en manos de viejos arquitectos que hacían las construcciones a la manera de sus antepasados. No había miedo a los nativos que llevara a idear nuevas formas de defensa, tan solo era curiosidad y precaución. Cualquiera de nuestros enemigos del Viejo Mundo podía hacer el mismo viaje que nosotros y atacarnos. En ese caso se encontrarían con fortalezas de tamaños y capacidades muy distintas y superiores a las que estaban acostumbrados a asediar. Esta en concreto no está solo hecha de piedra, sino del mismo coral sobre el que está construida. Un cinturón de coral la rodea y la protege, así como da cobijo contra la intemperie a los barcos que nos aguardan amarrados.

Me reencontré con viejos compañeros de instrucción en el fuerte y campamentos aledaños. La vida allá les había cambiado por completo. Eran más felices, eso no lo voy a negar. Aquella tierra era fácil de conquistar y defender, nada que ver con las presiones que aún sufríamos en la tierra patria. Me resultó muy tentadora la indecorosa proposición de quedarme a vivir allá, pero ya nada me ligaba a aquella tierra. Mi corazón y mi alma habían residido allí por un tiempo, pero ya reunidas de nuevo todas las piezas de mi ser no tenía ningún motivo para no regresar a mis quehaceres en mi hogar. Creo que es la primera vez que nombro a mi ciudad natal como “hogar”, pero es así como la siento ahora. Mi labor de centinela se ha visto reforzada. Nunca fue una obligación, es ahora mucho más que una labor, es una fervorosa devoción hacia mi sino libremente elegido.

Me traigo también de vuelta una curiosa reflexión. En la capilla del fuerte hay una imagen de Cristo Juez. Me resultó divertida y amarga esa afirmación. Divertida, porque de ser Cristo un juez sería tan perfecto que los centinelas como yo no seríamos necesarios (ojalá nadie tuviera que empuñar nunca ningún arma); amarga porque, de ser cierto, mi balanza personal está bastante desequilibrada. Muchas fechorías tendría que hacer para hacerme justo merecedor de los infortunios que me asolan. Ya pensaré en algunas cartas bajo la manga para cuando me consienta alguna bellaquería contra quien se la haya ganado. Mientras tanto, de regreso al hogar y a mis deberes.

Mi sitio está en el Viejo Mundo...




Dieciséis veinte dos

Yo solo sé que hay sangre
latiendo en corazones muertos,
cadáveres centenarios que aún respiran,
gritos blasfemos de cuerdos
y locos que callan verdades como puños.

2-9-2010
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jueves, 5 de agosto de 2010

Diario del centinela, capítulo XIX: Henchidas de viento.



Este año no me doy reposo en mi tiempo de reposo. Los días de asueto que tengo asignados los destino a otro cometido más importante que mis labores de centinela, mi formación como oficial o esta agradable manía de manuscribir mis vivencias.

Me he embarcado en una misión a ultramar, a proveer de armas y suministros a los nuestros de allende los mares. La misión es lo de menos, una mira excusa para mis alocadas intenciones. El objetivo real es llevar a mi cuerpo y mi mente allá donde, desde hace meses, residen mi corazón y mi alma, al lado de la destinataria de mis misivas.

En la última de ellas ya le avisé de mi próxima partida. Tal vez haya una carta de vuelta en otro barco en dirección contraria a la que sigo, lo ignoro por completo y no oculto la incertidumbre que la duda me provoca. ¿Qué encontraré al llegar allá? Del Nuevo Mundo solo tengo vagas referencias y las palabras de mi amada. Dicen que es una tierra fascinante, repleta de peligros y aventuras, pero solo hay una aventura en la que deseo adentrarme con todas las fuerzas que mi espíritu me permita.

El viento sopla feroz y atrevido, hincha las velas de esta nave, hincha las alas que siento tener a pesar de que no las tenga físicamente. Los marineros trabajan a destajo, el capitán me avisa que a este ritmo arribaremos antes de lo previsto.

Sonrío al horizonte. Pronto, muy pronto, estaré donde quiero estar. Todo lo demás es ahora superfluo, espuma de mar tan solo.
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domingo, 11 de julio de 2010

Diario del centinela, capítulo XVIII: La secta.


Estando en una de mis sesiones privadas de entrenamiento básico me llamaron a los aposentos del capitán. Allá me esperaba él y su barbero (?). Mientras el barbero me dejaba sin mi crecida barba el capitán me explicaba los detalles de mi próximo cometido. Los centinelas solo obedecen órdenes, teniendo muy poco margen para su propio juicio. A medida que uno va subiendo de rango va subiendo también en libertad de acciones y movimientos. Precisamente esta libertad conlleva también una tarea que yo debía aprender, la prevención de conflictos. Toda acción de un centinela es siempre a posteriori, tratar de detener el conflicto una vez que ya ha comenzado. ¿Pero no sería mejor que dichos conflictos nunca sucediesen?

Era una prueba que se me planteaba, descubrir si los rumores de fundación de una secta eran ciertos y en caso afirmativo infiltrarme y averiguar si era peligrosa. ¿Qué pretendía que hiciera, que me pusiera una capucha negra y le rezase a Satanás? Y además, ¿qué tipo de secta no era peligrosa? Antes de terminar de componer mi mirada de "es una broma, ¿no?" el capitán me dio las ordenes sin vacilación, partir al día siguiente a una ciudad próxima, a tres días de camino y hacerme pasar por Íñigo de Oña, un comerciante del norte, dejando claro mi intención de establecerme allí de manera indefinida y me aprensión por los comerciantes judíos. Me acompañaría un cadete, pero solo hasta las proximidades de la ciudad, que no me vieran entrar con él.

De camino aquel cadete despejó las dudas de mi ignorancia. Una secta no tiene tan solo el sentido religioso y satánico que la Iglesia nos hacía ver. Una secta era de por si un grupo de personas con afinidades comunes, guiadas por un líder. En este caso era una secta de comerciantes la que se rumoreaba se había reunido en dicha ciudad, algo de lo más extraño dado que por lo general los comerciantes trabajaban solos o abiertamente se agrupaban en gremios, bien solo de comerciantes, bien conjuntamente con los artesanos. ¿Qué necesidad había de crear una secta de comerciantes y ocultarse? Entonces comencé a comprender mi cometido.

No tardé muchos días en recibir una invitación en la taberna, mientras criticaba la competencia desleal de los judíos. Se reunían una vez por semana al caer el sol, en unos almacenes extramuros. Había velas, pero nadie encapuchado. El líder era Durán de Mencía, el mismo que me había indicado el donde y el cuando. Ante todos me presentó y me hizo una serie de preguntas. Resultó fácil mentir, siempre lo es cuando se habla con enfado, enfado no fingido. La llave a mi inserción en aquella secta y elemento común a todos los miembros era su completo antisemitismo. Me enfadaba aquel comportamiento, dado que tan solo eran mercaderes como nosotros, un pueblo asustadizo cuyo barrio, la judería, lindaba con la alcazaba por el perpetuo miedo que tenían de ser atacados. Cierto era que algunos se habían comportado de manera abusiva en sus transacciones comerciales, pero yo también metido en mi papel y ninguno de los allí presentes podía tirar la primera piedra. Las acciones de unos pocos no podían servir para definir a muchos. Si así fuese ya podría haber afirmado que mi ciudad estaba llena de ladrones, basándome en los dos o tres rateros que diariamente trataban de sobrepasar corriendo las puertas cargando algo robado de los tenderetes del mercado.

Confirmé las sospechas por carta a mi capitán, había una secta de comerciantes de carácter antisemita, pero su peligrosidad era mínima, hablaban de negocios comunes, insultaban a los judíos y se reían de las bromas que les gastaban, ocultarles la mercancía en algún momento de despiste o asustar a alguno de sus clientes en el momento de la compra, nimiedades infantiloides.

Me llegó una carta del capitán. Mi nueva orden era exaltarles, caldear los ánimos y ver si con el impulso adecuado serían capaces de cometer alguna estupidez o si todo su antisemitismo era tan solo de boquilla. Era preferible la segunda opción, que fueran incapaces de hacer nada y que aquella secta solo fuera por darle a sus reuniones de negocios un tinte elitista y privado carácter. Un par de puñetazos en la mesa, una máscara de odio como rostro y unas cuantas palabras en privado con Durán sirvieron para iniciar un plan de soborno a los guardias de la alcazaba, rearme, y contratación de sicarios para un genocidio en la judería. La víspera de la matanza medio millar de soldados rodearon y asaltaron el almacén donde estábamos preparándonos y dándole las órdenes a los sicarios. No hubo resistencia. A Durán y a mi nos identificaron como cabecillas y el  capitán al mando ordenó enviarnos directamente a otra ciudad para evitar cualquier intento de fuga.

En el camino de vuelta a mi ciudad, Durán no paraba de quejarse de haberme hecho caso. Yo guardaba silencio. A la llegada el capitán leyó los cargos contra nosotros y dictó la inmediata ejecución de Íñigo de Oña, el instigador. A Durán le encerraron en el más aislado calabozo, a la espera de recibir órdenes de su ciudad de origen. Al amanecer un golpe de hacha acabó con Íñigo de Oña. Los oficiales almorzamos calabaza aquel día.


Boing.

Quizás todo tenía que ser así,
nacer de rebote,
crecer rebotando,
seguir rebotando...

11-7-2010
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miércoles, 9 de junio de 2010

Diario del centinela, capítulo XVII: Reagrupado.



Mi regreso al cuartel, a la instrucción, ha sido más problemática de lo que pensaba. Combatirse a uno mismo es la guerra más difícil. Asaltado por una idea decidí averiguar si mi pálpito era correcto, y creo que lo es. Nos creemos de una manera, nos creamos de otra. Nos creemos que somos de una u otra determinada manera. En el caso de los de mi oficio nos solemos creer superiores a los que defendemos, y cuando el miedo nos domina, inferiores a los que nos enfrentan. Allá fuera cada uno es de padre y de su madre, hay quien solo pone a Dios por encima suya y quien, aún delatando vida los latidos de su corazón, se pone por debajo de hasta el último gusano del camposanto. Entre esos dos extremos solemos creernos. Mas no es eso lo que solemos ser, no al menos en mi caso.

El caso es que me creía de una manera y me creé de otra. Han sido estos últimos meses los que me han abierto los ojos, gracias a estas líneas cotidianas en las que dejo constancia de mis actos y mis pensamientos y, al releerlas, veo que no soy el que yo creía. Si las hubiera escrito otro dudaría de su veracidad, pero son de mi puño y letra los acontecimientos que se narran. En unos casos me he sobrevalorado enormemente, en otros me he subestimado de muy mala manera y ahí he andado más tiempo del que me imaginaba, errando en una vida desequilibrada...

Regresé al cuartel con una idea simple, tratar de comportarme como un simple novato, desdeñando cualquier conocimiento que se suponía no debía tener, actuar, interpretar, reaprender. Me ha costado lo indecible, el yo imaginario se cruzaba continuamente en mi camino, distrayéndome, mandándome regresar a la torre de vigilancia, pero no. Me imaginaba entonces que era un soldado raso y que mi puesto era ese. Pero no lo era. No estaba allá para subir a la misma torre o a una atalaya perdida de la mano del Divino Redentor, sino para tener mejores vistas. Mi pantonima personal se vió complicada dado que yo pretendía dar un paso para atrás para tomar impulso y a la par mi capitán me empujaba para que siguiera ascendiendo como oficial. No es tonto, no quiere volver a pillarse los dedos. En caso de volver a ausentarse la ley le obliga a dejar al cargo como mínimo a un teniente, cargo que no poseo y al que aspiro más por deber ajeno que por anhelo propio. Si eso es lo que se pide de mi lo haré, aunque preferiría seguir en el peldaño en el que estoy al menos un poco más, al menos hasta sentirme totalmente seguro de que puedo subir al siguiente con paso firme.

Mientras las circunstancias me siguen empujando, mientras soy capaz de resistirme en la medida de lo posible, yo sigo acá, luchando cada día por hacer que el que me imagino que soy y el que soy seamos uno solo.

Poco a poco recuerdo viejas y nuevas lecciones, anécdotas, ideas alocadas, versos... Reuno cada uno de los trozos esparcidos de mi ser. Lentamente me reagrupo, me reforjo, me reavivo... porque vale la pena, porque vencerse a uno mismo es la victoria más bella.



Telebasura

Yo quisiera al hombre acá,
entre estos versos,
discutiendo, criticando,
¡deconstruyéndose a si mismo!,
pero no tras seiscientos veinticinco barrotes
de fútbol, marujeo y teletiendas.

Yo quiero al hombre aquí,
entre estos versos,
luchando por sus sueños...

  19-4-2005
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martes, 4 de mayo de 2010

Diario del centinela, capítulo XVI: Indisciplinado.



El capitán me ha vuelto a echar la bronca, y con razón, como todas las anteriores. Una nueva metedura de pata. Equivocarse no es para tanto, es como se aprende, mas no es lo mismo un error cuyas consecuencias solo paga uno mismo que un error cuyas consecuencias pagan otros. En mi deber como centinela no puedo consentirme errores que vayan en detrimiento de los demás. A mi, que me lluevan todos los problemas que deban lloverme y unos cuantos más, pero no puedo permitirme el lujo de ser un sembrador de vientos.

El problema radica a mi juicio en mi propia sobreestima. Me explico, me he dejado regalar demasiado los oídos por los halagos. No creo que los merezca, pero tengo que actuar en consonancia a ellos. No sirve de nada que vean en mi a alguien bueno, con un gran potencial si ese potencial no sale a la luz en forma de acciones tangibles. El que todos ven, el que creen que soy y el que yo he creído ser eran la misma persona, pero yo vivo conmigo todos los días y ahora veo claramente que aún me queda mucho camino por recorrer, hay demasiada distancia entre el que debería ser y lo que realmente soy, un auténtico abismo.

Soy un centinela totalmente indisciplinado (no hay más que ver lo tarde que estoy escribiendo esto). Paso más tiempo en historias y literaturas a la hora de cumplir mi deber que cumpliéndolo de manera efectiva, y cuando ya estoy libre de mi deber, libre para historias y literaturas me dedico a perder el tiempo en historietas que no me acercan para nada al que anhelo ser ni al que estiman que soy.

Por ello, antes de que la primera tempestad llegue y asole todo lo que amo, he decidido retirarme de mis ocupaciones como centinela, retirarme al cuartel, repasar todas las lecciones desde la primera a la última, ¡a ver si las asimilo de una maldita vez! Sobre todo me he marcado un intenso ritmo de acción y entrenamiento, que pienso llevar a rajatabla.

Uno de mis antiguos maestros, caído ya en batallla, siempre me insistió que los cambios radicales no existen, que no se puede cambiar de la noche a la mañana. Siempre desafié esa idea, nunca conseguí rebatirla con pruebas. Tal vez hoy, que no mañana, consiga demostrarle que él era el (h)errado.


Deber cumplido

Me veis llegar con el gesto sombrío,
las manos rojas, la sangre
aún resbala por mis dedos, gotea
y mancha el suelo, indica la senda
desde vuestras miradas de asco
a la carnicería de la que provengo.
Si, lo admito sin pudor ninguno,
he empuñado el más afilado acero,
abierto profundos tajos en carne humana,
he visto visceras, incluso huesos,
y lo he he hecho con orgullo,
muy a pesar de vuestras muecas.
Vuestro desdén y desprecio, vuestras opiniones
todas me importan una soberana mierda.
Yo he cumplido con mi deber.
Su corazón late...

Que para algo soy médico.

11-4-2010



P.S.: Primer día, de 20 tareas impuestas he cumplido 16. De las 4 no cumplidas 2 no dependían de mi, 1 no me ha dado tiempo y la otra no la hecho por no ser malo, que es algo que también tengo que aprender, a tener un puntito de maldad.
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domingo, 4 de abril de 2010

Diario del centinela, capítulo XV: El contrario.


Yo no quiero sangre en mis manos y en mis ropajes, pero me crearon así, centinela, porque una vida sin épica me resulta insulsa.


Es curioso estar hérido y privado de libertad. En la inmensa soledad del catre y fervor febril pasaron por mi mente ideas a cual más extravagante, como que yo no era más que un personaje de ficción sin nombre, viviendo una vida más o menos paralela a la de mi creador, un escritor novato que suele escribir mensualmente (y normalmente tarde) un diario usando mi voz y mis palabras, el diario del centinela. ¡Purita locura! Aunque ahora que lo pienso... jamás he mencionado mi nombre en ninguna entrada de mi diario... diré entonces, por si acaso fue algo más que un sueño y alguien está realmente leyendo las líneas de mi vida, que mi nombre es Alastair Longinus.

Hay una teoría que dice que uno no puede saber como es por mucho que se mire en un espejo, sino que uno averigua como es en relación con los demás, o contra los demás. Nos definimos a partir de las similitudes con otras personas y de las diferencias con esas mismas o con otras personas. En el caso de los pueblos, se identifican en relación a un idioma y unas costumbres comunes, en contraposición a las de los demás. Las guerras son, en realidad, choques de personalidad a una escala mayor. En el otro pueblo no vemos amigos, vecinos, compañeros, ni tan siquiera a extraños, sino a contarios, adversarios, enemigos. Se produce el evitable choque en el campo de batalla, y una de sus principales consecuencias es que las diferencias internas de cada bando se diluyen, se identifican a si mismo de una misma manera en contraposición a los otros que se les oponen.

En mi caso he tenido guerra interna. Para saber realmente como soy y entender las causas por los que mi crea... capitán me ha privado de libertad y retirado del servicio durante un par de meses he tenido que juzgar mis actos en contraposición a los de otro, un contrario. Llegó con el capitán de su conclave, un tipo un tanto peculiar, demasiado silencioso incluso para un centinela, o será que estoy demasiado bien o mal acostumbrado a Paulo y su bendita o máldita manía de no estar nunca callado. El caso es que su ausencia o presencia de palabras me traía sin cuidado, eran sus hechos fácticos lo que me alarmaban y así se lo hice llegar a mi capitán. Él me ignoró, supongo que aún desconfiando de mi, y argumentó que no debía dejar que mi rivalidad interfiriése en nuestro deber. Se equivocaba, no era rivalidad. Un rival es aquel que compite contigo para alcanzar un mismo objetivo. La rivalidad es sana y siempre la he mantenido con todos mis compañeros. Nuestro objetivo de centinelas es sevir a la gente de esta ciudad, no servirnos de ellos, así que no había rivalidad, no podía haberla. A todas luces era mi perfecto contrario.

A pesar de todo me ha venido bien conocer a alguien así, pues no solo se aprende del buen ejemplo, sino también del malo. Lo malo es que nunca antes me había topado con alguien así y carecía por completo de armas con las que enfrentarme a la situación. Dando un enorme, temerario y descuidado palo de ciego saqué a la luz parte de sus hechos consumados en espera de alguna respuesta por su parte, realmente brillante, concisa. No me importaba que la luz de su verdad me convertiese  en un idiota obcecado a la vista de todos. Si me había equivocado me habría equivocado y punto. Me habría anotado otra derrota personal y habría enmendado todo daño causado, mas solo verborrea acudió como respuesta...

Pocos días después, Julián solicitó el traslado y se volvió por donde vino. A mi capitán le pregunté porqué no había hecho nada salvo autorizar el traslado. Aparte de las lecciones aprendidas me enseñó una más, y para colmo bíblica, con lo mucho que los que conocemos la sangre desdeñamos a las divinidades. Me dijo que nos está prometido el ciento por uno en esta vida y la vida eterna para después de ella. El ciento por uno de lo que damos en vida se nos devuelve en vida. El ciento por uno de creación se nos devuelve, el ciento por uno de destrucción, también. Aquellos que desdeñan la senda de la creación y optan por la senda de la destrucción recibirán el ciento por uno de la devastación orquestada. Por lo tanto, tiempo al tiempo.


Tiempo

Inexorable el cuarzo
marcará el ritmo
de los segundos, minutos, horas,
días, semanas, meses...
su monótono monólogo
de molestos momentos,
hasta que paren las agujas,
no por falta de pilas, de cuerda
o rotura de algún engranaje.
No, se parará de forma natural
marcando las muerte en punto.
El tiempo habrá cerrado las heridas,
limpiado las mentiras
y la sucia, indecente,
indecorosa y vergonzosa verdad
te devolverá el golpe,
poniéndonos a cada uno
donde debemos estar.

12-8-2009 Barcelona


P.S.: La imagen que encabeza esta entrada del diario es Moros de Davao luchando con kris y kampilan. Mindanao, Sur de Filipinas. Pintura de Nicéforo Rojo, S. XX, Museo Oriental, Valladolid. Por mi bien espero que no tenga copyright.
P.S.2: Yo no quiero tinta en mis manos y en mis ropas, pero así me creé y me creí, escritor, porque una vida on the rocks me resultaba fría, demasiado fría, mas estoy tentado a pensar que hay demasiado fuego en mi. Tal vez debería aprender de una vez de todas las lecciones que me va dando y recordando continuamente la vida y procurar ser más templado, como el acero.
P.S.3: Mientras escribía todo esto (menos el poema que ya tiene su tiempo) he estado escuchando continuamente esta canción: Globus - Crusaders Of The Light. Llevo más de una hora con los pelos de punta.



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domingo, 28 de febrero de 2010

Diario del centinela, capítulo XIV: Cartas a/de ultramar.

Esta entrada tampoco la escribe el centinela, sino nuevamente su creador. No es que siga bajo arresto en el cuartel, ni tampoco está sigue malherido, sino que prefiero esperar un poco más y seguir viendo sus reacciones, a ver si realmente puedo fiarme de él. Por lo pronto diría que si.

Por lo pronto diría que mi propia creación me ha recordado una lección. La literatura siempre me ha dado sabias lecciones, pero no pensé que la propia creación pudiera hacerlo, recordándome en este caso que no sé puede ir por la vida de buenazo e inocente, a la vez que recibir la herida también hay que saber darlas. Hay que tener ese puntito de cabrón necesario para que te derribe el primero que llegue. No todo es defender, también hay que saber atacar. No pretendo justificar sus actos. Los primeros días del año fueron un descontrol en las que hizo más mal que bien, sobre todo a si mismo, mas tampoco creo que sea justo condenarlo por una actitud pasajera, sobre todo, viendo lo visto, que ha aprendido la lección, no se puede ser fuego y hielo a la vez, ni tampoco fuego ni hielo en terminos absolutos, hay que estar templado como el acero, estar dispuesto a usarlo cuando sea necesario y tenerlo enfundado el resto del tiempo. El centinela siempre ha sido un buenazo, demasiado, probó ser justo lo contrario y descubrió que tan mala era una actitud como la otra. Ya lo decía Aristóteles, la virtud está en el centro, no en los extremos. Confío en que ahora el centinela realizará mejor su tarea. Su lucha contra si mismo seguirá, eterna e incansable, pero está mucho mejor entrenado ahora, y acompañado...

Ahora mismo está en la torre, haciendo guardia... más o menos. En realidad la guardia la está haciendo su compañero Paulo, aquel al que no tragaba y con quien cada día se lleva mejor. Él está escribiendo (nada de Bloody Haikus, eso está apartado de momento), pero esta vez son cartas a ultramar, cartas que han de cruzar el oceano y volver. Y son para su amorcito en la distancia. En cierta manera se podría decir que sigue estando loco, pero ahora en un mucho mejor sentido, enamoradito perdido. Me late que dentro de unos meses cruzará el oceano...

De ella os podría decir yo mil cosas, pero me detendré y no diré nada sobre ella. Al fin y al cabo ella tiene sus propias maneras de expresarse públicamente, tiene su propia voz y no es nada complicado averiguar de quien se trata. Tan solo diré que mi fondo de pantalla es una fotografía suya de un campo de flores, que cada día la añoro más y que cada vez que me suelta un "te quiero" me hace el hombre más feliz sobre la tierra (si, enamoradito perdido). El resto es una historia entre nosotros en la que estamos aún en las primeras páginas.

Para el mes que viene creo que dejaré al centinela expresarse libremente. A lo mejor incluso se anima y comparte con nosotros alguna de esas cartas de amor que está escribiendo. Por lo pronto voy a dejar otro poema ajena. El mes pasado fue de Julio Martinez Mesanza, el cual ha sacado un nuevo libro que quiero para mi colección. Esta vez dejaré una voz femenina por acá, la de la mujer de Mesanza, Amalia Bautista. Repondiendo el Remedia Amoris de Mesanza, el Contra Remedia Amoris de Amalia. Tal para cual...


CONTRA REMEDIA AMORIS
Yo no soy de ese tipo de mujeres
incapaces de amor y de ternura.
Yo sé lo que es valor y lo que es sangre,
aunque odie el sacrificio y me repugne
la vanidad que nace en la violencia.
Quiero ser la mujer de un mercenario,
de un poeta o de un mártir, es lo mismo.
Yo sé mirar los ojos de los hombres.
Conozco a quien merece mi ternura.
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miércoles, 27 de enero de 2010

Diario del centinela, capítulo XIII: Hora cero.

Hora cero

Empezaré dejando claro que esta página del diario no la narra hoy el centinela, sino el creador del centinela, autor y artífice de sus aventuras y desventuras que son, en parte, también mías propias.

Es un día especial, hoy cumplo 28. Cumplir años no tiene porque ser especial, pero yo le di ese caracter especial a este en concreto hace un año, cuando escribí una entrada en este blog llamada 27+27+27. No te voy a distraer haciendo que la leas ahora. Leela luego si te apetece, que ahora mismo te voy a ir haciendo un resumen mientras voy dando una serie de explicaciones.

Primera explicación, ubicación del centinela sin nombre. Pues al pobre lo tengo descansando en un catre en el cuartel, herido y enfermo. Él se lo ha buscado. Desde que empezó el año y viendo que el plazo se acababa se ha lanzado a las calles, bajo la fría lluvia a enfrentarse a corta distancia, cuerpo a cuerpo, cara a cara, tratando también de emular a Cupido, fallando todos los disparos y siéndole devueltos todos los mandobles. Ha acabado bastante resfriado, agotado y malherido, por no hablar del cabreo que lleva encima. Pensaba que le faltaba audacia y se lanzó a una vana ofensiva final, a darle pleno sentido a aquel grito de todo o nada bajo el cual nació.

Otra razón por la que no está el centinela es porque no me fio de él. Su ansia y desesperanza no solo lo han convertido en un temerario pendenciero, en una amenaza para mi, sino que incluso he visto como en él ha germinado un rencor y deseo de venganza contra quien le asesinó en su momento, no hay más que ver los Bloody Haikus que ha compuesto recientemente, dos de ellos ayer mismo. La luz y la oscuridad de su corazón se han desequilibrado y ahora es más tinieblas que centinela, más ofensor que defensor y es algo que no puedo ni debo ni quiero consentir. No me importa si a mi centinela se le cierran o no las heridas, estará preso hasta que regrese a su equilibrio natural. Eso no implica que no vaya a ver más diario del centinela. Lo habrá en cuanto el centinela recupere la cordura y deje de destrozarse la cordura atacando molinos. Mientras tanto supliré la esencia épica y medieval con mis poemas, lo cual será a su vez todo un reto personal.

Volviendo al capítulo de este mes, hoy es la hora cero. Hay días que tengo la convicción de que lo que escribo se convierte en realidad, y hoy parece ser así. Hace un año dije que me adentraba en un año en un año de ilusiones y desilusiones, en un utópica cruzada en pos del amor y así ha sido, ese es un buen resumen para el año que ha pasado. Dije, escribí también que si llegaba a los 28 sin resultados tendría que aceptar que el amor se escapa de mis manos y abandonar su búsqueda. Así también ha sido. Nada más empezar el año y tras recibir malas noticias en lo emotivo me quedó claro que en estos 27 días restantes no iba a conseguir nada, independientemente de la intensidad, la audacia y la picaresca que usara en lo que me restaba de tiempo. Reconozco que el amor se me escapa por completo. No se atiene a reglas, tácticas, esfuerzos ni valentía. No hay estrategias ni argucias que valgan, todo es en vano, y es por eso que abandono mi empeño y mi arrojo. Si me quieren, que me encuentren.

Con eso llego al último punto de mi controversia escritura-realidad, el punto alegre y feliz. Al igual que llegué a los 27 y mi vida no era lo que me había imaginado, he llegado a los 28 de una manera que no había imaginado. Me imaginaba desesparanzado y desilusionado, lacrimoso, renegando por completo del amor, negando por completo su existencia, cabizbajo planeando un resto de existencia, que no vida, en completa soledad, tras comprobar en la práctica que puedo arrastrar una subsistencia de días sin amor y noches de sábanas frías. Pero tal y como escribí, curiosamente la vida es tan jodidamente puñetera como para que el amor aparezca precisamente cuando había renunciado a él por segunda vez en mi vida, convirtiendo ¡aleluya! a mi imaginación en una embustera.

Una antigua amistad a la que entonces, cegado por un fútil amor, no le presté la atención debida ha entrado en mi vida de manera totalmente inesperada mientras yo pensaba en como darle el tono más triste y melancólico posible a estas líneas. ¡Bendita sea la contradicción, que al final todo salió al contrario de lo que pensaba pero tal y como lo escribí! Tal vez no debería hacerme ilusiones, ella está lejos, demasiado, puede incluso que cuando la distancia sea cero no pase nada, no se inflamen nuestros corazones, pero en estos meses he aprendido que sin ilusión no se puede vivir. En mi vida ya no hay sitio para la desilusión, disfruto cada día con una sonrisa. Su cariño y su ternura, aunque lejana, me ha demostrado que el amor siempre es posible. No sé que me depara mi vida, que no mera existencia, no sé si realmente volveré a disfrutar o no del amor en sentido pleno. Solo sé que mi objetivo en este vida es compartir este amor que me desborda con la mujer adecuada y para ello dejo mi corazón abierto de par en par, sin miedo ninguno. Que entre en él la personita que tenga que entrar, a ser posible, ella.

En esta hora cero firmo otro fin y otro principio, y vuelvo a dejar el cuaderno y el boligrafo sobre la mesilla, por si este atontado de 27 años escribe en sueños alguna frase que deba leer mañana un esperanzado de 28 años.


Ah, el poema correspondiente a este diario del centinela... pues ya que no está el centinela pondré algo de Mesanza, uno de sus remedia amoris, por ejemplo:

REMEDIA AMORIS II
Los soldados asirios nunca amaron.
Así se afirma en un tratado antiguo.
Si no te sirve el caso, a mí tampoco,
pero deja el amor para mañana.
Si desprecias la guerra, no guerrees:
dedícate al estudio, por ejemplo,
hay campos no trillados todavía:
el imperio kitán, Sarai quemada,
la diplomacia escita, el Siglo Oscuro,
pero deja el amor para mañana.


P.D.: Por si realmente todo sucede tal y como escribo... ¡que desaparezca el oceano, que se hagan añicos el tiempo y el espacio, que se inflamen nuestros corazones cuando la distancia sea cero, que lo será, y que saboree el amor de mis labios mientras yo lo disfruto de los suyos! Ut sit!
P.D.2.: Releyéndome a lo mejor da la idea de multple personalidad, pero no es así. Pessoa decía que el poeta es un fingidor. Yo acepto esa idea y por ello uso diversas máscaras a la hora de escribir.
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