viernes, 1 de mayo de 2009

Diario del centinela, capítulo IV: el día de mi muerte.

He preguntado a todos los médicos de la ciudad, y en mis viajes algunas veces a médicos de otras ciudades. La pregunta es sencilla, ¿se puede sobrevivir a una puñalada al corazón? Siempre responden lo mismo, que si la hoja solo roza el corazón hay alguna posibilidad de supervivencia, y siempre tengo que hacer la misma puntualización. ¿Se puede sobrevivir a una puñalada directa al corazón, perforando aurículas y ventrículos? La respuesta es unánime, NO. No se puede sobrevivir a algo así. Entonces sonrío, me callo y me alejo.

¿Soy la excepción que confirma la regla, o simplemente un cadáver ambulante? Me apuñalaron el corazón hace meses, de frente, con nocturnidad y alevosía. Y sin embargo sigo vivo, o mejor dicho, mi cuerpo sigue en movimiento. Con ese acto me mató, al retirar la daga saltó disparada toda mi sangre fuera, mis sueños, mis esperanzas, mis ilusiones, mi vida... ¡todo! Todo lo que tenía valor para mí quedo desparramado por el suelo. Aquel, sin duda alguna, fue el día de mi muerte.

Porque una vida sin amor no es vida, y dado que aquella noche se me arrebató el amor, se me arrebató también la vida. Ergo soy un muerto viviente, o un vivo finado, ambas definiciones me valen. En realidad me valen muchas más. Para empezar, dragonearé de lo dragoneable, y me llamaré cadáver exquisito. Cuando uno muere lo normal es perder peso, pero lo mío han sido veinte kilos en seis meses, hasta que han llegado a decirme que me estaba quedando en los huesos y estoy manteniéndome en el mismo peso a base de empacharme. Fue sencillo, cuando uno hace de tripas corazón, y le rompen el corazón, le afecta también a las tripas. En la primera semana perdí cinco kilos, ya que solo comía (y más bien poco) por disimular, para que me vieran comer y no se preocupara nadie. Comía porque algo tenía que comer, no porque tuviera la más mínima gana. El resto, una vez comenzada la asimilación de mi nueva condición, fue solo cuestión de trabajo y entrenamiento físico. Y la verdad es que me veo en el espejo y, aparte de no reconocerme, tengo que admitir que no me ha sentado nada mal el cambio.

También me llamaré temerario despojo. En todas las facetas de la vida el miedo nos sirve como una barrera, para bien y para mal, que nos evita hacer más locuras de la cuenta. Pero yo no afronto facetas de la vida, ¡estoy muerto! Cada vez que el recuerdo del miedo se asoma recuerdo que ya estoy muerto, no tengo nada que perder, el miedo huye, rabo entre piernas, y salgo de nuevo victorioso. Particularmente este hecho me ha hecho mejorar como centinela. Ya no titubeo a la hora de ponerme delante para proteger a alguien. Si alguien ha de llevarse el golpe me lo llevaré yo, como si me fuera a doler...

Y aunque podría usar otros, solo citaré, dichoso occiso. Cada vez que estoy triste me pongo a pensar que no tengo motivos. Mi tiempo pasó, mi vida pasó, y cada segundo que permanezco en movimiento, es un segundo robado a la Parca, es un segundo de libertad absoluta y plena, y mi sonrisa regresa. Podría ponerme a pensar que tampoco tengo motivos para sonreir, pero hay cosas en las que prefiero no pensar.

Pensándolo bien, hasta voy a tener hasta que darle las gracias a esa comerciante de la muerte... pero no, no lo haré, pues recuerdo el diálogo de Aquiles y Odiseo en el inframundo "no intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferíria estar sobre la tierra y servir en casa de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el soberano de todos los cadáveres, de los muertos". Y cada vez que lo recuerdo, lo doy la razón a Aquiles. De nada sirven todos los dones que la muerte puede darte, si en tu pecho no hay un corazón latiendo... y por alguien. No agradeceré mi muerte. No perdonaré JAMÁS mi asesinato.

P.S.: Este mes hubo en la plaza central una interpretación de la leyenda de San Jorge y el Dragón. Cuando San Jorge clavó su espada en el corazón del Dragón un escalofrío recorrió mi espalda. Sin embargo he de reconocer que la rosa que nació de la sangre derramada es realmente hermosa.


N.A.: No sé si es la primera vez que hablo del tema. En este blog puede que por indirectas y alusiones, pero nunca tan abiertamente. A los amigos sí, en parte y a trozos, tampoco quería cargarles con el peso de mi lápida, peso que solo me corresponde a mí, y piedra que tiro al río, sin estar yo amarrado a ella. Este tema tan hiriente lo ha abierto mi centinela, y tanto él como yo lo cerramos con nuestro silencio acerca de aquella noche, pues es un tema que más que cansarme me agota y es un tema agotado. No hay nada más que decir ni pienso repetirme. Lo que está muerto está muerto... (y con ese muerto no me refiero a mí).


Amanecer del nuevo día

Que bien sienta levantarse un domingo
al alba,
tambalearse por el pasillo
rumbo a la cocina,
prepararse un café bien cargado,
taza en mano salir a la terraza
sintiendo el frío rocío
en las plantas de los pies,
y contemplando
el amanecer del nuevo día
exclamar:
¡Se acabó el tiempo!
¡Se acabó nuestro tiempo!

Comienza el mío.
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1 comentario:

Silvia Ruiz dijo...

ME EN CAN TA