viernes, 22 de abril de 2011

Si sigo escribiendo...



Si sigo escribiendo...

Si sigo escribiendo,
si prosigo este sainete,
es porque hay facetas en mi corazón
que todavía no
he podido, he querido, he tenido tiempo
de transcribir.

Y de sus mecanismos internos
aún no sabéis
nada...

22-4-2010
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martes, 19 de abril de 2011

Y dijo el poeta "¡Estamos hasta la madre!"

Antes de proseguir pásate primero a leer este artículo (al menos los dos primeros parrafos).

http://eleconomista.com.mx/columnas/columna-especial-politica/2011/04/12/siete-anos-mas-estar-hasta-madre

Estos dos primeros párrafos:
“Estamos hasta la madre”, la frase concluyente de la carta abierta escrita por el poeta y periodista Javier Sicilia, dirigida a los políticos y a los criminales, cundió a todos niveles de la sociedad mexicana. El pasado miércoles hubo marchas en varias ciudades del país y del extranjero en respuesta al dolor de un padre que pierde a un hijo, dolor que todos los que tenemos hijos hacemos nuestro.

La tragedia de Javier Sicilia, el asesinato de su hijo Juan Francisco y de seis personas más en Cuernavaca -la ciudad de la eterna balacera- fue la gota de sangre que derramó el vaso del hartazgo conjugado en un clamor: Estamos hasta la madre. Expresión que es secuela de la ya clásica: Si no pueden renuncien, proferida por otro padre cuya indignación no se olvida, don Alejandro Martí, enunciado que fue bien recibido por la ciudadanía y jamás acatado por los funcionarios ninis: ni pueden ni renuncian.



Nunca he estado de acuerdo en que un poeta haga el menor gesto político, siempre he creído en que los escritores deben dedicarse a lo suyo, a crear literatura, no a meterse en culebrones políticos. El caso de este hombre lo entiendo y respeto. De vez en cuando oigo por ahí que los poetas tenemos una sensibilidad mayor que el resto de mortales, pero es totalmente falso, lo cual no quita lo contrario, que nos pueda hervir la sangre, sobre todo tras la perdida de un familiar como ha sido el caso de Javier Sicilia.

Sin embargo hay que saber atemperar la sangre y no hacer ridículos como éste. No voy a decir que soy un experto en México habiendo pasado tan sólo tres semanas allá, pero si recuerdo plenamente las emociones que sentí allá... miedo, inseguridad, intranquilidad, tensión, un continuo agitarse de nervios impulsados por la adrenalina en cada esquina (y eso que no estuve en sitios especialmente peligrosos). Sentí lo que allá se cuece y lo de este hombre es 100% emocional, 0% racional. México es un infierno, es un país sumido en una invisible guerra civil. Habrá más muertos, habrá mucha más sangre de la que ningún poeta será capaz de cantar, pero por mucho que nos duelan nuestros cantos es un mal necesario. Hace muchos años que esa gran nación debía haber hecho lo que está haciendo ahora, sacar a todas las fuerzas de seguridad a la calle, a defender la nación y convertirla en un lugar seguro para sus habitantes.

¿Qué si no entonces, dar un paso atrás y dejar que, indefinidamente, la delincuencia organizada campe a sus anchas y mate a su antojo? Yo no firmo eso, ni en verso, ni en prosa ni en broma. Al igual que a la sociedad española jamás se le ocurriría plantarse ante la Moncloa a pedir que nuestras fuerzas de seguridad sigan persiguiendo a ETA hasta su completa derrota y desaparición, el pueblo mexicano debe ser valiente, confiar en los suyos, en esos hombres y mujeres de uniforme que juraron protegerles, y apoyarles en lo posible para acabar con esas organizaciones de asesinos.

Hay dos bandos, asesinos y centinelas. A los asesinos nos los vi, a los centinelas si, blindados y aferrados a sus armas a sabiendas de que en cualquier momento un balazo furtivo podría destruir todos sus sueños. He hablado con ellos en el Museo del Ejército, he visto el miedo en sus ojos, pavor muy superior al mío propio. Diga lo que se diga y parezca lo que parezca yo siempre estaré con los centinelas.

lunes, 18 de abril de 2011

Réquiem

Algo que probablemente nadie sepa de mi es que si mi vida fuera un libro cada capítulo estaría cerrado siempre por un réquiem.

Vaya pues este réquiem aquí, a este lugar y este momento, justo donde corresponde...

Lacrimosa
Lacrimosa dies illa
Qua resurget ex favilla
Judicandus homo reus.

Huic ergo parce, Deus
Pie Jesu Domine
Dona eis requiem, Amen.

lunes, 4 de abril de 2011

Diario del centinela, capítulo XXVII: Cuando no hay sequía, diluvia.

Cuando no hay sequía, diluvia, por Alex Ruiz


Mi vida se define por extremos, o bien nos morimos de sed o bien nos ahogamos bajo lluvias torrenciales. Cuando no un periodo de paz, eso tan contrario al negocio de un centinela, pone en duda la necesidad de nuestra labor convirtiéndonos en el punto de mira de todas las críticas, le sigue un periodo de problemas y altercados en el que arrecian las críticas y todos claman la formación de más centinelas. O nada que hacer o demasiado, no hay termino medio.

Ahora estoy bajo la lluvia. Esta vez si, ya no hay rumores, hay guerra en el lejano norte. Los oficiales de mayor rango de cada ciudad han sido llamados y sólo quedamos los inferiores e impuestos extraordinarios para hacer frente al conflicto. La disminución de la seguridad y las nuevas cargas propician el crimen, y ahí es donde entramos nosotros y la multitud de horas que dedicamos a que Puerto Nallacia siga siendo segura.

No tengo nada en contra de la lluvia. Puestos a elegir prefiero el diluvio a la sequía, pero si realmente pudiere elegir preferiría la misma lluvia que allá en el norte, en el campo de batalla, ese chiribiri, esa lluvia lenta, infinita y débil que tarda en empaparte. Preferiría que todo lo que tuviere que acontecer lo hiciere de esta manera, con calma, un evento tras otro, no al mogollón, con la insensata suicida velocidad con la que están cayendo sobre nuestros hombros. Pero es lo que hay. Uno no domina ni su propia vida, la vida le domina a él y sólo hay una alternativa que merezca la pena, entrar al combate aún a costa de la propia vida.

Estoy en la alto de la torre Este, bajo la lluvia aguardo un mensajero. Ya han llegado varios. Yo aguardo uno que porta un mensaje imposible. La lluvia es infinita...
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domingo, 3 de abril de 2011

Correo aereo para Zyd.

Correo aereo para Zyd, de Alex Ruiz

Querido Zyd:
Últimamente estoy pasando una racha... cuanto menos curiosa. Si bien mi realidad está convirtiéndose lentamente en objeto de mi control, mi subsconciente, sobre todo mi parte onírica, está caminando en sentido inverso.
Así pues me despierto susurrando el nombre de una mujer, aún sin haber soñado con ella, o sueño situciones tan reales que las confundo con mis propios recuerdos durante días. A veces incluso no tan reales, en ocasiones imposibles, pero no eso no evita que durante un tiempo se conserva la impronta de las emociones en mi mente.
Una de estas emociones tiene que ver contigo, por eso te escribo. Soñé con un lugar que hace mucho que no visito, el Salón del Almirante, pero esta vez la charla la dabas tú. Aún sin percatarme de que era un sueño si advertí que era imposible, y aunque digan que los sueños son completamente falsos, el alivio y la alegría que sentí en aquel momento fueron completamente reales. Volvías a estar ahí. Me quitaba un gran peso de encima, no más poemas en tu honor ni pequeños actos secretos recargados con tu esencia, tan sólo un proseguir la vida en el punto exacto donde las habíamos dejado. Pero desperté...
Desperté y me preparé a toda prisa para no llegar tarde al trabajo. En el camino un avión sobrevoló Sevilla Este. Recordé el sueño, las emociones, deseé que estuvieras en aquel avión que aterrizaba, pero no. Hace ya dos años que decidiste atravesar el mundo sin billete de vuelta y no dudo de tu palabra, no volverás.
Lo único que debes saber de este lado es que acá seguimos quemando las naves.
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sábado, 2 de abril de 2011

La cabeza de un dios.

La cabeza de un dios, por Álex Ruiz


Siempre quise tener un abrecartas. Pero los ejemplares que encontraba en mi tierra no me gustaban, caros, plateados y con diseños excesivamente simplistas.

En mi viaje al fin del mundo recalé en Teotihuacan, la ciudad de los dioses. Antes de entrar nos dieron una explicación sobre la obsidiana y su uso ritual. Acto seguido pasamos a la habitual tienda. Di con abrecartas dorados con mango de obsidiana en los cuales estaban talladas las efigies de diferentes dioses. No era barata pero tampoco tan cara como las que podía encontrar acá en España, y su diseño me fascinó. Aquel dios oscuro me acompañó a las costas del Pacífico, a la contemplativa soledad de la capital mexicana y los once mil kilómetros de vuelta a casa.

Desde un principio se me antojó indestructible. Yo ya sabía que a la obsidiana se le llama vidrio volcánico y que podía ser despedazada, pulida, y obtener un sinfín de formas y colores; pero tenía esa impresión. Aquella piedra negra era indestructible y punto.

Una noche, mientras leía blogs, mi mano izquierda jugaba con la daga (el abrecartas) mientras con la derecha saltaba de artículo en artículo con el ratón. En un determinado momento la oculté bajo la manga con el mango hacia arriba. Bajé el brazo para que cayera de la manga y agarrarla en el aire, en plena caída. No llegué a tiempo...

Al golpe le siguió un extraño tintineo. Miré hacia abajo extrañado. A mis pies estaba el abrecartas... con sólo media cabeza del dios. La otra mitad de la cabeza yacía un metro a mi izquierda, allá había ido a parar tras dar unas cuantas vueltas, el extraño tintineo antes citado. Aquello me dejó totalmente confuso. Recogí los trozos y me quedé un buen rato mirándolos en silencio. En el fondo lo sabía, pero no lo creía posible. Lo creía totalmente imposible. Mi firme creencia en aquel dios indestructible se había quebrado cayendo desde apenas 30 centímetros.

El primer pegamento no hizo nada salvo enguarrar las juntas, el segundo, más potente, funcionó, y como Alonso Quijano con su yelmo no me molesté en realizar una segunda comprobación al arreglo. Dejé al dios en el rincón menos visible del portalápices. Por miedo a que se rompa del todo se pasará bastante tiempo sin ser empuñado. No es un recuerdo fácil de sustituir.

Empuñar... Caí en la cuenta de lo absurdo que estaba siendo aquella devoción por un trozo de obsidiana con hoja metálica. En realidad no era yo quien empuñaba el abrecartas sino el abrecartas que me empuñaba a mi. La muerte de ese dios me había liberado. Seguí con ese hilo y me di cuenta de la cantidad de veces que creemos ser dueño de algo cuando es realidad es justamente lo contrario. La espada y la pluma nos empuñan, las teclas y el gatillo nos pulsan a nosotros y no al contrario. Un católico no tiene un crucifijo, la cruz lo tiene a él bien clavado. No tenemos ropa, sino que es la marca quien nos viste. Igualmente en el mundo digital no tenemos un blog, facebook y twitter, sino que ellos nos tienen para que les escribamos.

En una sociedad tan iconográfica e iconofílica como la nuestra son los símbolos quienes nos definen, no al contrario. Las imágenes nos hacen sufrir, gozar, reír y llorar, son ellas las dueñas de nuestras emociones y nuestros comportamientos. Somos nosotros los objetos, los poseídos por el símbolo en cuestión. Cierto que el origen del símbolo está en el ser humano, pero una vez establecido entra en un estado de autosuficiencia en la que no depende de nosotros pero si nosotros de él. Somos nosotros los empuñados... o más bien los que nos dejamos empuñar.

Observé mi muñeca derecha, el brazalete rojo y negro que también provenía de allende los mares. Luego miré el tablón de corcho, a la rueda roja y negra con siete almenas y una lambda de los mismos colores en su interior, ese engranaje que me hace girar. Observé ambos símbolos comprendiendo que yo era esclavo de ellos, pero sé es más libre cuando uno se sabe esclavo, aún más cuando los grilletes se los puso uno voluntariamente, y todavía más cuando se tiene opción a llave y papelera.

Dejé de mirar los símbolos, apagué el ordenador y me puse a escribir en el primer trozo de papel que encontré, a enumerar todos los signos que me conforman. ¿Y tú, cuales son las esencias que te definen?
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