martes, 31 de agosto de 2010

Soy invisible.


Desde mi retorno de extrañas tierras me he sentido bastante raro, con una sensación que nunca antes había experimentado, la sensación de ser invisible. La gente pasa a mi alrededor pero actúa como si no existiese, como si no hubiera nadie.

Esto requiere una pequeña explicación. En México, aparte de a la altura, también tuve que acostumbrarme lo antes posible a sus costumbres. La que más me llamó la atención fue la "manía" por llamarla de alguna manera de estar siempre pendientes de los movimientos de la gente de alrededor, sobre todo a través de un intenso contacto visual que procuran no interrumpir. Se me hizo más de notar en la primera escala de mi viaje, Puebla, donde las calles eran tranquilas y, salvo en ciertos lugares como el Zócalo, no había multitudes yendo y viniendo. Ocurría por ejemplo que ibas tan tranquilamente y alguien entraba en tu calle doblando una esquina. Si solo tú estabas cerca desde el primer momento de doblar la esquina el otro transeunte te clavaba la mirada todo el tiempo, completamente atento a tus reacciones. Si por el contrario el tipo con el que cruzabas en la calle no te lo cruzabas de frente, sino que te adelantaba por la espalda podías ver como continuamente giraba la cabeza para mirarte de reojo. Casi se pasaban más tiempo mirando hacia atrás que hacia adelante. En la capital las calles solían estar bastante llenas (aunque casi siempre estuve en el respectivo Zócalo). Ante el cúmulo de presencias podía ver mientras caminaba como iban posando la mirada de una persona a otra dependiendo de la distancia, siempre en la persona más cercana. Acabé pasando del tema, me interesaban más los edificios y los 101 museos que tenía a mi disposición.

Sin embargo ahora lo noto, noto esa casi absoluta ausencia de miradas. La gente viene y va mirando los edificios, escaparates, carteles, el suelo. Rara vez miran a alguien más que no sea una persona que les esté acompañando. Yo me he vuelto un poco mexicano en ese aspecto y no paro de alternar mi mirada de una persona a otra, y no precisamente por criterio de cercanía. El resto de mi entorno ya me es de sobra conocido. Cambia, por supuesto, por culpa de nuestros políticos, pero lentamente, gracias a nuestros políticos, pero no suelo dedicarme a mis alrededores más que fugaces ojeadas, si acaso algo más largas siempre que no haya nadie cerca a quien prestarle mi atención.

Otro aspecto que he notado, ya saliéndome un poco del tema pero no del campo de visión, es que sin haber manejado ningún vehículo durante mi estancia se me ha pegado un poco la temeraria manera de conducir de los mexicanos. Ahora cuando conduzco me parece que todo ocurre en cámara lenta en comparación con lo que viví allí (cruzar las calles a pie era un siempre un desafío). Un punto a favor, conduzco con la misma suavidad pero mi previsión al volante ha mejorado. Mi estancia también parece haberme afectado también la vista, ahora noto cosas que normalmente se me escapaban. Me he dado cuenta de que mi visión era demasiado frontal, apenas prestaba atención a los movimientos que continuamente se me escapaban por el rabillo del ojo, pero ahora mi campo de visión parece haberse expandido y reacciono ante cualquier movimiento lateral, lo cual es aún más notable dado que por los laterales no veo a través de los cristales de mis gafas, de las cuales me he vuelto demasiado dependiente.

Todo parece tener ahora un aspecto distinto, se mueve distinto y a distinto ritmo, mucho más lento y pausado. Lo más importante, interpreto todo lo que siento de manera distinta.

Ya nos veremos...

lunes, 30 de agosto de 2010

Sophrosyne...

Sophrosyne (σωφροσύνη), cuidado e inteligencia para conducir la propia vida, un equilibrio y sabiduría templados.


Me pediré un par de raciones.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Exceso de biblioteca.



Me estoy planteando seriamente tanto imponer otro sistema de catalogación en mi estanterías como soltar lastre y desprenderme de unos cuantos títulos. Ya dejaré un listado de los libros de los que quiero desprenderme en breve. Estoy seguro de que hay más de uno que no pienso volver a releer, y si alguien se los pide...

martes, 24 de agosto de 2010

De retorno a tierra natal.


Para aprender ciertos caminos antes hay que perderse.

No recuerdo ahora mismo dónde y de quien es esa frase. Son muchas las lecturas acumuladas (tan solo una mínima fracción de las que me aguardan) y mi memoria bastante limitada. Es tan solo un fragmento de recuerdo que ha brotado de mi subconsciente justo en el momento apropiado. Ahora entiendo esa frase en un sentido aún mayor. No diré que en su sentido pleno, prefiero pensar que aún me guarda algún misterio.

Bien, primero los detalles obvios. He estado tres semanas en México. No diré que el tiempo suficiente como para conocer el país por completo, pero si para hacerme unas cuantas ideas sobre la realidad Mexica actual y contrastarlas con mi propia realidad. Precisamente en ese contraste, en ese comparar mi mundo occidental con el otro mundo Nuevo Mundo occidental, es cuando se me reflejan detalles sobre mi y mi entorno que nunca había notado al estar tan inmerso en él.

Hay pensamientos, sentimientos y sueños que me reservo. Algunos ya los iréis viendo, aún están recibiendo golpes en la forja de mi espíritu, otros seguramente no, se diluirán como intentos fallidos o como errores. No soy un iluminado, no soy tan tonto como para dar por hecho que todo lo que he sentido es cierto, puede haber simples sombras donde ahora veo formas más o menos bien perfiladas y delimitadas.

Hecho de menos Teotihuacán, o más bien lo que Teotihuacán me sugiere. Me recuerda la teoría de una vieja amiga. Ella (y yo la secundo) sostiene que todos debemos morir de vez en cuando en la vida, dejar de ser nosotros mismos para así poder seguir avanzando.

En la quietud de Puerto Escondido, con la única compañía de las poderosas olas del Pacífico, me di cuenta que la teoría está incompleta. No solo hay que matarse o dejarse morir de vez en cuando (yo sostengo que uno acaba consigo mismo para dejarse paso a la siguiente versión de si mismo) sino que también hay que acordarse de renacer como fénix cada vez que se fenece. Mientras paseaba por la playa, al borde del rebufo de la marea, advertí ese detalle capital. Si uno no se acuerda de insuflarse vida no se vive. Uno se convierte tan solo en un mero cadáver ambulante, anda, come, duerme, tal vez sueñe, por la mera inercia bioquímica de su propio cuerpo, pero no está vivo. Carga con su existencia de una manera reactiva, reaccionando de manera automática e irracional a los impulsos que recibe (a una minúscula parte de todo lo que recibe, lo justo para su subsistencia) en lugar de atacarle a la vida de manera proactiva, yendo dos jugadas por delante como en una buena partida de ajedrez (acabo de recordar que a alguien le debo una revancha). Te animo a que te detengas ahora un segundo después de este párrafo. Toma aire, lentamente, dejando que llene completamente tus pulmones, retenlo un par de segundos mientras miras a tu alrededor y luego expúlsalo con la misma lentitud. Repítelo cuantas veces quieras mientras examinas todo tu entorno inmediato.

¿Lo has notado? Son miles las sensaciones que llegan hasta nosotros continuamente, el aire que has respirado intensamente, el tacto de tu piel sobre el ratón del ordenador, cada uno de los elementos que te rodean y te envían un mensaje más o menos equívoco y abierto a tu interpretación, a tu ensayo y error. Estás físicamente vivo (espero, no me agradería tener lectores de ultratumba), pero a la vez puedes estar en este mundo tan solo por estar, porque te haya tocado estar o porque quieras estar, porque todo lo que te rodea ahora mismo está ahí porque tú has decidido que sea así.

Mientras estuve en lejanas tierras me sentí forzado en una situación así, todo estaba ahí porque lo había decidido. Yo había decidido aquel viaje, todos los elementos y situaciones me resultaban un tanto extrañas, no paraban de enviarme señales. Mientras sentía el viento de poniente, el regusto de la salitre en mis labios, las olas invadiendo la playa, me di cuenta de ello, de como la vida me golpeaba en pleno rostro para despertarme. El resto del tiempo (aquello fue cerca del ecuador de mi viaje) jugué con ello, a experimentar con las sensaciones y las situaciones en vez de dejarme llevar por ellas. Fue divertido, por ejemplo nadie adivinaba que yo era extranjero a menos que yo quisiera. Me dio aún más que pensar, sobre todo cuando usaba el juego de contrastes que tanto me gusta y miraba desde la distancia mi tierra natal. ¡Cuan distinta la sentía al otro del oceano, a nueve mil kilómetros de mis latidos! Siempre he sido un apatrida, un quejica de todo cuanto hay aquí, pero ahora veo y siento de otra manera, mi tierra natal si es ahora mi tierra natal, mi patria, mi hogar. Incluso reconozco que respondí con un orgulloso ¡Si! cuando, en el viaje a Teotihuacán, nos preguntaron en el autobus de donde eramos cada uno y me reconocieron como andaluz cuando dije Sevilla. Al volver nada es como lo había dejado, o sería mejor dicho que quien ha vuelto es otro Álex. Y me gusta que ya nada sea lo que era, que sean los mismos sentidos los que captan lo mismo pero interpretan y responden de otra manera. Me gusta esto de sentirme vivo, tanto como no me había sentido nunca.

Ya iré dando señales de vida periódicamente. Acabo de llegar y aún tengo mil papeles desperdigados, anotaciones durante el viaje a las que dar forma, mi agenda aún en julio con tareas que dejé pendiente y un trabajo de 8 a 15 que tampoco es lo que era. El lunes, el maldito lunes, tampoco lo ha sido.

Próximamente más... Todos los engranajes, especialmente los nuevos, han de seguir girando.

Ahora respira... y respóndete a ti mismo. ¿Te sientes vivo o tan solo eres un puñado de engranajes bioquímicos?
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domingo, 22 de agosto de 2010

The Show must go on...


Ya lo dijo Queen.
The Show Must Go On!

Empty spaces - what are we living for?
Abandoned places - I guess we know the score..
On and on!
Does anybody know what we are looking for?

Another hero - another mindless crime.
Behind the curtain, in the pantomime.
Hold the line!
Does anybody want to take it anymore?
The Show must go on!
The Show must go on!
Inside my heart is breaking,
My make-up may be flaking,
But my smile, still, stays on!

Whatever happens, I'll leave it all to chance.
Another heartache - another failed romance.
On and on!
Does anybody know what we are living for?
I guess i'm learning
I must be warmer now..
I'll soon be turning round the corner now.
Outside the dawn is breaking,
But inside in the dark I'm aching to be free!

The Show must go on!
The Show must go on! Yeah!
Ooh! Inside my heart is breaking!
My make-up may be flaking!
But my smile, still, stays on!
Yeah! oh oh oh

My soul is painted like the wings of butterflies,
Fairy tales of yesterday, will grow but never die,
I can fly, my friends!

The Show must go on! Yeah!
The Show must go on!
I'll face it with a grin!
I'm never giving in!
On with the show!

I'll top the bill!
I'll overkill!
I have to find the will to carry on!
On with the,
On with the show!

The Show must go on.

viernes, 20 de agosto de 2010

Solo para fumadores (y 10).

Esa visión me salvó. Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración y en consecuencia de mi encierro. No deseaba otra cosa que reintegrarme a la vida, por ordinaria que fuese, sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer, beber, fumar y disfrutar de las recompensas de un hombre corriente pero sano. Para ello me era imperioso vencer la prueba de la balanza, pero como me era imposible comer en ese lugar y esa comida, recurrí a una estratagema. Cada mañana, antes de la pesada, metía en los bolsillos de mi pijama algunas monedas de un franco. Progresivamente fui añadiendo monedas de cinco francos, las más grandes y pesadas, que cambiaba al repartidor de periódicos. Logré así aumentar algunos cientos de gramos, lo que no era aún suficiente ni probatorio. Le pedí entonces a mi mujer que me trajera de casa un juego completo de cubiertos, alegando que con ellos podría tal vez alimentarme mejor que con los toscos cubiertos de la clínica. Eran los sólidos y caros cubiertos de plata que mi mujer adquirió en un momento de delirio, a pesar de mi oposición y que ahora, desviándose de su destino, se volvían realmente preciosos. Como no podía disimularlos en mis bolsillos, los fui colocando en mis calcetines, empezando por la cucharita de café hasta llegar a la cuchara de sopa. A la semana había aumentado dos kilos y más todavía cuando cosí a mis calzoncillos los cubiertos de pescado. Las enfermeras estaban asombradas por esa recuperación que no iba con mi apariencia. Un galeno me visitó, revisó mis boletines de peso, me examinó e interrogó y días más tarde la dirección me extendió la autorización de partida. Horas antes de que mi mujer viniera a buscarme en un taxi, estaba ya de pie, vestido, mirando una vez más por la ventana a los albañiles que ágiles, ingrávidos, aéreos y diría angelicales terminaban de levantar el segundo piso de ese nuevo pabellón de los desahuciados.
Demás está decir que a la semana de salir de la clínica podía alimentarme moderadamente pero con apetito; al mes bebía una copa de tinto en las comidas; y poco más tarde, al celebrar mi cuadragésimo aniversario, encendí mi primer cigarrillo, con la aquiescencia de mi mujer y el indulgente aplauso de mis amigos. A ese cigarrillo siguieron otros y otros y otros, hasta el que ahora fumo, quince años después, mientras me esfuerzo por concluir esta historia, instalado en la terraza de una casita de vía Tragara, contemplando a mis pies la ensenada de Marina Picola, protegida por el escarpado monte Solaro. Hace veinte siglos el emperador Augusto estableció aquí su residencia de verano y Tiberio vivió diez años y construyó diez palacios. Es cierto que ambos no fumaban, de modo que no tienen nada que ver con el tema, pero quien sí fumó fue el Vesubio y con tanta pasión que su humo y cenizas cubrieron las viñas y viviendas de la isla y Capri entró en un largo período de decadencia.

Enciendo otro cigarrillo y me digo que ya es hora de poner punto final a este relato, cuya escritura me ha costado tantas horas de trabajo y tantos cigarrillos. No es mi intención sacar de él conclusión ni moraleja. Que se le tome como un elogio o una diatriba contra el tabaco, me da igual. No soy moralista ni tampoco un desmoralizador, como a Flaubert le gustaba llamarse. Y ahora que recuerdo, Flaubert fue un fumador tenaz, al punto que tenía los dientes cariados y el bigote amarillo. Como lo fue Gorki, quien vivió además en esta isla. Y como lo fue Hemingway, que si bien no estuvo aquí residió en una isla del Caribe. Entre escritores y fumadores hay un estrecho vínculo, como lo dije al comienzo, pero ¿no habrá otro entre fumadores e islas? Renuncio a esta nueva digresión, por virgen que sea la isla a la que me lleve. Veo además con aprensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que le digo adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco.


Final del relato de Julio Ramón Ribeyro. Durante su progresiva puesta en escena en este blog un paquete de Fortuna cayó consumido en veinte pequeños incendios. Descanse en paz...

viernes, 13 de agosto de 2010

Solo para fumadores (9).

Si uno quisiera contar prolijamente las cosas no terminaría nunca de hacerlo. Todo debe tener un fin. Es por ello que me propongo concluir esta confesión.
Aquí entramos a la parte más dramática del asunto, con la reaparición del doctor Dupont, sus sondas y sermones y sobre todo su premonitorio cuchillo. Mal que bien, a pesar de mis dolencias y problemas ligados al abuso del tabaco, llegué a convivir con ellos y a tirar para adelante, como se dice, tirando de paso pitada sobre pitada. Hasta que fui víctima de una molestia que nunca había conocido: la comida se me quedaba atracada en la garganta y no podía pasar un bocado. Esto se volvió tan frecuente que fui a ver al doctor Dupont no en ambulancia esta vez, para variar. Dupont se alarmó muchísimo, me guardó en el hospital para someterme a nuevos y complicados exámenes y a los pocos días, sin explicaciones claras, rodaba en una camilla rumbo a la sala de operaciones. Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. Me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago.
Prefiero no recordar las semanas que pasé en el hospital alimentado por la vena y luego por la boca con papillas que me daban en cucharitas. Ni tampoco mi segunda operación, pues Dupont se había olvidado al parecer de cortar algo y me abrió nuevamente por la misma vía, aprovechando que el dibujo en mi piel estaba ya trazado. Pero algo sí debo decir del establecimiento donde me enviaron a convalecer, convertido en un guiñapo humano, luego de tan rudas intervenciones.
Se llamaba "Clínica dietética y de recuperación pos-operatoria" y quedaba en las afueras de París, en medio de un extenso y hermosísimo parque. Sus habitaciones eran muy amplias y disponían de baño propio, terraza, televisión y teléfono. A ella iban a parar los que habían sufrido graves operaciones de las vías digestivas para que reaprendieran a comer, digerir y asimilar, hasta recobrar la musculatura y el peso perdidos. Las dos primeras semanas las pasé sin poder levantarme de la cama. Me seguía alimentando con líquidos y mazamorras y diariamente venía un fornido terapeuta que me masajeaba las piernas, me hacía levantar con los brazos pequeñas barras y con la respiración cojines de arena cada vez más pesados que me colocaban en el tórax. Gracias a ello pude al fin ponerme de pie y dar algunos pasos por el cuarto, hasta que un día la enfermera jefa me anunció que ya estaba en condiciones de someterme al control cotidiano.
De qué control se trataba lo supe al día siguiente, cuando vinieron a buscarme antes del desayuno. Fue la primera salida de mi habitación y mi primer contacto con los demás pensionistas de la clínica. ¡Espantosa visión! Me encontré con una legión de seres extenuados, tristes y macilentos, en pijama y zapatillas como yo, que hacían cola ante una balanza romana. Una enfermera los pesaba y otra anotaba el resultado en un grueso registro. Luego se arrastraban penosamente por los pasillos y desaparecían en sus habitaciones por el resto del día.
Al horror siguió la reflexión: ¿a dónde diablos había ido a parar? ¿Qué disimulaba ese remedo de albergue campestre poblado de espectros? En las próximas sesiones creí vislumbrar la realidad. Ello no podía ser una clínica, sino la antesala de lo irreparable. A ese lugar enviaban a los desechados de la ciencia para que, entre árboles y flores, vivieran sus postrimerías en un decorado de vacaciones. La pesada era solamente el último test que permitía verificar si cabía aún la posibilidad de un milagro. Enfermo que aumentaba de peso era aquel que, entre cien, mil o más tenía la esperanza de salir viviente de allí. Esta sospecha la comprobé cuando dos vecinos de corredor dejaron de asistir a la pesada y luego me enteré, por una conversación entre enfermeras, de que se habían "dulcemente extinguido". Ello redobló mi zozobra, lo que me impidió comer y en consecuencia aumentar de peso. Los platos que me traían, insípidos y cremosos, los pasaba por el W.C. o los envolvía en kleenex que echaba a la papelera. Mi mujer y algunos fieles amigos me visitaban en las tardes y hacían lo indecible, con un temple admirable, para no mostrarse alarmados. Pero algunos gestos los traicionaron. Mi mujer me trajo un finísimo pijama de seda, lo que interpreté por un razonamiento tortuoso como "Si te tienes que morir que sea al menos en un pijama Pierre Cardin". Algunos amigos insistieron en tomarme fotos, dándome cuenta entonces de que se trataba de fotos póstumas, las que no alcanzaría a ver pegadas en ningún álbum de familia.
Me estaba pues muriendo o más bien "dulcemente extinguiendo", como dirían las enfermeras. Cada día perdía unos gramos más de peso y me fatigaba más someterme a la prueba de la balanza. El jefe de la clínica vino a verme y ordenó, como última medida, que me alimentaran a la fuerza. Me metieron una sonda de caucho por la nariz y a través de la sonda, con un enorme émbolo, me disparaban alimentos molidos al estómago. La sonda tenía que conservarla en forma permanente, su extremo visible pegado en la frente con un esparadrapo. Era algo tan horrible que a los dos días la arranqué y la tiré por los suelos. El jefe de la clínica regresó para sermonearme y como me resistí a que me la volvieran a poner se retiró despechado, diciéndome antes de salir: "Me importa un bledo. Pero de aquí no sale hasta que no aumente de peso. Usted asume toda la responsabilidad".
A ese imbécil no lo volví a ver más, pero a quienes vi fue a unos seres hirsutos, sucios y descamisados que fueron surgiendo detrás de los arbustos que divisaba desde mi cama, a través de los amplios ventanales. Tras esos arbustos estaban edificando un nuevo pabellón y como ya habían levantado el primer piso, los obreros y sus trabajos eran visibles desde mi cuarto. Por su piel cetrina deduje que venían de lugares cálidos y pobres, Andalucía, sur del Portugal, África del Norte. Lo que primero me sorprendió fue la celeridad y la variedad de sus movimientos. Aparecían y desaparecían subiendo ladrillos, bolsas de cemento, cubos con agua, instrumentos de albañilería, en un ir y venir continuo, que no conocía tropiezos ni improvisaciones. Imaginé el esfuerzo que hacían y por una especie de sustitución mental me sentí terriblemente fatigado, al punto que corrí las persianas de la ventana. Pero a mediodía volví a abrirlas y comprobé que esos hombres, que yo suponía doblegados por el cansancio, estaban sentados en círculo sobre el techo, reían, se interpelaban, se comunicaban con amplios gestos. Era la pausa del almuerzo y de portaviandas y bolsas de plástico habían sacado alimentos que engullían con avidez y botellas de vino que bebían al pico. Esos hombres eran aparentemente felices. Y lo eran al menos por una razón: porque ellos encarnaban el mundo de los sanos, mientras que nosotros el mundo de los enfermos. Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, recluido como estaba entre los moribundos, mientras que esos hombres simples e iletrados estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más elementales. Y mi envidia redobló cuando, al término de su yantar, los vi sacar cajetillas, petaqueras, papel de liar y encender sus cigarrillos de sobremesa.

miércoles, 11 de agosto de 2010

ArtSalud X - Hugo Ortuño.




Artificio

Si vienes esta noche
compra flores de bermejos pétalos.
Irán a juego, camuflarán bien
el tenue olor a pólvora de las que te traigo,
flores de fuego te pintaré en el cielo
con este arte y oficio de iluminarte
los ojos, el alma y la sonrisa.

Adelante, adelanta las manos,
álzalas hacia el firmamento,
adéntrate en el fugaz jardín de chispas
y llamaradas, advierte, disfruta
su ritmo, brillo y calor.
Sobre todo, vuelve,
que las mías te aguardan
con olor a polen y salitre.

2-4-2010
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domingo, 8 de agosto de 2010

Una variación de un tema de Saray Pavón: Nones.

Variando un poco lo que decía Saray Pavón:

Pero yo lo sabía:
para sentir el calor hay que arrimar la mano al fuego,
aún a riesgo de quemarte.



Para mi suerte no se puede quemar el fuego. A mi ningún dios me hizo de barro.

sábado, 7 de agosto de 2010

Envite de palabras.

San Andrés Cholula, banco de una plaza a las espaldas de un libertador. En la esquina más cercana había un bar, en su terraza alguien se desgañitaba tratando de cantar. Me costó reconocer "La Bamba" entre sus alaridos. Recordé la expresión "¿quién está estrangulando al gato?". Ciertamente un gato estrangulado cantaría mejor.

Miau, me despisto. El contexto es lo de menos, pero es que lo de aquel señor se merecía unas letras para el recuerdo, lo suyo era un crimen auditivo. Como iba diciendo, estaba yo en una plaza de San Andrés Cholula anotando en mi cuaderno de bolsillo posibles textos tanto para estos días en el Nuevo Mundo como para los días porvenir cuando comencé a sentirme realmente frustrado. En apenas diez minutos había anotado temas para cuatro escritos distintos, y a pesar de lo reducido del tamaño de mi libreta, había empezado a redactarlos, cambiando de un tema a otro a medida que iban surgiendo. ¿Por qué tenía que suceder esto a nueve mil kilómetros de mi escritorio? Por lo general escribo poco, o más bien no lo suficiente, y ahora que estaba allá, bien bien lejos y sin libros, cuadernos ni conexiones a Internet todas las palabras brotaban con fuerza inusitada. Como suele decirse en mi tierra, ¡a buenas horas, mangas verdes!

Nunca he creído realmente en la inspiración. Siempre he pensado que el desarrollo de cualquier tipo de arte se basa en el afán, la experiencia y la voluntad. No creo en esa imagen de Atenea nacida ya perfectamente armada y pertrechada directamente de la mente de Zeus. Pero toda regla tiene su excepción y debía en ese momento plantearme seriamente la duda de la posibilidad de que realmente existiese la inspiración. Después de todo ese envite de palabras que se iba agolpando en mi cuaderno de bolsillo nunca se había dado, no al menos en ese excelso grado de repentino aluvión. Ups, creo que las palabras ya están volviendo cargantes y pedantes, aún queda bastante de ese impulso... ¿cholulesco? Mejor será que corte el grifo antes de que la verborrea desborde este y futuros textos que verán la luz próximamente.

Sigo creando...
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viernes, 6 de agosto de 2010

Solo para fumadores (8).

¿Qué tipo de recompensa obtenía del cigarrillo para haber sucumbido a su imperio y haberme convertido en un siervo rampante de sus caprichos? Se trataba sin duda de un vicio, si entendemos por vicio un acto repetitivo, progresivo y pernicioso que nos produce placer. Pero examinando el asunto de más cerca me daba cuenta de que el placer estaba excluido del fumar. Me refiero a un placer sensorial, ligado a un sentido particular, como el placer de la gula o la lujuria. Quizás en mis primeros años de fumador sentí un agradable sabor o aroma en el tabaco, pero con el tiempo esta sensación se había mellado y podría decir incluso que fumar me era desagradable, pues me dejaba amarga la boca, ardiente la garganta y ácido el estómago. Si placer había, me dije, debía ser mental, como el que se obtiene del alcohol o de drogas como el opio, la cocaína o la morfina. Pero tampoco era el caso, pues el fumar no me producía euforia, ni lucidez, ni estados de éxtasis, ni visiones sobrenaturales, ni me suprimía el dolor o la fatiga. ¿Qué me daba el tabaco entonces, a falta de placeres, sensoriales o espirituales? Quizás placeres más difusos y sutiles, difíciles de localizar, definir y mensurar, ligados a los efectos de la nicotina en nuestro organismo: serenidad, concentración, sociabilidad, adaptación a nuestro medio. Podía decir en consecuencia que fumaba porque necesitaba de la nicotina para sentirme anímicamente bien. Pero si lo que necesitaba era la nicotina contenida en el cigarrillo, ¿por qué diablos no recurría a los puros o al tabaco de pipa que tenía a mano cuando carecía de cigarrillos? Y eso nunca lo hice, ni en mis peores momentos, pues lo que necesitaba era ese fino, largo y cilíndrico objeto cuyo envoltorio de papel contenía hebras de tabaco. Era el objeto en sí el que me subyugaba, el cigarrillo, su forma tanto como su contenido, su manipulación, su inserción en la red de mis gestos, ocupaciones y costumbres cotidianas.
Esta reflexión me llevó a considerar que el cigarrillo, aparte de una droga, era para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación; y como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado por la ejecución de actos precisos y el empleo de objetos de culto irremplazables. Podía así llegar a la conclusión de que fumar era un vicio que me procuraba, a falta de placer sensorial, un sentimiento de calma y de bienestar difuso, fruto de la nicotina que contenía el tabaco y que se manifestaba en mi comportamiento social mediante actos rituales. Todo esto está muy bien, me dije, era coherente y hasta bonito, pero no me satisfacía, pues no explicaba por qué fumaba cuando estaba solo y no tenía nada que pensar, ni nada que decir, ni nada que escribir, ni nada que ocultar, ni nada que aparentar, ni nada que representar. La tiranía del cigarrillo debía tener en consecuencia causas más profundas, probablemente subconscientes. Lejos de mí, sin embargo, el ampararme en Freud, no tanto por él sino por sus exégetas fanáticos y mediocres que veían falos, anos y Edipos por todo sitio. Según algunos de sus divulgadores, la adicción al cigarrillo se explicaba por una regresión infantil en busca del pezón materno o por una sublimación cultural del deseo de succionar un pene. Leyendo estas idioteces comprendí por qué Nabokov -exagerando, sin duda- se refería a Freud como al "charlatán de Viena".
No me quedó más remedio que inventar mi propia teoría. Teoría filosófica y absurda, que menciono aquí por simple curiosidad. Me dije que, según Empédocles, los cuatro elementos primordiales de la naturaleza eran el aire, el agua, la tierra y el fuego. Todos ellos están vinculados al origen de la vida y a la supervivencia de nuestra especie. Con el aire estamos permanentemente en contacto, pues lo respiramos, lo expelemos, lo acondicionamos. Con el agua también, pues la bebemos, nos lavamos con ella, la gozamos en ejercicios natatorios o submarinos. Con la tierra igualmente, pues caminamos sobre ella, la cultivamos, la modelamos con nuestras manos. Pero con el fuego no podemos tener relación directa. El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo del cigarrillo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida. Esta relación, los pueblos primitivos la sacralizaron mediante cultos religiosos diversos, terráqueos o acuáticos y, en lo que respecta al fuego, mediante cultos solares. Se adoró al sol porque encarnaba al fuego y a sus atributos, la luz y el calor. Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar una forma de perpetuar su culto. Una religión, en suma, por banal que parezca. De ahí que renunciar al cigarrillo sea un acto grave y desgarrador, como una abjuración.
El cuchillo del doctor Dupont fue mi espada de Damocles, con la diferencia de que a mí sí me cayó. Eso ocurrió años más tarde, cuando el Marlboro y su estúpido juego de palabras -bar, lar, loma, ralo, rabo, etc.- había sido remplazado por el Dunhill en su lindo estuche burdeos con guardilla dorada. Me encontraba entonces en Cannes siguiendo un nuevo tratamiento para librarme del tabaco, luego de una última estada en el hospital. Dupont había decretado distracción, deportes y reposo, receta que mi mujer, convertida en la más celosa guardiana de mi salud y extirpadora de mi vicio, se encargó de aplicar y controlar escrupulosamente. Ocupaba mis jornadas en jogging matinal, baños de sol y de mar, larga siesta, remo en bote de goma y bicicleta crepuscular. Ello alternado con comidas sanas y actividades espirituales pero de bajo perfil, como hacer solitarios, leer novelas de espionaje y ver folletones de televisión. Este calendario no dejaba ninguna fisura por donde pudiese colar un cigarrillo, tanto más cuanto que mi mujer no me abandonaba ni a sol ni a sombra. Al mes estaba tostado, fornido, saludable y diría hasta hermoso. Pero en el fondo, pero en el fondo, me sentía insatisfecho, desasosegado, por momentos increíblemente triste. De nada me servía percibir mejor la pureza del aire marino, el aroma de las flores y el sabor de las comidas, si era la existencia misma la que se había vuelto para mí insípida.
Un día no pude más. Convencí a mi mujer de que en adelante iría a la playa una hora antes que ella y mi hijo, para aprovechar más los beneficios de esa vida salutífera y recreativa. En el trayecto compré un paquete de Dunhill y como era arriesgado conservarlo conmigo o esconderlo en casa encontré en la playa un rincón apartado, donde hice un hueco, lo guardé, lo cubrí con arena y dejé encima como seña una piedra ovalada. Es así que muy de mañana partía de casa a paso gimnástico, ante la mirada asombrada de mi mujer que me observaba desde el balcón orgullosa de mis disposiciones atléticas, sin sospechar que el objetivo de esa carrera no era mejorar mi forma ni batir ningún récord sino llegar cuanto antes al hueco en la arena. Desenterraba mi paquete y fumaba un par de pitillos, lenta, concentrada y hasta angustiosamente, pues sabía que serían los únicos del día. Esta estratagema, lo reconozco, pudo servir mis gustos y halagar mi ingenio, pero me rebajó ante mi propia consideración, ya que tenía conciencia de estar violando mis promesas y traicionando la confianza de mi mujer. Aparte de que mi plan no estuvo exento de imprevistos, como esa mañana que llegué a mi reducto y no encontré la piedra ovalada. El empleado que se encargaba de rastrillar y limpiar la playa había sido remplazado por otro más diligente, que no dejó un solo pedruzco en la arena. Por más que escarbé por un lado y otro no di con mi cajetilla. Decidí entonces comprar cinco paquetes y hacer cinco huecos y poner cinco señas y dejar cinco probabilidades abiertas a mi pasión.

jueves, 5 de agosto de 2010

Diario del centinela, capítulo XIX: Henchidas de viento.



Este año no me doy reposo en mi tiempo de reposo. Los días de asueto que tengo asignados los destino a otro cometido más importante que mis labores de centinela, mi formación como oficial o esta agradable manía de manuscribir mis vivencias.

Me he embarcado en una misión a ultramar, a proveer de armas y suministros a los nuestros de allende los mares. La misión es lo de menos, una mira excusa para mis alocadas intenciones. El objetivo real es llevar a mi cuerpo y mi mente allá donde, desde hace meses, residen mi corazón y mi alma, al lado de la destinataria de mis misivas.

En la última de ellas ya le avisé de mi próxima partida. Tal vez haya una carta de vuelta en otro barco en dirección contraria a la que sigo, lo ignoro por completo y no oculto la incertidumbre que la duda me provoca. ¿Qué encontraré al llegar allá? Del Nuevo Mundo solo tengo vagas referencias y las palabras de mi amada. Dicen que es una tierra fascinante, repleta de peligros y aventuras, pero solo hay una aventura en la que deseo adentrarme con todas las fuerzas que mi espíritu me permita.

El viento sopla feroz y atrevido, hincha las velas de esta nave, hincha las alas que siento tener a pesar de que no las tenga físicamente. Los marineros trabajan a destajo, el capitán me avisa que a este ritmo arribaremos antes de lo previsto.

Sonrío al horizonte. Pronto, muy pronto, estaré donde quiero estar. Todo lo demás es ahora superfluo, espuma de mar tan solo.
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miércoles, 4 de agosto de 2010

ArtSalud IX - Sarah Elisabeth Lopez - Manuel Márquez Rodríguez


Del poemario de Manuel Márquez
“El Zurrón del sibarita”



DEPENDENCIA

Sus manos las mías.
Su pelo mi pelo.
Mi respirar su aliento,
su dolor, mi pena.
Sus ojos…
Su cuerpo, mi cuerpo.
!Qué difícil,
mi yo sin ti!

lunes, 2 de agosto de 2010

domingo, 1 de agosto de 2010

Y los engranajes seguirán rotando.


A estas alturas del día yo debo estar sobrevolando el Atlántico rumbo al Nuevo Mundo. Estaré fuera durante tres semanas. He dejado entradas programadas para este tiempo de ausencia, como las de ArtSalud y las  restantes caladas de Solo para fumadores. Cualquier cuestión la contestaré a mi vuelta a partir del día 23 (regreso el 22 pero estaré afectado por el jet lag). Pasad un buen agosto.