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domingo, 14 de octubre de 2012

Bendita utopía.

Dice el Duo Kie:

Nerviozzo: Lo sé, vale, tío, si, es una utopía y toda esa mierda, vale, pero imagínate un mundo perfecto en el que cada persona sobre la faz de la Tierra tuviera una bala. Tiene el poder de decisión de matar a quien quisiera legalmente, ¿vale? Cuando gastas tu bala no puedes matar a nadie más. Esto implicaría una serie de cambios drásticos, no habría guerras, por ejemplo, porque tendría que haber soldados que no podrían matar a más de uno, sería una guerra estúpida. Los políticos tendrían que tener infinitamente más cuidado, tío, cuando salieran a dar un mitin porque se están jugando que cualquiera pueda salir y decir "voy a gastar mi bala contigo", se cortarían mucho en vez de mentir, tío. Sería como las abejas, tío, que si te pican tienen que decidir y tener muy claro que te van a picar porque no van a poder volver a hacerlo.
Locus: Eso es un mundo perfecto.
N: Mmm, casi.
L: No me convence.
N: ¿Por?
L: Me faltarían balas.
N: Ja, tanto gilipollas...
L&N: ¡y tan pocas balas! Je, je.



El corto completo, Bendita Masacre, de Jota Aronak, lo podéis ver en Youtube.

martes, 9 de octubre de 2012

Tan cerca...

Tan cerca del Tao
Él era de los que se creían uno con el Tao
estando en realidad tan cerca de él
como lo está un político estandar
de la humildad.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Más Platón y menos Prozac

Mientras me dedico a leer lentamente lo último de Lou Marinoff, El poder del Tao, me he acordado tras un par de collejas que le suelta a Platón en el capítulo 3, que él tenía un libro titulado Más Platón y menos Prozac. Curioso usar a Platón como buen ejemplo en un libro y arrearle en otro posterior. También recordé un análisis del libro escrito por Javier Malonda allá por el 2005 y que me hizo carcajear de lo lindo. Os lo dejo aquí, directamente extraído (copy-paste) de su propio blog, http://www.elsentidodelavida.net/:



Más Platón y menos Prozac

Enviado por GonzoTBA en Dom, 03/07/2005 - 11:40
La filosofía es una afición que existe desde hace mucho tiempo. No me extrañaría que el de filósofo fuera el segundo oficio más antiguo del mundo.

Pasé mi adolescencia entre juegos de ordenador, películas de tiros, bicicletas en verano y tetas y culos impresos. Aquello era la felicidad por definición. Luego empecé la carrera.

Por algún motivo, en aquel momento caí en una profunda crisis existencialista. Probablemente coincidió con el primer examen para el que estudié y en el que me pulieron igualmente. La viva imagen de la impotencia. En algún momento me pregunté lo que todo el mundo se pregunta alguna vez: “¿Por qué yo?”. Pero a mí me pegó muy mal.

Pasé mucho tiempo intentando resolver esa pregunta y otras. ¿Por qué a mí?, ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿hay gasolineras por el camino? Al final concluí que todo se reducía a una única pregunta: Si estás en lo más profundo del bosque y se te cae el jabón, ¿te puedes agachar a recogerlo?

Hace poco, en mi último regreso a casa, mi padré me pasó un libro: “Más Platón y menos Prozac”. Se supone que es un libro de Filosofía aplicada. El título viene de la cantidad de trastornos y síndromes nuevos que se identifican cada año en los Estados Unidos, y por ende, en el mundo. La cosa funciona más o menos así:

Antes, si en el colegio un niño más grande te daba de hostias, tú te ibas a casa y te jodías. Al día siguiente volvías a ir al colegio y el mismo hijo de puta te volvía a trabajar el estómago. Así pasaban los días, hasta que tú dejabas el colegio o dios te hacía caso y al crío ese lo atropellaba un camión. Desgraciadamente, lo normal era que tú terminaras la educación básica, dejaras el colegio, y el cabrón que te alegraba los recreos se quedaba repitiendo un curso detrás de otro y de paso cepillándose a la tía más buena del patio. Gracias dios, muchas gracias.

En el siglo XXI, si en el colegio un niño más grande te da de hostias, vuelves a casa y caes en una profunda depresión. Dicen que, así a ojo, hay un huevo de niños deprimidos. Nos ha jodido, claro que hay niños deprimidos. Vas al colegio y te dan de hostias, y por el camino te salen pelos en los huevos y te cambia la voz. Cuando te descuidas resulta que eyaculas, y tienes unos calentones filosóficos que no sabes de dónde vienen ni adónde van. Para colmo las tías ni te miran porque sólo están interesadas por el cabronazo que te parte la cara todos los días, que además a ellas no les hace ni caso o bien les mete mano y al día siguiente se va a la disco con Fulanita. Las niñas también están deprimidas; la adolescencia es una putada. Luego la vida va a peor.

En las últimas décadas, ese niño ya no sólo tiene depresión, sino que sufre el “trastorno del niño que recibe una somanta de hostias diaria”. El recién bautizado síndrome del niño-puching. Si tus padres van al terapeuta y le dicen que no creen que tengas un “trastorno del niño que recibe una somanta de hostias diaria”, el terapeuta les dice que tienen un “trastorno de negación de un trastorno del niño que recibe una somanta de hostias diara”. El psiquiatra os receta a todos tres cucharadas de Prozac al día y hala, a tomar por culo. El niño seguirá recibiendo hostias, pero estará encantado de la vida.

Lo que viene a decir el libro es que ahora todo se soluciona con antidepresivos; que resulta mucho más fácil, cómodo y aséptico tratar los síntomas que afrontar el problema. En estos tiempos que corren todos queremos una solución rápida, un atajo de teclado, y la industria farmacéutica está encantada con el asunto. Unta a los psiquiatras y éstos te ponen una pastilla bajo la lengua por la mañana y un supositorio en el trasero por la noche. Un negocio redondo. Sólo hay una pega: los problemas siguen sin solucionarse, y además se acumulan.

Si te partes una pierna en dos pero no lo sabes, una aspirina te aliviará de alguna manera los síntomas. Lo ideal será un chute de morfina, y lógicamente estarás encantado de que el médico te lo endose, que la verdad es que es una putada tener una pierna rota. El problema es que vas a seguir teniendo un hueso roto, y estar tomando aspirinas el resto de tu existencia no va a resolver nada; como mucho le resolverá la vida al farmacéutico de tu barrio. Lo que deberías de verdad hacer es ir a que alguien te haga daño poniéndote la pierna en el sitio. El primer problema es que, en la vida, la mayor parte de veces ni siquiera sabes que te has roto la pierna. El segundo problema es que preferimos tomar aspirinas.

—Usted tiene la pierna rota.

—No joda ¿Está seguro? Métame otro chute y lo discutimos mañana…

Siempre me había considerado un pequeño filósofo. Me parecía un poco pretencioso, porque eso de filósofo suena muy serio y yo no doy para mucho. Además pensaba que quien más y quien menos se planteaba todos los días las típicas preguntas de la filosofía clásica. Que si qué cojones hago aquí, que si adónde vamos, que si qué pasa después de palmarla, y así todo. Pero resulta que no, que no todo el mundo está preocupado por semejantes preguntas. Lo que realmente llena cabezas es algo más del tipo ¿Me llegará la pasta para pagar la hipoteca a fin de mes?, ¿Me compro el coche en rojo o en negro?, ¿Se me ven bastante las tetas con esta camiseta? Todavía lucho contra la idea de que este segundo grupo de preguntas ocupe la mente de la mayor parte de la humanidad que tiene el pan asegurado, pero temo que sea una lucha perdida de antemano. Y el caso es que son felices, los cabrones.

Freud decía que “Existen dos maneras de ser feliz en esta vida: una es hacerse el idiota y la otra serlo”. Empiezo a considerar la primera opción, pero me gustaría creer que existe una tercera manera de ser feliz en la vida.

Como digo, por lo visto uno puede ser un filósofo sin ningún tipo de complejos. Se conoce que al pensar por uno mismo se le llama filosofar. Que sí, que sí; un momento que lo busco en el libro:

”(…) la filosofía también es algo personal: usted también es filósofo. Tome cuanto pueda aprender de otras fuentes, pero si lo que quiere es encontrar una forma de ver el mundo que le dé resultado, tendrá que tomarse la molestia de pensar por su cuenta. La buena noticia es que, con el debido incentivo, usted es perfectamente capaz de pensar por sí mismo.”

Cojonudo, vaya chollo. Ahora que ya sabemos que nosotros también podemos ser filósofos, vamos a ver qué es eso de la filosofía aplicada y en qué nos puede ayudar.

A pesar de que las cosas sólo son de una manera, cada uno tiene una interpretación diferente para el mismo suceso. Si a mi jefe de MiniPerryAG le crece un cardo en el sobaco, para él puede ser una tremenda putada, pero para mí sería un soberbio motivo de jolgorio. El cardo sale únicamente en un sitio, es un suceso que no tiene discusión, pero el impacto en nuestras vidas es radicalmente distinto. Es como cuando la palmó la Lola Flores, que para el mundo de la farándula fue una conmoción y para mí, pues… como que no.

Esto es debido a que todo el mundo tiene un punto de referencia en su vida. Digamos que un eje de coordenadas cartesianos o algo así, una serie de cosas que permanecen más o menos inmutables en el tiempo y a las que podemos volver cuando la tarima se bambolea y nos mareamos. Estas referencias se van formando con el tiempo, y de vez en cuando se meten un meneo o, directamente, se van a tomar por culo. Depende de lo que pase y de lo que ello signifique para nosotros y nuestras vidas.

Example.

Supongamos que creo que soy un dechado de talento literario; que a mi lado, los cuentos de Fuckowski se quedan a la altura de papel del culo, que diría Don Pastrami. Como tengo semejante don, me monto un blog de esos y me meto de lleno en la blogoesfera esa, codeándome con lo más granado y selecto. Cada vez tengo más y más lectores, y llega un punto en el que se me sube el pavo de tal manera que mis amigos ni me hablan (o no les hablo yo, que ya no me mezclo con gentuza). Veo un concurso de blogs en el 20 minutos y me apunto. Me lo tengo que llevar de calle, porque yo lo valgo. Esto va a ser un cake walk, que dicen los amis. “La hostia, cómo hablo inglés —me congratulo.— Voy a tener que pensar en escribir el blog este en la lengua de Chéspir a modo de reto, que esto del manco de Lepanto está ya superado”.

Toda este chiringuito está muy bien mientras te lo creas, es decir, mientras no pase nada que te vuelque la nave. Pero un día sucede lo inesperado, una hecatombe.

Resulta que no ganas el concurso, que se lo lleva el Nepomuk, o el Kirai, o la MISS Intelijente. Tu mundo se da la vuelta y el barco se va al fondo con el resto. Lo que antes era el suelo ahora es el techo. Necesitas unas vacaciones.

Los amis lo llaman reality check, y eso es más o menos lo que es. El sonido se apaga y hay un fundido a negro. Luego sale una voz que dice “Esto antes era así y así, y ahora ya no. Tu vida como la conocías ya no existe. ¿Qué hacemos?”. Entonces es cuando entra la filosofía aplicada.

Lo de perder el concurso de blogs no es condición necesaria para sufrir un reality check, sino que depende de la persona y de su sistema de referencia. Puedes tener que huir de tu país por tus ideas políticas, o se pueden morir tus padres en un accidente de tráfico, o te puedes quedar parapléjico montando en bici. Si eres lo bastante inestable filosóficamente hablando, entonces te bastará con perder un concurso de blogs, y entonces sabrás que tienes mucho trabajo que hacer contigo mismo.

El tío del libro cuenta que se lleva 2.500 años dándole vueltas a todos los asuntos posibles, y que cuando te tienes que replantear algo siempre hay ya alguien que lo ha hecho antes. Si no ha sido Platón ha sido Buda, o si no Kierkegaard o Leibniz, así que no hace falta que empieces otra vez a pensar desde el principio.

Ha sido interesante dar un repaso a la filosofía desde que empezó. El payo del libro tiene razón: ya hay un tío que había desarrollado antes que yo mi teoría sobre que el ser humano es intrínsecamente egoísta; un tal Thomas Hobbes. Él no lo llama egoísmo sino amor propio, pero sigue siendo lo mismo. Cito textualmente:

“Las personas obran por interés propio. Incluso cuando servimos a los demás, solemos hacerlo porque nos reporta beneficios o porque no hacerlo iría en nuestro propio detrimento. Aunque las personas sacrifiquen su vida por el prójimo en tiempos de guerra y otras circunstancias extremas, no puede decirse que ésta sea la norma. Habitualmente, por no decir ante todo, el altruismo satisface una necesidad propia.”

Amén, amigo Hobbes. A ver si el Chano le hace a usted caso, que a mí me sigue llamando cerdo egoísta cada vez que le expongo mis teorías sobre las relaciones humanas y eso que usted llama amor propio.

En fin, no seré yo quién os explique El Sentido de la Vida, que yo ya tengo lo mío reconciliando mi mundo con lo que parece ser que es el mundo real. En cualquier caso recomiendo el libro, pues aunque tiene pasajes más densos (lo que se suele llamar aburrido), nos recuerda que la filosofía debería ser una asignatura obligada en la vida. Y al alcance de todo el mundo: 513 páginas por 7.90. Eso sí que es filosofía barata.

Si todavía no lo has hecho, nunca es tarde: Piensa; cambiará tu vida.

martes, 6 de septiembre de 2011

Ética humanista

Símbolo del humanismo

Dándome una de tantas vueltas por las redes topo por casualidad con el Humanismo secular, casualmente la raíz de mis propios estudios universitarios (y yo sin saberlo). Entre su último manifiesto, el Manifiesto Humanista 2000 (también curiosamente la fecha en la que comencé mis estudios humanísticos), hay una parte dedicada a la Ética Humanista. Os dejo los nueve puntos que la componen:

1. La dignidad y autonomía del individuo es el valor central. La ética humanista se compromete a maximizar la libertad de elección, libertad de pensamiento y conciencia, el libre pensamiento y la libre investigación, y el derecho de los individuos a seguir sus propios estilos de vida hasta donde sean capaces y hasta tanto que ello no dañe o perjudique a otros. Esto es especialmente relevante en las sociedades democráticas en donde pueden coexistir una multiplicidad de sistemas alternativos de valores. Por consiguiente los humanistas aprecian la diversidad.
2. La defensa humanista de la autodeterminación no significa que los humanistas acepten como valiosas cualquier clase de conducta por el mero hecho de ser humana. Ni la tolerancia de los distintos estilos de vida implica necesariamente su aprobación. Los humanistas insisten que acompañando al compromiso con una sociedad libre está siempre la necesidad de alcanzar un nivel cualitativo de gusto y distinción. Los humanistas creen que la libertad debe ser ejercitada con responsabilidad. Reconocemos que todos los individuos viven en el seno de comunidades y que algunas acciones son destructivas y están equivocadas.
3. Los filósofos éticos humanistas han defendido una ética de la excelencia (desde Aristóteles y Kant hasta John Stuart Mill, John Dewey, y M.N. Roy). En ellos se hacen patentes la templanza, la moderación, la continencia, el autocontrol. Entre los tópicos de la excelencia se encuentran la capacidad de elegir libremente, la creatividad, el gusto estético, la prudencia en las motivaciones, la racionalidad y una cierta obligación de llevar a su máximo cumplimiento los más altos talentos de cada cual. El humanismo intenta sacar a flote lo mejor de la gente, de manera que todo el mundo pueda tener lo mejor en la vida.
4. El humanismo reconoce nuestras responsabilidades y deudas con los otros. Esto significa que no debemos tratar a los demás seres humanos como meros objetos para nuestra propia satisfacción; debemos considerarlos como personas dignas de igual consideración que nosotros mismos. Los humanistas sostienen que «todos y cada uno de los individuos deberían ser tratados humanamente». Aceptan la Regla de Oro según la cual «no debes tratar a los demás como no quieras que te traten a ti». También aceptan por la misma razón el antiguo mandato de que deberíamos «recibir a los extranjeros dentro de nuestras posibilidades», respetando sus diferencias con nosotros. Dada la multiplicidad actual de credos, todos somos extranjeros —aunque podamos ser amigos— en una comunidad más amplia.
5. Los humanistas creen que las virtudes de la empatía (o buena disposición) y la corrección (o el trato cuidadoso) son esenciales para la conducta ética. Esto implica que deberíamos desarrollar un interés altruista hacia las necesidades e intereses de los demás. Las piedras fundamentales de la conducta moral son las «decencias morales comunes»; es decir, las virtudes morales generales que son ampliamente compartidas por los miembros de la especie humana pertenecientes a las más diversas culturas y religiones: Debemos decir la verdad, cumplir las promesas, ser honestos, sinceros, hacer el bien, ser fiables y confiar, dar muestras de fidelidad, aprecio y gratitud; ser bien pensados, justos y tolerantes; debemos negociar las diferencias razonablemente e intentar ser cooperativos; no debemos herir o injuriar, ni tampoco hacer daño o atemorizar a otras personas. Pese a que los humanistas han hecho llamamientos contra los códigos puritanos represivos, con el mismo énfasis han defendido la responsabilidad moral.
6. En lo más alto de la agenda humanista figura la necesidad de proporcionar educación moral a los niños y a los jóvenes, al objeto de desarrollar el carácter y fomentar el aprecio por las decencias morales universales, así como para garantizar el progreso moral y la capacidad de razonamiento moral.
7. Los humanistas recomiendan que usemos la razón para fundamentar nuestros juicios éticos. El punto decisivo es que el conocimiento es esencial para formular elecciones éticas. En particular, necesitamos comprometernos en un proceso de deliberación, si estamos por la tarea de solucionar los dilemas morales. Los principios y valores humanos pueden justificarse mejor a la luz de la investigación reflexiva. Cuando existan diferencias, es preciso negociarlas siempre que podamos mediante un diálogo racional.
8. Los humanistas mantienen que deberíamos estar preparados para modificar los principios y los valores éticos a la luz de las realidades que vayan produciéndose y de las expectativas futuras. Necesitamos ciertamente apropiarnos de la mejor sabiduría moral del pasado, pero también desarrollar nuevas soluciones para los dilemas morales, sean viejos o nuevos. Por ejemplo, el debate sobre la eutanasia voluntaria se ha intensificado de manera especial en las sociedades opulentas, porque la tecnología médica nos capacita ahora para prolongar la vida de pacientes terminales que anteriormente habrían muerto. Los humanistas han argumentado a favor del «morir con dignidad» y del derecho de los adultos competentes para rechazar el tratamiento médico, reduciendo así el sufrimiento innecesario, e incluso para acelerar la muerte. También han reconocido la importancia del movimiento hospitalario para facilitar el proceso más deseable. De la misma manera, deberíamos estar preparados para elegir racionalmente entre los nuevos poderes reproductivos que la investigación científica ha hecho posibles —tales como la fertilización in vitro, la maternidad de alquiler, laingeniería genética, el transplante de órganos y la clonación. No podemos estar mirando atrás, hacia las morales absolutas del pasado para guiarnos en estas cuestiones. Necesitamos respetar la autonomía de la elección.
9. Los humanistas arguyen que deberíamos respetar una ética de principios. Esto significa que el fin no justifica los medios; por el contrario, nuestros fines están modelados por nuestros medios, y hay límites acerca de lo que nos está permitido hacer. Esto es especialmente importante hoy a la luz de las tiranías dictatoriales del siglo XX, en las que determinadas ideologías políticas manipularon comprometidos medios morales con fervor casi religioso para realizar fines visionarios. Somos agudamente conscientes de trágico sufrimiento infligido a millones de personas por quienes estuvieron dispuestos a permitir un gran mal en la prosecución de un supuesto bien mucho mayor. 


Como tercera curiosidad, en la lista de firmantes del Manifiesto Humanista 2000 (al final del documento) consta el ya difunto Sir Arthur C. Clarke, uno de mis novelistas favoritos.