martes, 1 de diciembre de 2009

Diario del centinela, capítulo XI: ¡Asesino!

Mientras mi mundo interno continua en perpetuo terremoto, sacudiéndose en incesantes estertores (ignoro si de inminente muerte o sublime renacimiento), el estado anímico de los habitantes de esta urbe que protejo se derrumba, así como su confianza hacia nosotros, sus defensores.

Una serie de misteriosas muertes dentro de las murallas tiene atemorizada a la ciudad. Primero fueron los hijos de Julio García, gemelos, ambos la misma noche y en el mismo callejón fueron encontrados sus cuerpos. Culparon a Fernando Vázquez, quien mantenía arduos pleitos con Julio y fueron a por él, mas solo cadáveres encontraron en su casa, incluido el suyo, degollado. No hay familia noble o hidalga que no lamente la muerte de algún familiar o amigo, y aún mercáderes y juglares han amanecido defenestrados. Es una matanza, una carnicería sin sentido aparente en la que ya han caído incluso algunos de mis compañeros en las rondas nocturnas tras el toque de queda decretado.

Yo me mantengo en mi puesto, devolviendo recoloso las miradas de odio y desprecio que mis paisanos me dedican. Antes todo era sonrisas y algún guiño al pasar a mi lado, ahora ceños fruncidos y furtivas heladas miradas. Ingratos, tantos años protegiéndolos de amenazas exteriores y de ellos mismos para que ahora nos lo paguen así. Sin embargo no les guardo rencor ni lo haré cuando todo esto pase. Nuestro deber es protegerles y no lo estamos conseguiendo, la situación nos desborda. Solo nuestros superiores nos dan ánimos... cuando no nos están gritando. Ignoro los gritos y me limito a cumplir ordenes, desconfiar de todos y vigilar. Hay que encontrar a ese asesino y hacerle pagar sus crímenes. Analizo cada minúsculo gesto, me lanzo a toda mirada, incluso a las femeninas, ya que ellas pueden ser tan cruentas y despiadadas como nosotros. Mas no hallo atisbo, indicio ninguno de quien pueda ser el asesino, la asesina o ambos ángeles de la muerte que nos aterrorizan.

Han llegado cazarrecompensas a la ciudad en su búsqueda. Ellos se encargarán de resolver tan sanguinolenta cuestión, aunque en el fondo, a pesar de mis pésimas habilidades en el frente a frente, me gustaría ser yo quien solventase la situación. Soy un centinela. Es mi deber.


Asesina

Atraviésame de nuevo con tu daga,
inténtalo cuantas veces te plazca,
aún con tu aguijón clavado en mi pecho
no acabarás conmigo,
eres insuficiente incluso para un rasguño.
Delirante la sorpresa en tu rostro.
Es fútil, en vano tu afán.
Mi corazón es mi escudo.
Demasiado grande para ti,
insignificante arañita...

1-12-2009
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