jueves, 13 de agosto de 2009

Fragmento de un viaje.

Que alegría de viaje, que bien empezaba. Aquel tren no era lo que había sido cinco años atrás, era el súmmum, o la puta hostia para los que no sepan latín. De hecho, juraría que no era el mismo tren, una remodelación de ese calibre habría sido más cara que un tren nuevo, o como se dice en mi tierra, habría salido más caro el collar que el perro.

Regresaba a mi vagón desde la cafetería, donde mi cartera negra era ahora roja de la puñalada que me habían dado, aunque yo había aceptado ese precio, así que podría decirse que más que regresar de la cafetería venía de hacerme el harakiri. Serpenteé de un lado para otro mientras cruzaba siete vagones de coches cama (no es que hubiera bebido nada, es que cada vagón se cruza por un lado distinto), alucinando por su aspecto y su olor a nuevo y a limpio. Me paré en un servicio a mitad de camino y observé fascinado sus dimensiones, tales que podrían dormir dos personas en su suelo, sacos de dormir incluidos. Llegué finalmente a mi vagón, el 17, abrí la puerta y el olor a humanidad me sacudió en pleno rostrum, más especificamente en la pituitaria amarilla, ya sabes entrando por las fosas nasales, pues todo recto hacia arriba. Solo había seis personas, ni una cuarta parte del vagón, pero tenía que ser precisamente el mío el que oliera a leonera, aunque a los dos segundos dejé de darle importancia, mi olfato tiene gran capacidad de adaptación. Me llamaba más la atención que estuvieran las luces apagadas (salvo las de emergencia) y el aire acondicionado, aunque de eso último no me di cuenta hasta que se volvió a encender todo minutos después. Me gustaba el ambiente en penumbra y el acogedor silencio, y pensaba que sería un gustazo escribir luego inmerso en una atmósfera semejante.

Mientras regresaba la luz me fijé en el letrero de la puerta "butaca gran confort". Al igual que hace cinco años, había decidido viajar de la más económica (e incómoda) manera posible, once horas de trayecto en una butaca, atravesando el país y la noche, pero esta vez era muy distinto. Mientras la antigua "butaca gran confort" era un trasto de hierro de los años setenta (o esa edad le echaba yo) incapaz de reclinarse más de dos centímetros, esta era un señor butacón con multitud de botones para ajustar la inclinación del asiento y del reposapies. Seguía sin poderse viajar en horizontal, pero poco le faltaba y menos aún necesitaba yo para poder dormir. Comparado con entonces era como pasar de viajar en tercera a la zona VIP. También tenía un par de enchufes y la consabida toma de auriculares. Conecté los que venían de regalo y revisé las cadenas. Seis emisoras y ninguna con heavy metal, ¡que cutre! Menos mal que la de música clásica dio paso al jazz y una dulce, femenina voz de ángel me endulzó los oídos. Al rato volvió la clásica y conecté los auriculares a mi móvil, a disfrutar las golosinas musicales que suelo llevar conmigo.

Apareció un empleado para avisarnos que estaríamos parados cuatro horas en Ciudad Real, llegaríamos media hora tarde a Barcelona y apagarían las luces en breve. Le agradecí los avisos y saqué el libro "Introducción al estudio de la Historia" de Josep Fontana. Lo tenía empezado y quería terminarlo en aquel viaje, aunque lo veía difícil, pues últimamente prefería malgastar o invertir mi tiempo (el tiempo mismo decidirá la palabra adecudada) en la escritura más que en la lectura.

Las luces se apagaron al poco de terminar el capítulo sobre relaciones sociales que Fontana había perfectamente rematado con un "o nos salvamos juntos o nos perdemos todos". Me quedé bastante pensativo y en penumbras. Encendí la luz mural de mi asiento, saqué el cuaderno y empecé a escribir, aprovechando que por tercera vez estábamos parados. Estas líneas las manuscribí a 194 kilómetros por hora y he de agradecer que el cuaderno tuviera cuadrícula, pues no quiero no imaginar lo torcidas que podrían haber salido.

Es curioso el momento en el que narras lo que está pasando en ese momento. Hasta ahora he escrito lo que me ha acontecido en la última hora y media, pero he llegado en mi escritura al presente, y ello me obliga a realizar alguna acción aparte de la de escribir para proseguir con la narración, a divagar estúpidamente como estoy haciendo ahora o a inventarme unos hechos, como decir que está pasando un elefante rosa por el pasillo, pero esto último sería demasiado verosimil. Mejor hago algo  o cierro la narración.

Me incorporo y miro a mi alrededor. Falta gente. A pesar de la concentración puesta en la escritura he notado cierto trasiego de personal, a los que supongo en el matad... vagón cafetería. Los presentes duermen todos sin excepción. El de la última fila duerme con la luz encendida, como un niño. Creo que me uniré a ellos, guardaré los trastos, me pondré los tapones de dormir marca acm... renfe, apagaré la luz, inclinaré al máximo mi "butaca gran confort" y cerraré los ojos. Al abrirlos será de día y Barcelona.

Bona nit...
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1 comentario:

Silvia Ruiz dijo...

Aún conservo el llavero que me trajiste de Barcelona con mi nombre grabado... lo recuerdas?