domingo, 30 de agosto de 2009

Diario del centinela, capítulo VIII: De nuevo en el infierno.


Está visto que no hay manera de librarme, que soy un pupas de mucho cuidado. En este caso, una vez librado de mi propio infierno y rehabilitado en mi puesto en la Puerta Este me dieron unos días de asueto. Había llegado un tiempo de calma tras la tempestad y vieron apropiado que los que más nos habíamos esforzado respirásemos tranquilos. Me marché a una ciudad a varios días de camino de la mía, me dio por perderme durante unos días por sus callejas, ver caras nuevas, subir a sus castillos y revisar sus defensas (deformación profesional). Ojalá me hubiese quedado allí...

Al regresar me topé con un infierno personal, o más bien familiar, que ya me intuía, pero que esperaba que no se hiciera realidad. A mi padre le cerraban la taberna, por decreto, por no decir por cojones, por simple deseo de algún estúpido gobernante que ha decidido expropiar una parcela entera, expulsar a los que viven y/o trabajan allí, destruir los edificios y construirse un palacio. Por suerte mi padre no vive allí, aún tiene una casa en la que seguir viviendo. Aunque el cierre de un negocio no es un problema tan grave como para llamarlo infierno, pero tampoco citaré los detalles en toda su extensión por no hacerle más daño a mi padre del que ya ha pasado y sigue pasando. Diré tan solo que mi padre está en su casa, sintiéndose la persona más inútil del mundo, sin recursos para abrir un nuevo negocio y creyéndose demasiado mayor como para que le contrate alguien, aunque yo pienso lo contrario. El caso es que aquella taberna era su vida, y aunque todos simplemente piensan que se le han arrebatado de las manos, yo veo que se le han arrebatado del corazón, le han arrancado el corazón sin la más mínima compasión.

Estoy en un infierno ajeno (que es infinitamente peor que estar en uno propio), ocupándome de ciertos asuntos, hablando con mi capitán que en algo puede ayudarme, sobre todo con consejos estupendos, y proporcionando parte de mi paga de soldado hasta que se vea que se puede hacer con mi familia y su destino. Mañana me reincorporo a mi puesto, esperando estar lo suficientemente concentrado para ello. Pasado comienza septiembre, se acerca el final del primer plazo, se acercan tres nueves y la duda de si habrá palabras heridas o tan solo silencio ese día que está tan pronto por llegar.

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Hoy no hay poema en esta entrada de Diario del centinela, no estoy por la labor ni de humor, no tengo ningún verso del que ir tirando e improvisar algo. Si haré una pequeña nota que se sale del contexto medieval de este diario. Mi ciudad, Sevilla, está muriendo por culpa de un puñado de políticos, socios minoritarios de gobierno en el ayuntamiento (no voy a decir que partido pues ya he dado las pistas suficientes) que está destrozando la ciudad a base de obras que repercuten como beneficios en sus empresas. El 30% de los negocios en las zonas en obras han cerrado, aumentando las cifras del paro que ya superan los cuatro millones en España. Cuando las obras terminen los que estén trabajando en las obras se unirán en el INEM a las familias que se han quedado en sin trabajo por culpa de la falta de escrupulos de un puñado de desalmados. Es triste ver como una ciudad muere, es algo que nunca habría imaginado que me tocaría presenciar. Cada vez menos coches, menos tiendas abiertas, menos gente paseando por sus calles, y los mismos cuatro ciclistas invadiendo las aceras y molestando a los peatones. Lo único que se puede hacer es emigrar o esperar a que haya un cambio de gobierno y entre alguien con las pelotas o los ovarios suficientes como para dejarlo todo como estaba. Eso ya no solucionará nada en el caso de las familias que nos hemos visto afectadas, pero no me gustaría tener que entonar un réquiem por esta ciudad. No me hago muchas esperanzas. Tenemos los gobernantes que nos merecemos, y las próximas elecciones los de siempre volverán a votar a los de siempre, aunque en el fondo espero equivocarme. A nadie le gusta equivocarse pero, al igual que en otras muchas cosas, yo soy la excepción que confirma la regla.
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