domingo, 5 de julio de 2009

Diario del centinela, capítulo VI: Noche cerrada en la atalaya.


Este mes he tenido una nueva asignación, por suerte, temporal. Hay movimiento en el norte, malas noticias, y han ordenado hacer levas, así que todo sargento o teniente capaz de dar una instrucción militar medianamente decente a los nuevos reclutas ha sido movilizado para esa tarea, lo cual signfica ser apartado de sus obligaciones habituales. En principio me querían movilizar a mi también para instruir a dos nuevas secciones de arqueros, pero tuve la suerte (o la desgracia) de poder negarme. Sin embargo si hubo otra asignación que acepté sin vacilaciones, vigilancia nocturna en una atalaya.

Las atalayas, torres de vigilancia camufladas entre paredes de roca o entre árboles, sirven perfectamente su cometido, controlar el paso por lugares muy específicos que debemos tener controlados. Con tanta movilización se han reforzado nuestros puestos de defensa y vigilancia septéntrionales, ¿pero qué pasa con el resto? No se pueden dejar las atalayas sin vigilancia, sería dejar abierto el paso a espías del enemigo y que averiguaran como flanquearnos. Así pues, me he ofrecido para ocuparme de una de ellas.

En cada atalaya suele haber tres centinelas, uno para dormir el turno que le toque, otro para hacer sonar el cuerno en caso de ser atacados y un tercero para vigilar y ser el primero en llevarse un flechazo. En este caso solo estoy yo, en una atalaya de madera tres kilómetros al este de la ciudad, para pasar la noche entera vigilando, pero no en la atalaya, no estoy tan loco como para ponerme a tiro. En la atalaya solo hay un tronco con mi capa y mi casco. Yo me escondo refugiado bajo una capa negra con capucha en tres ramas distintas, cambiando de sitio varias veces durante la noche, cada vez que el sueño se hace demasiado insistente. Desde esos lugares vigilo la senda de tierra que discurre a varias decenas de metros de la atalaya y oteo el bosque iluminado por la luna y las estrellas, en busca de algún nocturno viajero que pretenda evadir mi vigilancia. Durante un par de noches se acercó el capitán Gregorio Taida, para ver si yo solo era capaz de cumplir con las exigencias del puesto. Aprobó mi idea de usar un señuelo en la atalaya en lugar de exponerme personalmente al peligro, y dejó de venir a comprobar si estaba despierto. Algunas noches, cuando pasa por la senda de tierra a todo galope para comprobar otros puestos de vigilancia, se para y se queda mirando a los árboles, hasta que oye los tres golpes secos que propino a la rama a la que estoy subido con mi arco y prosigue su rumbo tranquilo (acto seguido cambio de rama por si alguien más me ha oído).

No lo hago por deber, para variar. No lo hago tampoco por librarme del sargento Marcos (él debe ya estar afónico de tanto gritarle a unos pobres púberes aspirantes a soldados), ni tampoco por librarme de Paulo, aunque he de de reconocer que mis oídos agradecen no tener que estar haciendo guardia con él. No, lo hago por un mal consejo, por un consejo de un amigo. Últimamente estaba demasiado desconcentrado, mareado por mil y un pensamientos, emociones, miedos y tribulaciones. Mi amigo me recomendó que me encerrara en mi mismo, que tuviera mis momentos de soledad, que internamente luchara reflexionando sobre todo aquello que consumía mi interior. Por eso cuando me ofrecieron este puesto en la atalaya lo acepté sin dudar, pensé "estupendo, un buen puñado de noches en la oscuridad y silencio de un bosque para poner en orden todo este caos interno que me atormenta, ni ruidos de la ciudad, ni chachara de Paulo, tan solo la inmensidad de la noche, la luz de la luna y las estrellas y el rumor del viento entre las hojas de los árboles".

Desesperantes han sido estas noches anhelando el alba y mi merecido relevo y descanso. Absurdo el consejo, más peligroso aún que exponerme en la atalaya ha sido adentrarme en la oscuridad de mi alma. Es un arrabal peligroso, por el que no debe adentrarse uno de manera tan temeraria y solitaria. Pero lo hice, estúpidamente lo hice. Me adentré en mi interior, saqué conclusiones a la desesperada, tomé decisiones que me hicieron saltar las lágrimas y tuve que esforzarme por no ponerme a gimotear pues ello habría delatado mi posicion. A la noche siguiente continuaba donde lo había dejado, tanto solo para que otras ideas aún más alocadas, inciertas y agridulces que las de la noche anterior brotaran estrepitosamente. Al final, la última conclusión, la única valida, ¡a la porra con el consejo de mi amigo! De lo único de lo que estaba seguro era que había sido un error hacerle caso y emprender esta introspección y ensimismamiento agudos. Por muchas vueltas que se le de a la pregunta, por mucho que uno la vuelva del derecho al reves y viceversa, por muchas vueltas que se le de a la cuestión, si no tiene la respuesta no hay nada que hacer. Y hay muchas respuestas que han de darme el tiempo y la gente.

El capitán me ha pedido que aguante en mi puesto un par de semanas más. Al final parece que todo se resolverá mediante verborréica diplomacia, hablando. Soy un centinela, un hombre de armas, y curiosamente me alegra no tener que usarlas tampoco esta vez. Volveré a la tranquilidad de mi puesto habitual en la Puerta Este, a seguir intercambiando palabras de tanto con los asiduos comerciantes y los más extravagantes viajeros, y miradas... con las mujeres que se siguen cruzando por delante de mi vida.



Fin de trayecto

Camino, sinuoso,
de tierra aspera y dura,
sublevada contra todo viajero.
En sus millas sufrío su maltrecho trazado,
escuchó las lastímeras peticiones de vagabundos,
observó la desdichada suerte y muerte
de otros errantes, y aprendió
a echarse a un lado, ceder el paso,
a nobles córceles, blancos,
de paso firme y altivo,
filigranas de plata en sus riendas,
y pomposos asnos sobre sus lomos cargando.

Llegó al caer la tarde a la sombra
de los muros de una bella ciudad.
Se adentró en ella, tímidamente,
y séntose en una piedra al borde del mercado
que empezaba a abrir sus puertas.
Decidió descansar un rato,
deleitando su alma en la algarabía naciente,
su oído en la lírica de los juglares
que comenzaban su recitado,
su olfato en las especias que se vendían
un par de puestos más abajo.

Un olor, una voz, una presencia,
desconocidas pero familiares
alzaron su atención y su mirada.
Y allí estaba, los ojos brillando alegres,
la sonrisa amable, el gesto anhelante
e impaciente, sabedor de lo inevitable.
Se levantó y se echó a sus brazos.
Entre lágrimas pensó
"fin de trayecto.
Estoy en casa..."



N. del A.: Si, lo sé, el poema queda un tanto raro, pero como tengo la sensación de que últimamente se cumple todo lo que escribo me ha apetecido escribir algo en el que al final alguien se echa a mis brazos o yo en los de alguien, por si acaso es cierta esta sensación. Me parece una absoluta tontería, pero no se pierde nada por creer.
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