miércoles, 9 de junio de 2010

Diario del centinela, capítulo XVII: Reagrupado.



Mi regreso al cuartel, a la instrucción, ha sido más problemática de lo que pensaba. Combatirse a uno mismo es la guerra más difícil. Asaltado por una idea decidí averiguar si mi pálpito era correcto, y creo que lo es. Nos creemos de una manera, nos creamos de otra. Nos creemos que somos de una u otra determinada manera. En el caso de los de mi oficio nos solemos creer superiores a los que defendemos, y cuando el miedo nos domina, inferiores a los que nos enfrentan. Allá fuera cada uno es de padre y de su madre, hay quien solo pone a Dios por encima suya y quien, aún delatando vida los latidos de su corazón, se pone por debajo de hasta el último gusano del camposanto. Entre esos dos extremos solemos creernos. Mas no es eso lo que solemos ser, no al menos en mi caso.

El caso es que me creía de una manera y me creé de otra. Han sido estos últimos meses los que me han abierto los ojos, gracias a estas líneas cotidianas en las que dejo constancia de mis actos y mis pensamientos y, al releerlas, veo que no soy el que yo creía. Si las hubiera escrito otro dudaría de su veracidad, pero son de mi puño y letra los acontecimientos que se narran. En unos casos me he sobrevalorado enormemente, en otros me he subestimado de muy mala manera y ahí he andado más tiempo del que me imaginaba, errando en una vida desequilibrada...

Regresé al cuartel con una idea simple, tratar de comportarme como un simple novato, desdeñando cualquier conocimiento que se suponía no debía tener, actuar, interpretar, reaprender. Me ha costado lo indecible, el yo imaginario se cruzaba continuamente en mi camino, distrayéndome, mandándome regresar a la torre de vigilancia, pero no. Me imaginaba entonces que era un soldado raso y que mi puesto era ese. Pero no lo era. No estaba allá para subir a la misma torre o a una atalaya perdida de la mano del Divino Redentor, sino para tener mejores vistas. Mi pantonima personal se vió complicada dado que yo pretendía dar un paso para atrás para tomar impulso y a la par mi capitán me empujaba para que siguiera ascendiendo como oficial. No es tonto, no quiere volver a pillarse los dedos. En caso de volver a ausentarse la ley le obliga a dejar al cargo como mínimo a un teniente, cargo que no poseo y al que aspiro más por deber ajeno que por anhelo propio. Si eso es lo que se pide de mi lo haré, aunque preferiría seguir en el peldaño en el que estoy al menos un poco más, al menos hasta sentirme totalmente seguro de que puedo subir al siguiente con paso firme.

Mientras las circunstancias me siguen empujando, mientras soy capaz de resistirme en la medida de lo posible, yo sigo acá, luchando cada día por hacer que el que me imagino que soy y el que soy seamos uno solo.

Poco a poco recuerdo viejas y nuevas lecciones, anécdotas, ideas alocadas, versos... Reuno cada uno de los trozos esparcidos de mi ser. Lentamente me reagrupo, me reforjo, me reavivo... porque vale la pena, porque vencerse a uno mismo es la victoria más bella.



Telebasura

Yo quisiera al hombre acá,
entre estos versos,
discutiendo, criticando,
¡deconstruyéndose a si mismo!,
pero no tras seiscientos veinticinco barrotes
de fútbol, marujeo y teletiendas.

Yo quiero al hombre aquí,
entre estos versos,
luchando por sus sueños...

  19-4-2005
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