lunes, 9 de mayo de 2011

Diario del centinela, capítulo XXVIII: Al contrario.

Siempre que he dicho luz he pensado en Sol, algunas veces en Luna... pero también me da por pensar, ¿y si estoy equivocado? ¿Y si la Luna no tuviese luz como afirman algunos locos, sino que simplemente fuese un trozo de roca más, reflejando la luz del Sol como la reflejan las murallas de esta ciudad? ¿Y si la Luna no fuese más que un trozo de oscuridad entre la oscuridad?

Igualmente me planteo si no lo estoy viendo todo al contrario. Hay quienes siempre vi con malos ojos, personas que siempre parecieron eternos partidarios del pandemonium y la vileza, mas nunca tuve que enfrentarme a ellos, ni nunca alzaron sus manos contra ningún inocente, ni contra ningún culpable, simplemente no alzaban las manos. Miraban con seriedad y desconfianza, eso sí, pero ¿acaso no he mirado yo así también a cada extraño que entraba en la ciudad?

A la par, conocí a los hombres santos en mi juventud. En su ascenso a la santidad no les importaba pisotear a la humanidad. Tardé mucho en darme cuenta, en abrir los ojos y reaccionar apartándome de ellos. Algunos de ellos podrían haber sido grandes personas, pero prefirieron ser minúsculos beatos cuyos nombres no (re)conoce el pueblo.

Y ahora, en esta noche de blanca Luna llena me pregunto... ¿quién es quien? ¿Cual es el juego de cada uno, qué cartas ocultan bajo la manga? He visto amigos convertirse en enemigos y viceversa, pero no es tan simple. También he visto enemigos que se han quedado en enemigos y punto; y amigos que siguen estando ahí, desde el primer día.

...

No veo necesario hacer grandes cambios tras esta serie de pensamientos. Si acaso aguzar los sentidos, ver más allá de las máscaras que nosotros mismos vamos colgando a los demás, descubrir donde sólo hay prejuicios cuando debería haber amistad, así como anticipar el puñal que de vez en cuando nos clavan sonrientes por la espalda, a sabiendas que no siempre descubriremos ni anticiparemos lo uno ni lo otro. La sangre siempre es inevitable. Otra vía, drástica, es desconfiar de todo el mundo. Recuerdo que el sargento Marcos trató de grabarme a fuego esa enseñanza durante la instrucción. Fracasó. ¿Realmente se puede vivir desconfiando de todo y todos, sin ninguna mano de confianza, un amigo, un hermano, un aliado, un compañero? Y de ser así, ¿es realmente conveniente tener como única compañera en vida a la soledad?

Yo no lo creo así. Creo y espero que nunca lo creeré así. Hasta la Luna tiene compañía, poetas que le cantan y centinelas divagando bajo su luz y su oscuridad.

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