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jueves, 31 de diciembre de 2009

Diario del centinela, capítulo XII: Comandante de mi existencia.

Cybran, punta de lanza
Tras la tempestad llega la calma... la insoportable quietud que precede a una nueva tormenta...

El asesino cayó presa de un cazarrecompensas. Hubiera preferido que le hubiésemos abatido nosotros, dado que ese es nuestro deber, en lugar de a manos de otro asesino. Para mi son lo mismo. Se podría argumentar que yo también lo soy, que mato por dinero, cierto, pero la diferencia radica que yo mataría para proteger a los que he jurado lealtad, mientras ellas se venden al mejor postor. Mientras yo puedo cobrar mi sueldo preferiblemnte sin derramar ni una gota de sangre, preservando la vida, ellos no tienen otra que propagar la muerte.

Sangre aparte, ya calmada la ciudad, el capitán Gregorio Taida ha sido invocado a un importante conclave. El sargento Marcos tampoco está en la ciudad. Aunque su manera de instruir soldados me sigue pareciendo excesiva e innecesariamente cruenta, los altos mandos no están de acuerdo con mi opinión (la cual por cierto y suerte desconocen) y han decidido trasladarle de manera indefinida a un gran acuartelamiento al norte, con muchos más reclutas bajo su responsabilidad. Que Dios se apiade de sus almas y de sus espaldas. El caso es que no hay en la ciudad ningún oficial de rango medio o superior, solo rangos bajos, cabos. Ante tal tesitura mi capitán ha optado por dejarme a mi al mando de la defensa de la ciudad, lo cual lo considero tanto un honor como una descabellada y desesperada idea.

Me he instalado en la torre más céntrica de la ciudad, desde la cual tengo a vista de pájaro casi toda ella. No voy a utilizar las estancias de mando del capitán, prefiero que lo encuentre todo tal y como lo dejó, tranquilidad en la urbe incluida. Mis compañeros apoyan este situación temporal, aunque ha generado ciertas envidias que no preveía. No es algo que me preocupe. Encargarme de la defensa de la ciudad será solo cuestión de días, no creo ni que tenga tiempo de acostumbrarme a ello, ni de dormir ya que estamos... A los que supuestamente recelan de mi los tengo bastante cerca. Les hago venir a la torre a pedirles consejo y ver como la expresión rencorosa de sus rostros pasa a dubitativa y luego a risueña. "Ser amable es ser invincible" oí una vez junto a esa Puerta Este que tanto anhelo, y era cierto. Siempre hemos sido una unidad bajo el mando del capitán Taida. No quiero devolverle problemas a su vuelta, sino soluciones.

En otro orden de cosas... mi vida solitaria sigue siendo un tormento. Se acerca la hora cero, la hora en que tomaré una serie de determinaciones que afectarán al resto de mi vida. Por ahora las féminas siguen a mi alrededor. No paso todo el día en esta torre, de vez en cuando bajo encapuchado, con un símbolo triangular en mi hombro izquierdo para que mis hombres me reconozcan. Mis hombres... suena raro. Espero no acostumbrarme. Estoy divagando. Decía que las mujeres siguen a mi alrededor, pero los resultados siguen siendo los mismos, o no me interesan o yo no les intereso a ellas. Tal vez sea un buen momento para poner en práctica otros tipos de lucha a corta distancia, antes de la hora cero...

Dejo aquí unos versos en honor a un soldado caído. Me gustaría regresar a aquel tiempo en que estaba bajo su mando, en lugar de estar solo en esta perpetua lucha por ser comandante de mi existencia.

Elegiaco para un guerrero: Alfonso García Contreras

Te fuiste súbito en plena guerra,
clavando en la tierra tus rodillas
marchaste hacia otro horizonte.
Aquí quedó tu aprendiz de soldado
preso en territorio enemigo
sin poder cargar tu ataud.
Ya al fin libre,
comandante de mi existencia,
con todas mis armas golpeé la vida
mas siempre resonó hueca
sin ti...
Perdí todo temor,
al acero adversario,
a las palabras disparadas
y a los ocasos solitarios,
pero confieso
que temblé toda noche
ante la luz y la oscuridad
de tu ausencia...
Estúpido de mi...
¡estúpido insensible!
Cuantos años para darme cuenta
que siempre te quedaste conmigo
dando firmeza a esta mano,
ayudándome a portar esta antorcha
con la que seguimos quemando las naves.

24-11-2009


P.D.: El símbolo con el que se abre esta entrada es el símbolo de la nación Cybran, de Supreme Commander. Mi símbolo personal es el que encabeza este blog , símbolo del que hablaré en breve.
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martes, 22 de diciembre de 2009

Bloody Haiku nº 1

Bloody Haiku 1

Contigo siempre
estaré con el dedo
en el gatillo...


P.D.: Si, se me ha ido la pinza un rato largo... pero tenía que disparar o dispararme.
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martes, 15 de diciembre de 2009

Asesino.

La luna llena iluminaba espectralmente las calles. En una de sus sombras aguardaba, escrutando los lejanos sonidos, disparos, gritos y maldiciones. Unos pasos se acercaban raudos, oíanse sobre él, en una azotea cercana. Cesaron, un par de pasos más y una negra figura aterrizó en un carro de heno a unos metros de donde él se hallaba. Emergió del carro un encapuchado y él salió de su sombra, delatando su presencia y notando una fría mirada proveniente de debajo de la capucha de su adversario.
-Así que tú eres el famoso asesino -dijo devolviéndole la gelidez de su mirada con una pícara sonrisa-. ¿Sabes? Los profesionales como tú sois muy previsibles.
El asesino hechó una rápida mirada rutinaria ojeada a su alrededor. No había asideros, ningún punto de apoyo del que servirse para volver a los tejados. La única salida de ese callejón estaba a ras de suelo, enfrente de si, pero aquel tipejo se entrometía entre él y su escapatoria. ¿Quién era? ¿Porqué estaba tan contento cuando estaba a punto de morir?
-Conozco muy bien a los de tu calaña. Matais por encargo, aprovechais la noche, las sombras y el descuido de vuestras víctimas para apuñalar por la espalda, y luego usais los tejados para escapar rápidamente.
El asesino empezó a inquietarse. Los centinelas que había despistado antes podrían no tardar en presentarse, pero no era simplemente eso... ¿podría ser aquel tipo el cazarrecomenpensas que había hecho estragos en la Hermandad? Si era así... era tiempo para escapar y llevarse, no solo la recompensa por un trabajo bien hecho, sino también el dulce sabor de la venganza en el filo de sus hojas. El extraño río.
-El plan del capitán González era una completa estupidez. Tu informador se dejó sobornar, tendrás que ocuparte de él... si sobrevives... El capitán preparó la vigilancia de la mansión del conde de Úgera a la antigua, sin tener en cuenta que tú entrarías por el ático. Déjame adivinar, acabaste con los dos centinelas que hacían de escolta personal del conde y luego al conde, pero no pudiste evitar que alguno de los tres diera la alarma y tuviste que salir por donde habías entrado mientras intentaban alcanzarte con el fuego de sus mosquetes. Tu intención era llegar hasta la plaza mayor colándote en la posada que hay allí por su azotea, salir tranquilamente por la puerta desencapuchado y perderte por el mercado. Pero mira por donde que de camino te has topado con un carro de heno en el fondo de este callejón que lleva hasta el puerto y sus almacenes, un escondrijo más cercano y seguro, y donde nunca has podido dejarte caer por ser excesiva la altura hoy si has podido. ¿Coincidencia?
De repente el asesino se percató. Nada más llegar a la ciudad había pasado varias noches inspeccionando los tejados, comprobando posibles rutas de huída. Era cierto que aquel callejón proveía una rápida escapatoria para varios de sus objetivos, pero la altura desde los tejados al suelo era excesiva. Que ese día hubiese un carro de heno donde no lo había habido en semanas no era una casualidad, sino una maldita trampa en la que había caído como un novato. Desenvainó su espada mientras se avalanzaba sobre su enemigo. El extraño volvió a reir y desenvainó la suya mientras se preparaba para detener el previsible golpe. Con el ímpetu de la breve carrera y el odío desbocado el golpe fue brutal. El extraño tuvo que aferrar la empuñadura con ambas manos para poder detener el golpe. El asesino solo había usado una, la derecha. El extraño vio como una daga salía de la manga izquierda del asesino y se aproximaba a su pecho... previsible. El golpe de espada estaba parado, el asesino tenía su concentración en su golpe de daga. El extraño usó la fuerza de ambos brazos hacia abajo, obligando a que la espada del asesino se clavara en la tierra. Nada más tocar tierra liberó su mano derecha de la empuñadura y golpeó verticalmente el antebrazo izquierdo del asesino, desviando su letal estocada y dejándole totalmente expuesto a un ataque. El asesino lo sabía, trató de dar un salto hacia atrás. Aprovecharía que la única arma del extraño estaba también tocando el suelo, aún en contacto con la suya, para recuperar el equilibrio y adquirir una posición de defensa. Había subestimado a aquel extraño, no sabía hasta que punto.

Del antebrazo levantado que había desviado su estocada apareció también una daga oculta. El brazo derecho del extraño golpéo como la cola de un escorpión rozando el hombro del asesino en su salto. No hubo herida, por suerte tan solo rasgó sus vestiduras. Doy un par de zancadas más hacia atrás y miró a su víctima con expresión de sorpresa.
-¿Sorprendido? -dijo el extraño con cara de pícara malicia-. Ya te dije que conocía muy bien a los de tu calaña. Este juguetito por poco acabó conmigo la primera vez que me enfrenté a uno de los tuyos, y desde entonces las colecciono y las uso -dijo mientras cambiaba la espada de mano y levantaba la izquierda, mostrando que tenía otra daga oculta bajo la manga izquierda-. Realmente ingenioso, un dispositivo mecánico que desenvaina una daga con un simple movimiento de ante...
-¿Quién eres, un cazarrecompensas? -dijo el asesino, interrumpiendo a aquel charlatán.
-Exacto. Me llamo Alberto del Castillo, y soy especialista en cazar a los tuyos, ya que no hay recompensas más altas que las que ofrecen por los asesinos de la Orden de las Sombras.
Un arrebato de ira golpeó el corazón del asesino, pero se contuvo, no seguiría por más tiempo su juego.
-Pareces saber mucho, demasiado sobre nosotros. Si tuviera tiempo te desarmaría, te dejaría inconsciente, te llevaría a rastras a uno de mis escondrijos y te torturía para saber hasta donde llegan tus conocimientos, donde los has adquirido y con quien más has hablado. Por desgracia tengo prisa, así que no podrás ser mi invitado, tan solo mi víctima -replicó con total frialdad. Si era cierto que sabía tanto sabría las técnicas de combate de la Orden la manera de acabar con él era mostrándole algo nuevo. Se desencapuchó, y abrió su capa. Una segunda espada colgaba al otro lado del cinto. La desenvainó y, envainando una espada en cada mano, contempló al boquiabierto cazarrecompensas un segundo antes de lanzarse de nuevo a la ofensiva.
Alberto dio un paso por atrás por puro instinto. Aquel pálido rostro que se acercaba a él era una máscara de muerte. Las estocadas de sus dos espadas eran rápidas y precisas. Hizo presión en su antebrazo izquierdo para que la daga oculta apareciese, aunque corta podría usarla para detener o desviar algún ataque. El asesino atacaba sin cesar frontalmente, sin siquiera tratar de rodear a su adversario y escapar. Saldría de allí pisoteando el cadáver de aquel cazarrecompensas o no saldría, pero la preocupada mirada de aquel le hacía intuir que su venganza se cumpliría. Aún le preocupaba que algún centinela le hubiera seguido por los tejados y que el sonido del duelo que disputaba le llevase a ese callejón. Desde el tejado del que se había dejado caer era un blanco fácil incluso para un tirador medio. Tendría que arriesgarse e intentar alcanzar al cazarrecompensas con una estocada certera lo más rápidamente posible. Dio un paso atrás esquivando un ataque de su enemigo, abrió los brazos dejando el pecho al descubierto y los cerró a la vez en un doble mandoble lateral. Alberto aún no había recuperado la posición de defensa tras su ataque y se vio sorprendido. Intentó dar un paso hacia atrás pero no pudo evitar que las puntas de las dos espadas realizaran sendos cortes a la altura de su pecho. Aunque leves, ambas heridas empezaron a sangrar. El asesino sonrío triunfal. Sus brazos abrazaban su pecho y ambas espadas estaban listas para otro doble corte lateral. Esta vez apuntaría más arriba, le cortaría la cabeza y se la llevaría a la Orden, que conocieran el rostro de quien había llevado a la tumba a más de una docena de sus miembros. Alberto no tuvo otra salida, aunque fuera jugar sucio. Dio rápidamente otro par de pasos mientras tiraba la espada al suelo. El asesinó se detuvo, perplejo, ¿se rendía? Alberto levantó ambos brazos, tensó el antebrazo derecho y la daga oculta apareció. ¿Iba a luchar herido con esas dos dagas cortas? ¿Se había vuelto loco? El asesino no sabía a que atenerse. Alberto volvió a tensar los antebrazos y ambas dagas salieron disparadas hacia el asesino, clavándose en su abdomen.

El asesino yacía en el suelo, de rodillas. En su camino de descenso el agudo dolor le había llevado a soltar involuntariamente sus espadas. Alberto recogió la suya y apoyó la punta en el pecho del asesino.
-Ahora... viene mi.. parte... favorita...la parte...-Albertó paró un segundo para tomar aire y prosiguió-. La parte en la que suplicas por tu vida.
-¿No...vas a ...entregarme?
-Si, pero no con vida. Vivo podrías escapar, muerto no darás problemas y me pagarán lo mismo -dijo Alberto-. Estoy esperando... -agregó tras unos segundos de silencio.
-No... no lo haré -dijo el asesino mientras sentía que las fuerzas le iban abandonando. Alberto no esperaba esa contestación.
-¿Por qué no? -dijo con ira en su voz-. ¡Todos tus hermanos suplicaron como los perros que eran antes de que acabara con ellos, asesino! -gritó Alberto, recalcando perros y asesino, como los insultos que pretendía que fueran. El silencio se le hizo eterno hasta que el asesino volvió a hablar.
-Los asesinos no tenemos derecho a pedir clemencia, por eso no lo haré. Espero que tú también tengas el honor y la decencia de no pedirla el día que acaban contigo... asesino... -dijo clavándo su desafiante mirada en la del cazarrecompensas.
Tras un instante de duda Alberto clavó su espada en el pecho del asesino, devolviéndole la estocada que, con aquellas últimas palabras, había recibido en pleno corazón.

Alzó la mirada. Desde las sombras del tejado un centinela había presenciado los últimos compases...
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martes, 1 de diciembre de 2009

Diario del centinela, capítulo XI: ¡Asesino!

Mientras mi mundo interno continua en perpetuo terremoto, sacudiéndose en incesantes estertores (ignoro si de inminente muerte o sublime renacimiento), el estado anímico de los habitantes de esta urbe que protejo se derrumba, así como su confianza hacia nosotros, sus defensores.

Una serie de misteriosas muertes dentro de las murallas tiene atemorizada a la ciudad. Primero fueron los hijos de Julio García, gemelos, ambos la misma noche y en el mismo callejón fueron encontrados sus cuerpos. Culparon a Fernando Vázquez, quien mantenía arduos pleitos con Julio y fueron a por él, mas solo cadáveres encontraron en su casa, incluido el suyo, degollado. No hay familia noble o hidalga que no lamente la muerte de algún familiar o amigo, y aún mercáderes y juglares han amanecido defenestrados. Es una matanza, una carnicería sin sentido aparente en la que ya han caído incluso algunos de mis compañeros en las rondas nocturnas tras el toque de queda decretado.

Yo me mantengo en mi puesto, devolviendo recoloso las miradas de odio y desprecio que mis paisanos me dedican. Antes todo era sonrisas y algún guiño al pasar a mi lado, ahora ceños fruncidos y furtivas heladas miradas. Ingratos, tantos años protegiéndolos de amenazas exteriores y de ellos mismos para que ahora nos lo paguen así. Sin embargo no les guardo rencor ni lo haré cuando todo esto pase. Nuestro deber es protegerles y no lo estamos conseguiendo, la situación nos desborda. Solo nuestros superiores nos dan ánimos... cuando no nos están gritando. Ignoro los gritos y me limito a cumplir ordenes, desconfiar de todos y vigilar. Hay que encontrar a ese asesino y hacerle pagar sus crímenes. Analizo cada minúsculo gesto, me lanzo a toda mirada, incluso a las femeninas, ya que ellas pueden ser tan cruentas y despiadadas como nosotros. Mas no hallo atisbo, indicio ninguno de quien pueda ser el asesino, la asesina o ambos ángeles de la muerte que nos aterrorizan.

Han llegado cazarrecompensas a la ciudad en su búsqueda. Ellos se encargarán de resolver tan sanguinolenta cuestión, aunque en el fondo, a pesar de mis pésimas habilidades en el frente a frente, me gustaría ser yo quien solventase la situación. Soy un centinela. Es mi deber.


Asesina

Atraviésame de nuevo con tu daga,
inténtalo cuantas veces te plazca,
aún con tu aguijón clavado en mi pecho
no acabarás conmigo,
eres insuficiente incluso para un rasguño.
Delirante la sorpresa en tu rostro.
Es fútil, en vano tu afán.
Mi corazón es mi escudo.
Demasiado grande para ti,
insignificante arañita...

1-12-2009
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jueves, 26 de noviembre de 2009

Dura vida solitaria.

Yo esperaba que al despertar aún resonara en mis oídos el eco dulce de tu voz, pero tan solo escuché la puerta del cuarto de baño cerrarse y alguien apretando tras ella (con lo romántico que había empezado el día, menuda cagada). Miré el reloj y salté de la cama, iba a llegar tarde, desayuno, ducha, afeitado, lavado de dientes, coger la ropa para el gimnasio y el almuerzo en su rutinario tupper fueron tareas sencillas; que el ordenador y el puñetero distiller crearan el pdf del dossier de La Carbonería fue lento, demasiado, pero aproveché para cargar el coche con la mochila del gimnasio y cargarme a mi con paracetamol, que buena falta me iba a hacer.

La mañana en el trabajo, intensa. A medida que iban pasando las horas me iba percatando de que no iba a tener cuerpo para el gimnasio y el turno de tarde, asi que ¡cambio de planes! Dado que tenía mucho pendiente de escribir me iría a Los Arcos, arreglaría un tema en The Phone House y comería y escribiría en la plaza interna, sentado al borde de la fuente.

¡Sorpresa! Fue al coche a por los papeles del teléfono, otros en blanco para escribir y la comida... ¿dónde está la comida? Con las prisas de la mañana la había dejado junto al ordenador, fijo. Otro cambio de planes, tras el papeleo compraría un par de sandwiches en el Hipercor y continuaría mi improvisado picnic literario. Papeleo arreglado, entro al Hipercor ¡y 2,30 € cada sandwich, manos arriba, esto es un jodido atraco! Dos sandwiches más un refresco serían 5,40 €. Salí rápidamente de aquella cueva de los cuarenta ladrones, sabía donde comer más económico, mejor y calentito (inserte aquí su jocoso comentario subido de tono). Subí al piso de arriba y mientras me dirigía a El Fogón de Leña me fijé en un cartelito que rezaba capuchino por la cara. Mi mente comenzó a maquinar un suculento postre. En el Fogón los menús son en su mayoría de pareja, pero hay alguno que otro para un individuo padecedor del síndrome de la soltería crónica como yo: cervecita, carne con tomate y churrasquito con mojo picón por 4,90 €. El Fogón mola, Hipercor caca. Aunque ya con mi estómago satisfecho con tan opíparo banquete, mi mente seguía en el capuchino por la cara. Me acerqué al Kioscoffe, pagando una ración de tarta o un gofre me regalaban el capuchino. La tarta era más cara y fría que el cálido gofre con chocolate que pedí y que en conjunción con el capuchino consiguió aliviarme un poco más el dolor de garganta. Me pusé como un cerdo, si, pero demasiado peso había perdido últimamente, así que tocaba festín para compensar.

A los pies de la fuente no pude llegar, habían emplazado allí un gigantesto abeto y vallas alrededor. Me quedé en el piso de arriba, en los sofas rojos frente a la puerta de esa tienda de ropa en la que suelo comprar pero de cuyo nombre no me da la gana acordarme, oculto a la mayoría de las miradas indiscretas, pero no a indeseadas compañías.

Estoy aquí, sentado en un sofa rojo, apurando las últimas lineas harto de aguantar durante más de media composición a un tipejo con cara de ningún amigo que, a pocos centímetros de mi, tose y absorbe los mocos cada diez segundos y menos, que gesticula sin motivo aparente, se gira bruscamente, mira al piso de abajo con gsto de espía o francotirador, vuelve a apoltronarse en el sofa, tose, absorbe mocos, se palpa los bolsillos, saca un paquete de tabaco, un pico de pan, mira al suelo, tose, absorbe mocos, deja de buscar en el suelo lo que no se le ha caído, se cambia de sofa (aleluya), saca una radio, la conecta y se pone comodo... ¡ah, que no se me olvide, y toso y absorbe mocos! Me largo mientras se enciende un Pall Mall en esta zona de no fumadores. Me vuelvo al trabajo temprano para recuperar el cuarto de hora que me he tangado por llegar tarde, por haberme quedado dormido, por haber dormido tan bien, con el dulce eco de tu voz resonando en mis oídos...

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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos parrafos memorables.


A la hora de comprar libros reconozco que suelo ir a por lo seguro, a por algún libro que me hayan recomendado o cuyas reseñas haya ya leído y esté más o menos seguro de que me va a convencer. No me gusta arriesgarme en temas de libros. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando te regalan un libro? No suelen regalarme muchos, pero últimamente parece que me los regalan a mala leche, Best Sellers de supermercado que son auténtica morralla y que solía acabar regalando a las bibliotecas. Ahora me lo pienso mejor y para ahorrar sufrimientos innecesarios a posibles lectores los tiro al contenedor de basura más cercano.

Una de estas últimas lecturas fue El Cículo de los Escribas de Romain Sardou. Para empezar la portada es un poema (es un decir, ojalá fuera un poema, entonces tendría algo bueno), su simbolito de Best Seller que ya delata su ínfima calidad literaria y el subtítulo "por el autor de La Herejía y El peregrino del tiempo". Eso que no falte, hay que demostrar que uno no es novato, que ya se ha hecho un hueco en el mundo literario. Como el autor es francés el título original es Personne n´y échappera, que no sé que carajo significa (se agradece traducción, Babelfish dice Persona n´y escapará), io no parlo la barbara lingua, pero está claro que significará cualquier cosa excepto El Círculo de los Escribas, así que de entrada se huele una mala traducción al castellano. Sobre El Círculo de los Escribas, reuniendo de varios capítulos, se habla un total de cinco o seis páginas, son un grupo muy secundario y la narración marcha por otros derroteros, así que si así comienza la traducción de la novela...

Sin embargo, siempre se puede salvar algo. De las 366 páginas me quedo con dos parrafos, en los que se describe a dos personajes, cada uno visto desde los ojos del otro. Os lo dejo aquí para vuestro juicio (y para poder releerlos en el futuro después de haber quemado este libro):

Después de que hubiera cruzado la puerta, el profesor permaneció de pie, incómodo, sin saber qué postura adoptar. Observó a Sheridan, su impresionante estatura, sus magulladuras en el rostro, su autoridad natural, el abrigo que engrandecía aún más su silueta. Tenía las espaldas de un descargador o de un arponero de Nantucket. Sin duda, según las circunstancias, ese tipo debía de inspirar bien una formidable sensación de seguridad, bien un canguelo insoportable.
El polícia, por su parte, ya se había hecho su idea sobre el profesor. Franklin llevaba unos vaqueros claros y un jersey de cuello alto de color burdeos, con las mangas arremangadas y refuerzos de cuero en los codos. Las gafas y la barba de unas horas apenas le envejecían. El cabello, rubio y ondulado, le dibujaba una frente delicada, de ángel. El policía sintió que era inteligente, sin duda capaz de de defenderse cuando la situación lo requería; pero también curioso, atento a todo, lo que era un buen signo. La habitación estaba impecablemente ordenada, con método. También eso le agradaba.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Diario del centinela, capítulo X: cortando por lo sano.



En mi defensa diré que ya lo intenté todo. Será una excusa, una mentira. No lo he intentado todo, nunca se puede intentar todo, pero no soy un dios, no tengo una eternidad para probar todas las variables, y si fuera un dios tendría poder suficiente como para impedir que los problemas apareciesen, no me haría falta tratar de resolverlos.

Solo soy un humano, de tiempo y recursos limitados, un humano al que le han tocado los huevos sobremanera. En mi afán por tratar de ayudar a mi familia solo me he encontrado desprecio y oídos sordos. Pero no por parte de los que han causado esta situación, sino por parte de mi propia familia. Cada una de mis sugerencias ha caído en oídos sordos, y cada uno de mis movimientos ha sido frenado en seco. En cierto modo es natural, tienen a un soldado por hijo y esperan que en esta situación me limite a cumplir ordenes como he hecho siempre. Pero no, yo solo cumplo ordenes de mis superiores, de aquellos que reconozco como mis superiores y a los que he jurado lealtad. En este momento de la vida yo estoy en una posición mucho más elevada que ellos. Tengo ideas, tengo propuestas, tengo la voluntad de hacer algo y el poder para hacerlo... pero me atan las manos y me amordazan. ¿Cómo responder a tamaña estúpidez? Con una simple solución, de un solo tajo, cortar por lo sano, o más bien por lo enfermizo, cortarme las ataduras y todo hilo que alguna vez me uniera a ellos y largarme. ¿Para qué esforzarse en defender a quienes no desean ser defendidos? ¡Al infierno con ellos!

Mi capitán está al tanto de todo. Me ha acompañado junto con dos compañeros a recoger mis pertenencias en mi casa y las hemos trasladado al cuartel más próximo a la torre, donde ahora vivo con mis compañeros. Mi casa está ahora en venta y aunque ellos tienen la llave, que entren, solo encontrarán una casa vacía. Han venido a buscarme al cuartel, pero se les ha prohibido el paso como a todo civil, y a los pies de la torre, en la puerta, me comentan mis compañeros cuando suben a verme que se les ve merodear de vez en cuando por la zona y preguntar por mi. Está claro que no captan las indirectas, que no deseo volver a verlos. Tarde o temprano llegará el confrontamiento, no voy a pasarme toda la vida ocultándome en esta torre, regresando cada noche al cuartel disfrazado de clérigo, bajo un viejo hábito y una capucha. El enfrentamiento vendrá, pero esperaré un poco más, a que se me calme un poco el inmenso malestar que ahora siento y contratacar con la sangre más fría posible. Todo combate justo es aquel que se realiza en igualdad de condiciones, con las mismas armas... pues aprenderé a usar el frío contra su gélida frialdad.

Primero de noviembre, cortando... con todo aquello en mi pasado que solo me trae sufrimiento, incluso con partes de mi ser que no quiero volver a ver, automutilándome, esculpiéndome un corazón nuevo, una nueva mentalidad, menos permisiva con los que no me merecen.



Mascarada

De mi más funesta máscara
te hiciste una copia
de cuerpo entero,
para esconderte, no refugiarte,
no podrás jamás.

Porque tú eres su escudo,
y ella tu verdugo.

1-11-2008


N. del A.: El poema no tiene nada que ver con el tema. Lo escribí hace hoy justo un año y lo tenía oculto. Solo coincide con el tema en que lo escribí en un estado de malestar parecido al actual y que entonces también cortar pero con otro tema, más o menos parecido. Aquí queda el poema, para la que lo entienda.
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