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lunes, 1 de noviembre de 2010

Diario del centinela, capítulo XXII: Tiempo de paz.


Bostezo. Estas dos últimas semanas han sido de lo más aburridas. A principios de mes tuvimos que realizar un sobreesfuerzo por las fiestas de vendimia y el gran espectáculo que los juglares dieron durante una semana entera en la plaza mayor, pero se fueron como vinieron, cantando...

Desde entonces la tarea de vigilancia ha sido extraña y soporífera. Paulo tiene nuevas obligaciones y ya raramente coincidimos en las guardias. Suelo hacerlas solo, sin nadie que me quite el sueño con alguna ocurrencia cuando el cansancio aprieta. Hay el mismo tráfico de mercaderes que siempre. La Puerta Este sigue siendo tan concurrida como lo ha sido siempre, pero no hay criminales que perseguir. Los chivatos están tristes porque no tienen a nadie a quien acusar por unas monedas. Mis fuentes callan y yo mismo, en mi disfraz de forastero, no consigo llevar a mis oídos más que marujeos, propuestas de negocios legales y canturreos de borrachos, ningún rumor que valga la pena.

Tanto silencio me aterra, lo reconozco. Me aterra la paz y la quietud, sobre todo por las noches, que ni una sola alma recorre las calles y me quedo solo, totalmente solo contemplando el vacío, atrapado en mis conflictos. La paz del exterior no calma mi propia guerra interna, es más, la solivianta sin medida.

He tenido mucho en lo que pensar durante estos días, cuestiones de siempre como el amor o desdeñadas como el destino; también sobre la literatura, si a eso se le puede llamar a las líneas de este diario y a otras pocas que escribo de tanto en tanto. Sobre todo le he dedicado tiempo a tratar de entender porqué siempre, independientemente del estado de seguridad que haya en las calles, mantengo esta perpetua guerra contra mi mismo, en la que nunca hay vencedor mas siempre vencido... y no le encuentro ningún sentido.

Hoy, día de los difuntos, hay más actividad que otros días. La multitud, en atroz silencio, sale por la puerta en dirección al camposanto para honrar a sus difuntos. He decidido acallar esta guerra interna que de nada me sirve, darme una tregua o quizás paz definitiva, ya veremos si esa multitud de canallas armados que me habitan son capaces de estarse quietos o si de nuevo saltan temerarios e inmortales al frente a imponer su épica insensatez. Me conformo con un mes, hasta que vuelva a escribir estas líneas, un mes imitando a la paz, la quietud, la serenidad que tan extraña me es y tanto miedo me da....

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