lunes, 5 de julio de 2010

Recitando un poema de Julio López Cid.



¿Qué conviene a este otoño...?
De una vez para siempre,
desechadas las viejas,
solapadas ternuras,
partir sin rumbo, andar,
andar, andar sin tregua, sin desmayo
-no desandar jamás-,
hasta que atardecidos
al cabo los caminos,
ya a tientas, continúen
para siempre soñandose, soñandonos...

Y allí, en ninguna parte,
porque a ninguna parte íbamos,
encender nuestra hoguera
frente al muerto crepúsculo,
luego, como despojos,
cual míseros harapos,
tender los viejos sueños,
los entrañables sueños consabidos
-allí, en ninguna parte,
porque a ninguna parte íbamos-
y en torno al gran fuego
conversar melancólicos
mientras pasan las horas,
mientras la noche avanza y, a la par,
piadoso va el gran fuego consumiendo,
consumiéndolo todo:
los días y los años,
los siglos, los segundos...,
proyectando -mas ¿dónde?- nuestras sombras,
nuestras póstumas sombras,
sombras de nadie ya.


Poema de Julio López Cid, de su obra El Río, pág. 69, Editorial Duen de Bux S.L., colección La Letrería, 2008.
Gracias a Saray Pavón por grabarme aquel día y por el libro.

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