domingo, 1 de marzo de 2009

Diario del centinela, capítulo I: en el amor y en la guerra.

Copiando (ante todo sinceridad) a J.D. Sánchez y sus Diarios de Café de Noche, yo también voy a empezar a escribir una mezcla de ficción y diario, una vez al mes, comenzando con este.
En el amor y en la guerra
En el amor y en la guerra

El otro día, mientras hacía la ronda por la muralla me dio por pensar en las similitudes del amor y de la guerra. Ciertamente había similitudes. Ambos duelen, ambos hieren, ambos pueden llegar a matarte, y ambos requieren a alguien, a quien amar o a quien odiar, ¡pero alguien! También había una curiosa similitud y diferencia. Tanto en el amor como en la guerra se puede conquistar y ser conquistado. Ambas a la vez es imposible en la guerra, pero en el amor es el único resultado deseable. Hay que vencer y ser vencido a la par. Si faltara algo, no sería un amor completo, sino un amor cojo, un amor renqueante, y los soldados no cojean, avanzan a paso firme, y así ha de hacerlo el amor.

Al volver a mi puesto en la Puerta Este contemplé las parejas que la atravesaban y pensé en otras que había conocido antes. Me llamó la atención aquellas parejas que permanecían juntas por inercia. Se les notaba a la legua, separados más de dos palmos, sin apenas dirigirse la palabra o la mirada. Sonreí, pues me recordaban a esas malditas situaciones en las que el capitán te asigna al compañero que peor te cae para hacer la guardia nocturna en la torre. Sin embargo aquí no es un capitán el que da la orden, sino el miedo a la soledad lo que mantiene unida a esas parejas sin sentido.

Yo no podría. Puedo, por obligación, aguantar las veladas con el desagradable sargento Marcos, e incluso aguanto a ese cabo novato, Paulo, que sí le metiera la cabeza en el tonel del agua seguiría hablando igualmente. Pero no podría estar en una relación en la que yo no la quisiera, o en la que ella no me quisiera, o incluso peor aún, en la que no nos quisieramos ninguno de los dos. No tengo necesidad ni obligación de amar a cualquier precio. Por suerte, la soledad no tiene un rango más alto que el mío, no puede darme ordenes.

Con esto en mente, me han quedado las cosas más claras. Pensaba que iba en busca del amor, y en verdad el amor me ha encontrado a mí. En un caso era una chica joven que buscaba mi corazón, y en el otro caso, otra buscaba más bien mi cuerpo y una noche de pasión. Ante ambos casos fingí no poder moverme de mi puesto. Mentira, puedo serle infiel a mi oficio, convertirme en un desertor, pero no puedo serle infiel al amor. No acepto fingir sentir el amor que no siento.

Han tratado de conquistarme, pero no me he dejado. Al igual que no se dejan conquistar las mujeres a las que me he acercado. Ese es el gran problema del amor, que es un problema que uno no puede resolver solo. Al igual que no hay batalla sin al menos dos contendientes, no hay amor sin dos corazones que palpiten al unísono. Tiene que haber un interés por ambos lados, y eso me parece empresa más complicada que cualquiera que puedan ordenarme, lo cual no quita que no lo intente...

En estos últimos meses, mientras seguimos acercándonos inéxorablemente a la primavera y mi corazón terminaba de descarcharse, se han acercado un par de corazones al mío. También usando como armas las palabras, la sangre como tinta y el corazón como pluma, me he acercado a otras mujeres, ganándome su indiferencia y descubriendo también la mía propia hacia ellas. Sonrío a la caricia del viento. No es un mal resultado en estos primeros lances de la lid, la mayor en la que un soldado poeta puede involucrarse.

En el amor y en la guerra... al fin y al cabo son la misma lucha sin cuartel de resultado incierto. Y por amor permanezco en mi puesto, por amor a la gente de esta ciudad, amistades, conocidos, gente por conocer, ¿amor por conocer? Lo demás, estas murallas, esta puerta y esta torre, son tan falsas como un forillo de agrupación carnavalesca en el Teatro Falla pero, aún siendo mentira todo este decorado, me sirve para decir una verdad. La digo yo, Atanvano, que es decir defensor en otro idioma, y lo dice este centinela al que he creado y le voy a hacer chuparse guardias y noches en vela en la torre. Lo decimos los dos: ojala hubiera en esta ciudad, que es mi vida, un amor verdadero por el que luchar... hasta la muerte...

Me despido con un poema que recitó a los pies de la torre un extraño peregrino que decía llamarse Julio Martínez Mesanza:

Las torres son imagen del orgullo.
Los hombres, cuya vida es breve y frágil,
gastan todo su tiempo en alzar torres.
Y una torre no enciende la esperanza.
Incluso la que guarda las campanas
y espera las cigüeñas es culpable.
Me he cansado de oír los disparatas
de los que viven dentro de la torre
y de los que se arrastran a su sombra.
Me asquea su interior y me ha cegado
el reflejo del sol en sus ladrillos,
porque las torres son oro y son sangre.
La polvareda que al caer levantan
no debe entristecerme ni sus ruinas
llevarme a meditar sobre el destino
del poder, la ambición y la belleza,
sino hacerme salir de las prisiones
del enajenamiento y liberarme.



N. del A.: Ahora que acabo de terminar la primera entrada del diario del centinela me doy cuentas de dos cosas:
Primero, improvisar no es lo mío. Por suerte tengo un mes para ir preparando y puliendo la próxima entrega, y ya sé por donde voy a empezar.
Segundo, no he podido usar una metáfora que sí tenía pensada. Pensaba decir que al café si puedo serle infiel, y tomarme un sucedaneo de cuarenta céntimos con prisas, pero que al amor no era capaz de serle infiel. No acepto sucedaneos de amor, ni amores de rebajas. Pero un centinela tomando café junto a la muralla rayaba en el anacronismo, así que dejo aquí el simil fuera de contexto, y subo a tomarme un café.
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