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sábado, 9 de octubre de 2010
domingo, 3 de octubre de 2010
Diario del centinela, capítulo XXI: Griterío.

La ciudad ha sido un nido de rumores y susurros estas últimas semanas. Algo iba a pasar, importante y a la par catastrófico. El descontento por la política de nuestros gobernantes iba a dar sus frutos, e iban a ser más amargos que el corazón de las manzanas.
Desde mi flamante cargo de teniente ya tengo autoridad y libertad para realizar ciertas acciones que antes me resultaban imposibles. Recurrí al viejo truco que ya empleé aquella ocasión que me dejaron al mando, infiltrarme encapuchado en los lugares en los que los centinelas no tenemos acceso, o donde todos callan al vernos entrar. No hubo éxito, mucho odio, demasiado resentimiento, pero ningún plan claro de acción. Tan solo una fecha a finales del mes para actuar.
Platiqué con mi capitán sobre lo poco que había indagado. No veía visos suficientes para hacer sonar las campanas, sería una alarma innecesaria. El capitán Taida vio una oportunidad donde yo solo veía sombras y dudas. Cambió los turnos de guardia de los días previos, dando descanso a más centinelas de la cuenta con la intención de que todos estuvieran de servicio el día de autos. Si alguien planeaba algo se encontraría que todos los que nos encargamos de defender la ciudad estaríamos de servicio y descansados. A la par, era una provocación, sabía que ese posible alguien estaría pendiente del estado de la seguridad durante esos días y notaría la bajada en el número de efectivos. La única razón hasta la fecha por la que nuestros efectivos bajaban eran cuando nos ordenaban movilizarlos fuera de la ciudad, como cuando quisieron enviarme al norte a entrenar arqueros y al final me quedé un mes entero haciendo guardia solito en una atalaya. Cuando nos tenemos que movilizar normalmente lo hacemos a primera hora de la mañana, cuando el sol es tan solo una suposición y una esperanza en el este. Los nuestros se quedarían esos días encerrados en el cuartel en lugar de partir, descansando. No deberían notar el engaño. Por si acaso me presté voluntario a guardias nocturnas frente al cuartel para asegurarme que nadie vigilaba nuestras puertas por la noche.
La noche de la víspera volví a encapucharme y a recorrer las tabernas, tomando unas cuantas jarras de cerveza a la salud de la justicia y prestando el oído a la ahora clara rumurología. Habían picado el anzuelo. Les causaba extrañeza que tantos soldados e incluso el capitán hubiesen salido de la ciudad sin que ningún familiar de los soldados hubiese recibido ningún mensaje. Curioso, pero propicio para sus intenciones.
Tras cerciorarme lo suficiente me fui tambaleando sin mucho fingimiento a la torre este. El capitán me aguardaba allá junto con el resto de oficiales de la ciudad. Les informé y me fui a dormir. Tres noches de guardia seguidas y esta última excursión me habían dejado agotado. El resto dependía de mis compañeros.
Al día siguiente se alzó un intenso griterío que rápidamente se agotó en cuanto la multitud llegó a la plaza mayor donde alza el palacio del gobernador. Un pequeño regimiento comandado por el sargento Paulo (a él también lo han ascendido) lo guardaba. En los tejados aledaños algunos compañeros arqueros, amistades que había forjado en el campo de entrenamiento, controlaban la plaza. Los organizadores de aquel intento de revuelta, protesta o vete a saber qué realmente pretendían gritaron una serie de consignas un poco más, sin conseguir apenas respuesta por parte de los que les acompañaban. La puerta del palacio se abrió, el capitán salió por ella, la multitud enmudeció del todo y se dispersó rápidamente pocos segundos después. Los pocos que quedaron, los instigadores, esperaron un poco más, quizás demasiado asustados para mover un solo músculo, esperando a que el capitán ordenara alguna injusticia de la que poder acusarle y dar de nuevo rienda suelta a sus reclamaciones. No hizo nada. Se quedó quieto, esperando alguna estupidez para poder ordenar a Paulo que los arrestase. Lentamente y sin apartar la vista los instigadores salieron de la plaza. El capitán se retiró de nuevo al interior del palacio sin haber dicho una sola palabra en todo ese tiempo. No hacía falta, Paulo ya tenía sus ordenes. Él y otros dos hombres fueron tras los animadores. Hicieron alguna estupidez con sus lacayos, destrozar el comercio de un zapatero e intentar prender fuego a una taberna. Fueron rápidamente apresados aunque un par de ellos consiguió escapar. Esta noche me ocuparé de encontrarles, sea cual sea la ratonera en la que se hayan ocultado. Soy un centinela, es mi deber.
Lunes
Salto de la cama
impulsado por ignoro que resorte,
sin la más mínima vacilación,
como un maldito autómata
recorro lentamente el pasillo
recordando aquel deprimente artículo
que versa sobre el abismal espacio
entre cada uno de nuestros átomos,
que afirma que no somos más que aire,
que si estoy esperando frente al microondas
es por simple, pura y mera casualidad.
impulsado por ignoro que resorte,
sin la más mínima vacilación,
como un maldito autómata
recorro lentamente el pasillo
recordando aquel deprimente artículo
que versa sobre el abismal espacio
entre cada uno de nuestros átomos,
que afirma que no somos más que aire,
que si estoy esperando frente al microondas
es por simple, pura y mera casualidad.
Con la taza en la mano mi alma se despierta,
¡al fin, niña perezosa!
Me recuerdo entonces quien demonios soy,
arranco los motores de la ilusión y el deseo.
Me ordeno esbozar una sonrisa,
a completas sabiendas que nadie la verá
que no es más que un pequeño guiño al Universo,
ese que no puede explicar con ninguna ley
como me siento justo ahora mismo.
¡al fin, niña perezosa!
Me recuerdo entonces quien demonios soy,
arranco los motores de la ilusión y el deseo.
Me ordeno esbozar una sonrisa,
a completas sabiendas que nadie la verá
que no es más que un pequeño guiño al Universo,
ese que no puede explicar con ninguna ley
como me siento justo ahora mismo.
Sonrío, porque nada me obliga a ello.
Sonrío, porque quiero.
Sonrío, porque quiero.
17-8-2010 De camino a Lebrija
P.S.: Mientras escribía esta entrada del diario del centinela he de reconocer que me he emocionado en al menos dos ocasiones, lo cual es algo que nunca me había pasado con ningún escrito. Cada vez me alejo más de la realidad en los relatos del centinela. Él mismo ya es él mismo, no yo. Es más, me entran ganas de ser como él y hasta me paré a pensar en uno de esos momentos de emoción en los que habla de sus amigos arqueros, en empezar a practicar yo también el tiro con arco (sé donde podría hacerlo). Otro momento de emoción fue cuando volví a introducir a Paulo en la historia, al principio fue tan solo un personaje molesto y ahora me es muy querido (mierda, me estoy emocionando otra vez), es el perfecto compañero de Alastair.... Pues mira que a lo mejor hago gay a mi centinela para diferenciarlo aún más de mi, aunque lo veo difícil, sobre todo porque estando en una época de finales del medievo acabaría en la hoguera con una facilidad pasmosa. Ya veré el próximo mes que hago con él.
domingo, 26 de septiembre de 2010
Soy.

Soy un ente extraño, lo reconozco. Indago sospecho que demasiado sobre la naturaleza humana para luego aplicármelo a mi mismo y tratar de entenderme de alguna, de cualquier manera posible. Pero mis propios esfuerzos no son suficientes. El espejo solo me muestra mi reflejo, mi interpretación. Luego está lo que ven los demás, normalmente más acertado de lo que soy capaz de verme a mi mismo.
Me he pasado media noche preguntándome quien soy y quien no soy. Pensé que lo tenía totalmente claro, quien soy, quien aspiro a ser y la conversión de ese insalvable ánimo en gran salto que aún en ocasiones me da miedo a realizar. Quien no era lo tenía totalmente claro, hasta que me han hecho ver que mis acciones y mis creencias internas difieren, que a veces me comporto no solo como quien no soy sino incluso como con quien NO quiero ser.
No soy un santo, en mis ojos lo podéis ver. No soy un ángel, pero tampoco soy un demonio. Siguiendo la ética aristotélica me planto en el punto medio. Soy un 50% ángel, 50% demonio. He de aceptarlo, asumirlo y contrarrestarlo. No siempre hago lo correcto y ni siquiera me voy a excusar en que el mal que hago lo hago involuntariamente o porque no tenga más remedio, porque no siempre es así. A veces actúo mal con pleno conocimiento de la incorrecta metodología de mis actos y sin enmendar el curso de los acontecimientos hasta que me llega el oportuno palo.
Hay maneras y maneras de comportarse. Si me veis actuando en mi modo 50% de ala oscura y membranosa no dudéis en darme el palo, sin importar siquiera que no sea a posta, aunque tan solo sea porque soy tan tonto como para tropezar mil veces en las mismas piedras. Siempre os estaré agradecido. Yo solo no puedo construirme a mi mismo. Con vosotros si.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
¡Toc, toc! Hola, ¿hay alguien ahí?

¡Toc, toc!
Hola, ¿hay alguien ahí?
lunes, 20 de septiembre de 2010
Uni-verso nº 2. Jesús Madroñal.

Uni-verso nº 2. Jesús Madroñal
Soy la viva imagen de mi peor enemigo.
El metro se queja en cada curva,
rechinando grave, acusando las heridas
que la pluma causa sobre el papel.
Alzo la mirada en el túnel, a oscuras,
el cristal arroja el reflejo de mi enemigo,
el que se dedica a sabotearme
a diario tentándome a no escribir
ni una sola letra,
el practicante de seppuku
a completas sabiendas de que es a mi
a quien convierte en ceremonial cadaver.
Él, me mira con rostro siempre cansado,
me incita a detenerme en esta línea.
Y yo, bajo la mirada,
concluyo el poema.
Comienzo el siguiente.
19-9-2010
jueves, 16 de septiembre de 2010
Tatuaje.

Tatuaje
Ella era un torso en blanco
pulido en la oscuridad de sus madrugadas,
un curvado símbolo de interrogación
con el que escalaba cumbres
o en el que se ahorcaba según el día.
Era una dubitativa intermitencia,
ahora si,
ahora no,
ahora respiro,
ahora me asfixio en una vana inexistencia.
Ella era bella sin saberlo,
era observada, una guía, un faro
para los marineros perdidos,
mas se empeñaba en mirarse el ombligo
a todas horas cuestionándose
si la vida era premio o castigo.
Y es ambas cosas, o solo una,
la que se elige,
la que se escribe sobre la piel.
14-9-2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Añorando.

Añorando
Lo juro,
con la mano sosteniendo un nacho
sweet chilli empapado en picante salsa
de jalapeños.
Estoy echando de menos
los frijoles, las enchiladas,
aquellas endiabladas mezclas rojas y verdes,
los chilaquiles, el pollo con negro mole,
poblano, siempre poblano.
El placer en cada bocado,
las quejas de mi estómago,
seguir devorando y disfrutando.
Las tortitas de maíz con carne árabe,
aquella primera cena,
y aquel par de quesadillas
de última cena,
esas también, por supuesto.
Por echar de menos echo de menos
hasta la ración de cactus con tequila
que me zampé en Teotihuacán
…
(ahora sé lo que me sentó mal).
El agua de tamarindo con mucho hielo
servido en copa grande
a orillas del Pacífico,
aquello sin nombre que desayunaba
y que también picaba, como todo.
Aquellos otros platos callejeros
cuyos nombres jamás aprendí.
Lo delicioso no los necesitaba.
Me quedé, eso sí,
con ganas de catar el burrito
y el sushi,
me dijeron que allá era excelente.
Apuré entonces mi tiempo a grandes tragos,
ahora, repatriado a la cotidianidad de mis jornadas,
añoro mucho más de lo que imaginas.
7-9-2010
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