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domingo, 11 de julio de 2010

Diario del centinela, capítulo XVIII: La secta.


Estando en una de mis sesiones privadas de entrenamiento básico me llamaron a los aposentos del capitán. Allá me esperaba él y su barbero (?). Mientras el barbero me dejaba sin mi crecida barba el capitán me explicaba los detalles de mi próximo cometido. Los centinelas solo obedecen órdenes, teniendo muy poco margen para su propio juicio. A medida que uno va subiendo de rango va subiendo también en libertad de acciones y movimientos. Precisamente esta libertad conlleva también una tarea que yo debía aprender, la prevención de conflictos. Toda acción de un centinela es siempre a posteriori, tratar de detener el conflicto una vez que ya ha comenzado. ¿Pero no sería mejor que dichos conflictos nunca sucediesen?

Era una prueba que se me planteaba, descubrir si los rumores de fundación de una secta eran ciertos y en caso afirmativo infiltrarme y averiguar si era peligrosa. ¿Qué pretendía que hiciera, que me pusiera una capucha negra y le rezase a Satanás? Y además, ¿qué tipo de secta no era peligrosa? Antes de terminar de componer mi mirada de "es una broma, ¿no?" el capitán me dio las ordenes sin vacilación, partir al día siguiente a una ciudad próxima, a tres días de camino y hacerme pasar por Íñigo de Oña, un comerciante del norte, dejando claro mi intención de establecerme allí de manera indefinida y me aprensión por los comerciantes judíos. Me acompañaría un cadete, pero solo hasta las proximidades de la ciudad, que no me vieran entrar con él.

De camino aquel cadete despejó las dudas de mi ignorancia. Una secta no tiene tan solo el sentido religioso y satánico que la Iglesia nos hacía ver. Una secta era de por si un grupo de personas con afinidades comunes, guiadas por un líder. En este caso era una secta de comerciantes la que se rumoreaba se había reunido en dicha ciudad, algo de lo más extraño dado que por lo general los comerciantes trabajaban solos o abiertamente se agrupaban en gremios, bien solo de comerciantes, bien conjuntamente con los artesanos. ¿Qué necesidad había de crear una secta de comerciantes y ocultarse? Entonces comencé a comprender mi cometido.

No tardé muchos días en recibir una invitación en la taberna, mientras criticaba la competencia desleal de los judíos. Se reunían una vez por semana al caer el sol, en unos almacenes extramuros. Había velas, pero nadie encapuchado. El líder era Durán de Mencía, el mismo que me había indicado el donde y el cuando. Ante todos me presentó y me hizo una serie de preguntas. Resultó fácil mentir, siempre lo es cuando se habla con enfado, enfado no fingido. La llave a mi inserción en aquella secta y elemento común a todos los miembros era su completo antisemitismo. Me enfadaba aquel comportamiento, dado que tan solo eran mercaderes como nosotros, un pueblo asustadizo cuyo barrio, la judería, lindaba con la alcazaba por el perpetuo miedo que tenían de ser atacados. Cierto era que algunos se habían comportado de manera abusiva en sus transacciones comerciales, pero yo también metido en mi papel y ninguno de los allí presentes podía tirar la primera piedra. Las acciones de unos pocos no podían servir para definir a muchos. Si así fuese ya podría haber afirmado que mi ciudad estaba llena de ladrones, basándome en los dos o tres rateros que diariamente trataban de sobrepasar corriendo las puertas cargando algo robado de los tenderetes del mercado.

Confirmé las sospechas por carta a mi capitán, había una secta de comerciantes de carácter antisemita, pero su peligrosidad era mínima, hablaban de negocios comunes, insultaban a los judíos y se reían de las bromas que les gastaban, ocultarles la mercancía en algún momento de despiste o asustar a alguno de sus clientes en el momento de la compra, nimiedades infantiloides.

Me llegó una carta del capitán. Mi nueva orden era exaltarles, caldear los ánimos y ver si con el impulso adecuado serían capaces de cometer alguna estupidez o si todo su antisemitismo era tan solo de boquilla. Era preferible la segunda opción, que fueran incapaces de hacer nada y que aquella secta solo fuera por darle a sus reuniones de negocios un tinte elitista y privado carácter. Un par de puñetazos en la mesa, una máscara de odio como rostro y unas cuantas palabras en privado con Durán sirvieron para iniciar un plan de soborno a los guardias de la alcazaba, rearme, y contratación de sicarios para un genocidio en la judería. La víspera de la matanza medio millar de soldados rodearon y asaltaron el almacén donde estábamos preparándonos y dándole las órdenes a los sicarios. No hubo resistencia. A Durán y a mi nos identificaron como cabecillas y el  capitán al mando ordenó enviarnos directamente a otra ciudad para evitar cualquier intento de fuga.

En el camino de vuelta a mi ciudad, Durán no paraba de quejarse de haberme hecho caso. Yo guardaba silencio. A la llegada el capitán leyó los cargos contra nosotros y dictó la inmediata ejecución de Íñigo de Oña, el instigador. A Durán le encerraron en el más aislado calabozo, a la espera de recibir órdenes de su ciudad de origen. Al amanecer un golpe de hacha acabó con Íñigo de Oña. Los oficiales almorzamos calabaza aquel día.


Boing.

Quizás todo tenía que ser así,
nacer de rebote,
crecer rebotando,
seguir rebotando...

11-7-2010
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sábado, 10 de julio de 2010

Jaque.




Jaque

Jaque,
de nuevo,
tranquilo,
no te precipites.
No es mate.
Piensa...

Este mundo bicolor
tiene sesenta y cuatro casillas,
no una, la negra, en la que tu rey
aguanta a duras penas todos los envites,
tu monarca de coloradas mejillas,
por timidez y por hostias,
porque quiere o porque no se entera
te reitero mi consejo:

Da un paso adelante,
rompe tus resistencias y avanza,
el campo de batalla tiene tu nombre.

21-4-2010
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viernes, 9 de julio de 2010

Solo para fumadores (4).

Hora de hablar de Panchito.

Fue en esa época que conocí a Panchito y pude disfrutar durante un tiempo de los cigarrillos más largos que había visto en mi vida, gracias al amigo más pequeño que he tenido. Panchito era un enano y fumaba Pall Mall. Que fuera un enano me parece quizás exagerado, pues siempre tuve la impresión de que crecía conforme lo frecuentaba. Lo cierto es que lo conocí desnudo como un gusano y en circunstancias melodramáticas. Un amigo me invitó a cocinar a su estudio y cuando llegué encontré la puerta entreabierta y en la cama un bulto cubierto con las sábanas. Pensé que era mi amigo que se había quedado dormido y para hacerle una broma jalé las sábanas de un tirón gritando "¡Pólice!". Para mi sorpresa, quien quedó al descubierto fue un cholo calato, lampiño y minúsculo que, dando un salto agilísimo, se puso de pie y quedó mirándome aterrado con su carota de caballo. Cuando lo vi desviar la vista hacia el cortapapel toledano que había en la mesa de noche fui yo el que me asusté, pues un hombre calato, por indefenso que parezca, se vuelve peligroso si se arma de un punzón. "¡Soy amigo de Carlos!", exclamé. A buena hora. El hombrecito sonrió, se cubrió con una bata y me estiró la mano, justo cuando llegaba Carlos con la bolsa de provisiones. Carlos me lo presentó como a un viejo pata que había alojado por esa noche mientras encontraba un hotel. Panchito entretanto había sacado de bajo la cama dos voluminosas maletas. Una desbordaba de ropa muy fina y la otra de botellas de whisky y de cartones de una marca de cigarrillos desconocida entonces en Francia: Pall Mall. Cuando me estiró el primer paquete de los primeros king size que veía me di cuenta de que Panchito era menos pequeño de lo que suponía.
A partir de ese día Panchito, yo y los Pall Mall formamos un trío inseparable. Panchito me adoptó como su acompañante, lo que equivalía a haberme extendido un contrato de trabajo que asumí con una responsabilidad profesional. Mi función consistía en estar con él. Caminábamos por el barrio Latino, tomábamos copetines en las terrazas de los cafés, comíamos juntos, jugábamos una que otra partida de billar, rara vez entrábamos a un cine, pero sobre todo conversábamos a lo largo del día y parte de la noche. Él corría con todos los gastos y al despedirse me dejaba algunos billetes en la mano e, invariablemente, una cajetilla de Pall Mall. 
A pesar de tan estrecho contacto, yo no sabía realmente quién era Panchito y a qué se dedicaba. De mis largas conversaciones con él saqué en limpio muchas cosas pero no las suficientes como para adquirir una certeza. Sabía que su infancia en Lima fue pobrísima; que de joven dejó el Perú para recorrer casi toda América Latina; que le encantaba vestirse bien, con chaleco, sombrero, zapatos Weston de tacos muy altos (por lo cual la primera vez que salimos juntos me pareció que había dado un pequeño estirón); que el oro lo fascinaba, pues eran de oro su reloj, su lapicero, sus gemelos, su encendedor, su anillo con rubí y sus prendedores de corbata; que odiaba a las fuerzas del orden y hacía lo indecible para volverse transparente cada vez que pasaba un policía; que el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo de su pantalón era aparentemente inagotable; que a medianoche desaparecía en las sombras con rumbo desconocido, sin que nadie supiese dónde se albergaba. 
Con el tiempo algunos de mis amigos lo conocieron y formaron en torno de él un cortejo de artistas mendicantes que habían encontrado amparo en un enigmático cholo peruano. A Panchito le encantaba estar rodeado por estos cinco o seis blanquitos miraflorinos, hijos de esa burguesía peruana que lo había menospreciado, y a los que daba de comer, de beber y de vivir, como si encontrara un placer aberrante en devolver con dádivas lo que había recibido en humillaciones. A Santiago le pagó sus cursos de violín, a Luis le consiguió un taller para que pintara, y a Pedro le financió la edición de una plaqueta de poemas invendible. Panchito era así, entre otras cosas un mecenas, pero que no aceptaba nada de vuelta, ni las gracias. 
Uno de los últimos recuerdos que guardo de él, antes de su desaparición definitiva, ocurrió una noche invernal, eléctrica y viciosa. Pasada la medianoche quedábamos Panchito, Santiago y yo tomando el vino del estribo en el mostrador del Relais de l'Odeon. Cerraban el bar, éramos los últimos clientes, los mozos ponían las sillas sobre las mesas y barrían las baldosas. En el espejo del bar vimos tres siluetas inmóviles en la calzada: tres árabes cubiertos con espesos abrigos negros. Santiago nos contó entonces que días atrás, en ese mismo bar, un árabe había intentado manosear a una francesa y que él, movido por un sentimiento incauto de justiciero latino, salió en su defensa y se lió a puñetazos con el musulmán, poniéndolo en fuga luego de romperle una silla en la cabeza, dentro de la mejor tradición de los westerns. Puesto que de films se trata, estábamos viviendo ahora un film policial, ya que, según Santiago, uno de los tres árabes que estaban en la calzada era aquel al que derrotó y que se alejó jurando venganza. Pues ahora estaba allí, en esa noche solitaria e inclemente, acompañado por dos secuaces, esperando que saliéramos del bar para cumplir su vendetta. ¿Qué hacer? Santiago era alto, ágil y buen peleador, pero yo un intelectual esmirriado y Panchito un peruano bajito con sombrero y chaleco. ¿Cómo enfrentarse a esos tres hijos de Alá, armados posiblemente de corvas navajas? "Salgamos tranquilamente", dijo Panchito. Fue lo que hicimos y nos encaminamos por el centro de la pista desierta y lóbrega hacia la rue De Buci. A los cincuenta metros volvimos la cabeza y vimos que los tres árabes, con las manos en los bolsillos de sus abrigos  peludos, aceleraban el paso y se acercaban. "Sigan no más ustedes", dijo Panchito, "yo les doy el alcance después". Santiago y yo continuamos nuestro camino y un trecho más allá nos detuvimos para ver qué pasaba. Vimos entonces que Panchito, de espaldas a nosotros, parlamentaba con los tres musulmanes que, a su lado, parecían tres sombrías montañas. En la mano de uno de ellos refulgió un cuchillo pero, lejos de amedrentarse, Panchito avanzó y sus contrincantes dieron un paso atrás y luego otro y otro, a medida que se iban empequeñeciendo y Panchito agrandando, hasta que al fin se esfumaron en la oscuridad y desaparecieron. Panchito volvió calmadamente hacia nosotros, encendiendo en el trayecto uno de sus larguísimos Pall Mall. "Asunto arreglado", dijo echándose a reír. "Pero, ¿qué has hecho?", le preguntó Santiago. "Nada", dijo Panchito y al poco rato añadió: "Toca", y se señaló el abrigo, a la altura del tórax. Santiago y yo tocamos su abrigo y sentimos bajo la tela la presencia de un objeto duro, alargado e inquietante. 

Días más tarde Panchito desapareció, sin preaviso. Lo esperé durante horas en el café Mabillón, donde diariamente nos dábamos cita antes del almuerzo para tomar el primer aperitivo y emprender una de nuestras largas y erráticas jornadas. Fui a ver a mi amigo Carlos, quien me dijo ignorar dónde estaba. "Ya lo sabrás por los periódicos", agregó sibilinamente. Y lo supe, pero años después, cuando trabajaba en una agencia de prensa, encargado de seleccionar y traducir las noticias de Francia destinadas a América Latina. De Niza llegó un télex con la mención "Especial Perú. Para transmitir a los periódicos de Lima". El télex decía que un delincuente peruano, Panchito, fichado desde hacía años por la Interpol, había sido capturado en los pasillos de un gran hotel de la Costa Azul cuando se aprestaba a penetrar en una suite. Recordé que para su mamá y hermanos, a quienes enviaba regularmente dinero a Lima, Panchito era un destacado ingeniero con un importante puesto en Europa. Haciendo una bola con el télex lo arrojé a la papelera.

El próximo viernes. ¿Cómo fumaba Julio Ramón Ribeyro en Alemania?

miércoles, 7 de julio de 2010

ArtSalud V - Angeles García - Desirée Morales

COLORES POBLANOS

Colores, colores en todo su esplendor dominan el espacio
Colores primarios en un segundo plano, y al frente,
El frescor del agua que fluye de la fuente,
Matiza y mitiga el calor del color.

Colores, calor, agua, fuente y vida; Puebla.


Poema de Desirée Morales.

martes, 6 de julio de 2010

Deber cumplido.

Deber cumplido

Me veis llegar con el gesto sombrío,
las manos rojas, la sangre
aún resbala por mis dedos, gotea
y mancha el suelo, indica la senda
desde vuestras miradas de asco
a la carnicería de la que provengo.
Si, lo admito sin pudor ninguno,
he empuñado el más afilado acero,
abierto profundos tajos en carne humana,
he visto visceras, incluso huesos,
y lo he he hecho con orgullo,
muy a pesar de vuestras muecas.
Vuestro desdén y desprecio, vuestras opiniones
todas me importan una soberana mierda.
Yo he cumplido con mi deber.
Su corazón late...

Que para algo soy médico.

11-4-2010
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lunes, 5 de julio de 2010

Recitando un poema de Julio López Cid.



¿Qué conviene a este otoño...?
De una vez para siempre,
desechadas las viejas,
solapadas ternuras,
partir sin rumbo, andar,
andar, andar sin tregua, sin desmayo
-no desandar jamás-,
hasta que atardecidos
al cabo los caminos,
ya a tientas, continúen
para siempre soñandose, soñandonos...

Y allí, en ninguna parte,
porque a ninguna parte íbamos,
encender nuestra hoguera
frente al muerto crepúsculo,
luego, como despojos,
cual míseros harapos,
tender los viejos sueños,
los entrañables sueños consabidos
-allí, en ninguna parte,
porque a ninguna parte íbamos-
y en torno al gran fuego
conversar melancólicos
mientras pasan las horas,
mientras la noche avanza y, a la par,
piadoso va el gran fuego consumiendo,
consumiéndolo todo:
los días y los años,
los siglos, los segundos...,
proyectando -mas ¿dónde?- nuestras sombras,
nuestras póstumas sombras,
sombras de nadie ya.


Poema de Julio López Cid, de su obra El Río, pág. 69, Editorial Duen de Bux S.L., colección La Letrería, 2008.
Gracias a Saray Pavón por grabarme aquel día y por el libro.

viernes, 2 de julio de 2010

Solo para fumadores (3).

En esta ocasión el relato es un tanto corto, pero tuve que hacerlo porque si de lo contrario habría tenido que acortarlo en el momento menos adecuado. El próximo viernes entra el gran Panchito...

Días más tarde erraba desesperadamente por los cafés del barrio latino en busca de un cigarrillo. Había comenzado el verano, cruel verano. Todos mis amigos o conocidos, por pobres que fuesen, habían abandonado la ciudad en auto-stop, en bicicleta o como sea rumbo a la campiña o a las playas del sur. París me parecía poblado de marcianos. Al llegar la noche, con apenas un café en el estómago y sin fumar, estaba al borde de la paranoia. Una vez más recorrí el  boulevard  Saint-Germain, empezando por el Museo Cluny, en dirección a la Plaza de la Concordia. Pero en lugar de inspeccionar las terrazas atestadas de turistas, mis ojos tendían a barrer el suelo. ¡Quién sabe! A lo mejor podía encontrar un billete caído, una moneda. O una  colilla. Vi algunas, pero estaban aplastadas o mojadas, o pasaba en ese momento gente y un resto de dignidad me impedía recogerlas. Cerca de media noche estaba en la Plaza de la Concordia, al pie del obelisco, cuya espigada figura no tenía para mí otro simbolismo que el de un gigantesco cigarro. Dudaba entre seguir mi ronda hacia los grandes boulevares o si regresar derrotado a mi hotelito de la rue De la Harpe. Me aventuré por la rue Royal y del Maxim’s vi salir a un caballero elegante que encendía un cigarrillo en la calzada y despachaba al portero en busca de un taxi. Sin vacilar me acerqué a él y en mi francés más correcto le dije: "¿Sería usted tan amable de invitarme un cigarrillo?". El caballero dio un paso atrás horrorizado, como si algún execrable monstruo nocturno irrumpiera en el orden de su existencia y pidiendo auxilio al portero me esquivó y desapareció en el taxi que llegaba. 
Un flujo de sangre me remontó a la cabeza, al punto que temí caerme desplomado. Como un sonámbulo volví sobre mis pasos, crucé la plaza, el puente, llegué a los malecones del Sena. Apoyado en la baranda miré las aguas oscuras del río y lloré copiosa, silenciosamente, de rabia, de vergüenza, como una mujer cualquiera.

Este incidente me marcó tan profundamente, que a raíz de él tomé una determinación irrevocable: no ponerme nunca más, pero nunca más, en esa situación de indigencia que me forzara a pedirle cigarrillos a un desconocido. Nunca más. En adelante debía ganar mi tabaco con el sudor de mi frente. Sabía que estaba viviendo un período de prueba y que vendrían mejores tiempos, pero por el momento me lancé como un lobo sobre la menor ocasión de trabajo que se me presentó, por duro o desdeñado que fuese y al día siguiente estaba haciendo cola ante la oficina de ramassage de vieux  jorneaux y me convertí en un recolector de papel de periódico. 
Fue el primer trabajo físico que realicé y uno de los más fatigosos, pero también uno de los más exaltantes, pues me permitió conocer no solo los pliegues más recónditos de París, sino aquellos más secretos de la naturaleza humana. A cada cual nos daban un triciclo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edificio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los "pobres estudiantes", hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con lluvia, por calles planas o calles empinadas. Conocí barrios lujosos y barrios populares, entré a palacetes y buhardillas, me tropecé con porteras hórridas que me expulsaron como a un mendigo, viejitas que a falta de periódicos me regalaron un franco, burgueses que me tiraron las puertas en las narices, solitarios que me retuvieron para que compartiera su triste pitanza, solteronas en celo que esbozaron gestos equívocos e iluminados que me propusieron fórmulas de salvación espiritual. 
Sea como fuese, en diez o más horas de trabajo lograba reunir el papel suficiente para pagar cotidianamente hotel, comida y cigarrillos. Fueron los más éticos que fumé, pues los conquisté echando el bofe, y también los más patéticos, ya que no había nada más peligroso que encender y fumar un pitillo cuando descendía una cuesta embalado con trescientos kilos de periódicos en el triciclo. 
Por desgracia, este trabajo duró solo unos meses. Quedé nuevamente al garete, pero fiel a mi propósito de no mendigar más un cigarrillo me los gané trabajando como conserje de un hotelucho, cargador de estación ferroviaria, repartidor de volantes, pegador de afiches y finalmente cocinero ocasional en casa de amigos y conocidos.