jueves, 16 de agosto de 2012

Oaxaca, siete de agosto del 2010.

Rosa del desierto

Oaxaca, siete de agosto del 2010.

La tormenta prácticamente se había tragado ya todo el cielo. Quedaba tan solo un jirón azul en levante, que no tardaría en ser fagocitado por la gricisitud. La tormenta comenzó su lacrimoso recital. En pocos minutos le acompañaría su eléctrica ira. Sasha y Tikal ya se habían refugiado bajo el amplio techo de hojalata. Sasha, la pequeña beagle, aún me ladraba desde la distancia cada vez que me acercaba al amplio ventalón de mi recamara. Aún no se había acostumbrado a mi presencia.

Miré al muro de enfrente. Ya no había cuervos. Acababa de terminar un poema sobre los colibríes que se suponía debía haber y los cuervos que parecían estar vigilándome. Me giré para regresar a la cama. De reojo me pareció ver una pequeña ave azul... imaginaciones mías, supongo. Me senté en la cama cruzando ambas piernas y apoyé el cuaderno sobre ellas. Tenía un escritorio, una máquina de coser plegable en realidad, para dar rienda suelta a mi taciturno y solitario oficio de escritor, pero daba a una pared con la imagen de la Virgen de Guadalupe, no muy inspirador. La tormenta arreció. Yo prefería estar sentado sobre la cama de cara al ventalón, disfrutando tras la incierta inseguridad de un cristal del espectáculo que la Naturaleza me proporcionaba, escribir bajo la tormenta, de la tormenta, con la tormenta...

El motor del refrigerador me asustó, siempre lo hacía, tanto cuando arrancaba como cuando cesaba. Había uno de un metro de altura, viejo, ronco y molesto en aquella habitación de invitados. Había arrancado y distorsionaba con su ruido el magnífico concierto de incesantes truenos. Alcé la mirada desde el cuaderno a la ventana, nuevamente asustado. Oía golpes en ella. Por un momento temí que fuera granizo. Las sirenas empezaron a sonar, yendo y viniendo desde y a todas partes. Me paré a pensar que seguramente allá no conocían el granizo y sus devastadores efectos. No se les habría ocurrido tener en sus casas tantas y tan amplias ventanas de fino cristal. De existir el granizo en aquellas latitudes los cristaleros serían multimillonarios, aunque a juzgar por la ingente cantidad de vidrio empleado no debían precisamente estar hundidos en la miseria. De seguro que trabajo no les faltaba.

Oí ladridos. Me asomé. Tikal estaba hecha un ovillo bajo una hamaca de plástico blanco. Sasha se había acurrucado a tres metros de Tikal. No habían sido ellas. El perro de los vecinos siguió ladrando un poco más y calló. Revisé la ventana, que estuviera bien cerrada. Notaba frío a su vera.... rocé el cristal con la yema de los dedos... puro hielo. Resultaba incómoda pero soportable aquella frialdad y algo había en ella que me atraía. Revisé por enésima vez el poema recién escrito pero la luz era un bien que escaseaba. Prendí la lámpara de la mesilla de noche y regresé al catre. De retorno al candor de mi edredón recordé que mi anfitrión me tenía por friolento en lugar de friolero. Sonreí, me hacía gracia la expresión a la par que avivaba mi duda de si realmente existía dicha acepción o era, como yo suponía, una invención de su subconsciente. Friolento1 me hacía imaginarme como un lentorro para notar cuando hacía frío o como un ser violento en reacción a la gelidez, una especie de Yeti iracundo clamando por una manta. Un relámpago cercano iluminó la página que estaba leyendo...

Seguía lloviendo. El cielo, cubierto de nubes, pero había más claridad a pesar de que estaba atardeciendo. Otra sirena, tan lejana que no sabía como había sido capaz de sentirla. El abeto del vecino había dejado de balancearse. Con suerte tendríamos una noche tranquila. Lo pensaba más bien por el resto de habitantes de la casa. Yo siempre había tenido un sueño pétreo, ni terremotos ni tormentas habían conseguido nunca extraer mi consciencia de los profundos abismos oníricos en los que me sumergía cada noche. El cuaderno volvió a iluminarse. Los truenos ya sonaban con menor frecuencia pero cada vez más fuertes, más cercanos. Las alarmas de coches y empresas cercanas saltaban aleatoriamente. Miré a la izquierda, a la maquina de cos... al escritorio. Sobre ella había dejado una rosa del desierto que había comprado aquella misma tarde. Era difícil hallarlas mi tierra natal y aproveché para comprar un par de ellas a buen precio. Siempre había tenido antojo de una de ellas, para emplazarla en mi escritorio, junto a la reproducción del escriba sentado egipcio, cuya postura imitaba desde hacía rato. Además era buena manera de llevarme un pedacito de México, arena de alguno de sus desiertos cristalizada por la acción fulminante de un rayo. Me resultaba curioso tenerla cerca bajo una tormenta. Tendría que acostumbrarme.

Me resultaba también sumamente importante tenerla visible y presente. Era una metáfora y una lección que no debía volver a olvidar jamás. Al tacto y a la vista parecía una vistosa piedra ajada, en realidad, cristal impuro, aún con el color de la arena de la que provenía. Su mera presencia me decía que nunca nada es lo que parece.

Parecía amor la causa de que mis vacaciones estuviesen transcurriendo a nueve mil kilómetros de distancia de mi hogar, pero no lo era. Ella, hija de mis anfitriones, era mi razón para haber hecho trizas el tiempo y el espacio, por amor... pero ya se sabe, la historia de mi vida “te quiero, pero solo como amigo” y en realidad tratándome con tanta indiferencia como jamás lo haría ninguna de mis amistades. Seguía mirando la rosa del desierto. Era el recuerdo perfecto para aquel viaje. Sonreía felizmente, no había tristeza ni resentimiento en mis pensamientos ni en mi corazón. Ya se sabe, la historia de mi vida... mas esta vez venía bien preparando cualquier adversidad.

La anfitriona golpeó la puerta con los nudillos llamándome para cenar. Todos eran corteses en extremo, nunca entraban en mi recámara y nunca me decían nada desde el otro lado de la puerta sin delatar su presencia antes. Le contesté que bajaría en un minuto. Tras la ventana la tormenta había amainado. No había descargas, tan solo una lenta y tímida lluvia. Recordé y me pareció lejana la época en la que empatizaba con la lluvia, entristecía con ella, mas ya no. Mientras cerraba la puerta tras de mi le eché un último vistazo de reojo a aquella escultura cristalina, aquel pequeño homenaje a mi enésimo fracaso sentimental. Me pareció por un instante que había adquirido un tono rojizo...

Imaginaciones mías, supongo...
Safe Creative #1208152124493



1 Pues sí, existe:

friolento, ta.
(De frío y -olento, según modelos como vinolento y violento).

1. friolero.

friolero, ra.
(De frior y -ero, con disimilación de r).

1. adj. Muy sensible al frío.
2. f. Cosa de poca monta o de poca importancia. U. m. c. antífrasis.
3. f. irón. Gran cantidad de algo, especialmente de dinero.
4. f. ant. Frialdad, cosa falta de gracia.

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