martes, 23 de agosto de 2011

Fragmento de 1Q84.

De vez en cuando en mis lecturas me encuentro con pequeños fragmentos que me llaman la atención, en este caso por el detallismo de la descripción y la mala baba que se gasta el autor en estos tres parrafos.

Ushikawa era un hombre de baja estatura, que aparentaba unos cuarenta y cinco años. Su torso había perdido todo estrechamiento en la cintura, era gordo, y la grasa se le acumulaba alrededor del cuello. Pero, en cuanto a la edad, Tengo no estaba completamente seguro, puesto que la singularidad de sus rasgos (o la rareza) dificultaba captar los elementos que permitían deducir su edad. Parecía mayor y parecía más joven. Aunque se nos dijera que tenía entre treinta y dos y cincuenta y seis años, no nos quedaría más remedio que aceptarlo. Tenía la dentadura en mal estado y la columna un tanto combada. Su gran coronilla, chata de un modo poco natural, estaba clava, y, alrededor, la cabeza parecía deforme. La forma achatada le recordaba a Tengo un helipuerto militar construido en lo alto de una pequeña colina estratégica. Lo había visto en una documental sobre la guerra de Vietnam. Los gruesos pelos rizados de color negro que le quedaban, aferrados alrededor de la cabeza chata y deforme, se extendían más de lo necesario cubriéndole las orejas sin ton ni son. La forma de aquel cabello probablemente haría pensar, a noventa y ocho de cada cien personas, en un pubis. Qué les evocaría a las otras dos personas no le incumbía a Tengo.
Por la fisonomía y las facciones de aquel personaje, se diría que era completamente asimétrico. Fue lo primero que Tengo advirtió cuando lo vio. Es cierto que todas las personas son asimétricas en mayor o menor medida, así que no contravenía las leyes de la Naturaleza. Su propios párpados, el izquierdo y el derecho, tenían una forma un tanto diferente el uno del otro. El testículo izquierdo le colgaba un poco más abajo que el derecho. Nuestros cuerpos no son productos elaborados en masa en una fábrica, siguiendo un mismo patrón. Pero la asimetría en el caso de aquel hombre sobrepasaba los límites de lo razonable. El desbarajuste de proporciones que cualquiera podía captar con claridad irritaba forzosamente y provocaba malestar a quien se ponía frente a él. Era como colocarse delante de un espejo totalmente torcido (y, a pesar de ello, de una nitidez repugnante).
El traje gris que llevaba estaba lleno de pequeñas arrugas. Traía a la mente la imagen de una planicie erosionada por un glaciar. Una parte del cuello de la camisa se le salía del traje y el nudo de la corbata estaba torcido, como si se contorsionara por el desagrado de tener que estar allí. Tanto el traje como la corbata y la camisa eran, cada uno, de una talla diferente. El diseño de la corbata podría ser una descripción sensorial de unos fideos sōmen* estirados y embrollados realizada por un estudiante de arte desmañado. Todos parecían artículos comprados en tiendas baratas para salir del paso. Sin embargo, al observarlo durante un buen rato la ropa que vestía producía progresivamente una sensación de lástima. Tengo era de los que casi no prestaba atención a la ropa que él mismo llevaba, pero se fijaba en cómo iban vestidos los demás. Si tuviera que elegir a las personas peor vestidas de entre toda la gente que había conocido durante los diez últimos años, aquel hombre formaría parte de la considerablemente breve lista. No se trataba sólo de que fuera mal vestido, sino que además daba la impresión de que estaba profanando a propósito la idea de la moda en sí misma.


* Fideos de harina de trigo que se comen normalmente fríos. (N. del T.)

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