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viernes, 30 de julio de 2010

Solo para fumadores (7).

Este percance fue un anuncio que no supe escuchar ni aprovechar. Proseguí mi vida errante por diferentes ciudades, albergues y ocupaciones, dejando por todo sitio volutas de humo y colillas aplastadas, hasta que recalé nuevamente en París, en un departamento de tres piezas, donde pude reunir una colección de sesenta ceniceros. No por manía de coleccionista, sino para tener siempre a la mano algo en qué tirar puchos o cenizas. Había adoptado entonces el Marlboro, pues esta marca, que no era mejor ni peor que las tantas que había ya probado, me sugirió un juego gramatical que practicaba asiduamente. ¿Cuántas palabras podían formarse con las ocho letras de Marlboro? Mar, lobo, malo, árbol, bar, loma, olmo, amor, orar, bolo, etc. Me volví invencible en este juego, que impuse entre mis colegas de la Agencia France-Presse, donde entonces trabajaba. Dicha agencia, diré de paso, era no solo una fábrica de noticias sino el emporio del tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la de periodista. Y lo verifiqué, pues las salas de redacción, a cualquier hora del día o de la noche, eran espaciosos antros donde decenas de hombres tecleaban desesperadamente en sus máquinas de escribir, chupando sin descanso puros, pipas y pitillos de todas las marcas, en medio de una espesa bruma nicotínica, al punto que me pregunté si estaban reunidos allí para redactar las noticias o más bien para fumar.
Fue precisamente durante la era del Marlboro y de mi trabajo en la agencia que reventé. No es mi propósito establecer una relación de causa a efecto entre esta marca de cigarrillos y lo que me ocurrió. Lo cierto es que una tarde caí en mi cama y comencé a morir, con gran alarma de mi mujer (pues entretanto, aparte de fumar, me había casado y tenido un hijo). Mi vieja úlcera estomacal estalló y una hemorragia incontenible me iba evacuando del mundo por la vía inferior. Una ambulancia de estridente sirena me llevó al hospital en estado comatoso y gracias a transfusiones de sangre masivas pude volver a mí. Esto es horrible y no abundo en detalles para no caer en el patetismo. El doctor Dupont me cicatrizó la úlcera en dos semanas de tratamiento y me dio de alta con la recomendación expresa -aparte de medicinas y régimen alimenticio- de no fumar más.
¡No fumar más! Inocente doctor Dupont. Ignoraba con qué tipo de paciente se había encontrado. Dos meses más tarde, incorporado nuevamente a mi trabajo en la agencia de prensa, entre cientos de rabiosos fumadores, tiraba al canasto diariamente un par de cajetillas de Marlboro vacías. M-a-r-1-b-o-r-o. Mi juego gramatical se enriqueció: broma, robar, rabo, ola, romo, borla, etc. Esto puede tener gracia, pero así como nuevas palabras encontré, nuevas hemorragias tuve y nuevas ambulancias fueron llevándome al hospital, entre pitos y sirenas, para dejarme exánime ante los ojos horripilados del doctor Dupont. La ambulancia se convirtió en cierta forma en mi medio normal de locomoción. El doctor Dupont me devolvía siempre a casa reencauchado, después de jurarle que dejaría el cigarrillo y amenazándome que a la próxima renunciaría a paliativos y me metería cuchillo sin contemplaciones. Amenaza que me dejaba impávido, y la mejor prueba de ello es que a la cuarta o quinta entrada al hospital, me di cuenta de que para fumar no era necesario que me dieran de alta: bastaba sobornar a una enfermera menor para que me comprara un paquete. De Marlboro, naturalmente: lora, orla, ramo, ropa, paro, proa, etc. Lo tenía escondido en el guardarropa, dentro de un zapato. Dos o tres veces al día sacaba un cigarrillo, me encerraba en el baño, le daba varias pitadas frenéticas y pasaba sus restos por el water-closet.
Diré para mi descargo que lo que contribuyó a echar por tierra mis buenos propósitos y en consecuencia fortaleció mi vicio fue una visión fugaz pero definitiva que tuve en el hospital. El doctor Dupont, por buen especialista que fuese, ocupaba solo un rango intermedio entre los gastroenterólogos del local. En la cúspide se encontraba el patrón doctor Bismuto, que había llegado a esa situación posiblemente gracias a su apellido profético. El doctor Bismuto solo se ocupaba de casos extremadamente importantes. Pero como el mío estaba a punto de convertirse en uno de ellos, el buen Dupont obtuvo el privilegio de que me hiciera una visita. Me la anunció con gran solemnidad y minutos antes de la hora prevista vino una enfermera mayor para verificar que todo estuviera en orden. Poco después la puerta se entreabrió y en fracciones de segundo distinguí a un señor alto, escuálido y canoso que en un acto furtivo digno de un prestidigitador se quitaba un cigarrillo de los labios, lo apagaba en la suela de su zapato y guardaba la colilla en el bolsillo de su mandil. Creí que estaba soñando. Pero cuando el mandarín se acercó a mi cama, rodeado de su séquito de internos y enfermeras, noté en sus bigotes amarillentos y en sus larguísimos dedos marrones la marca infamante del fumador.

jueves, 29 de julio de 2010

Terror.



Terror

Terror,
el pulso se enlentece
o se acelera a medida
que van brotando las palabras
tensas y cargadas de mi historia.
Narro observando la creciente palidez,
el temor va poseyendo tu rostro
mas no apartas los sentidos, fijos
en cada sílaba, cada gesto,
cada silencio en suspensión,
cada detalle de esta pavorosa historia.
Tiemblas, junto a la hoguera
crepita la llama, se desvanece...

Termino mi relato,
a oscuras,
solo...

5-2-2010
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miércoles, 28 de julio de 2010

ArtSalud VIII - Edgar Fibela.




Límite

Aquella ventana, mi límite,
allá a mi alma requerían tributo,
el legítimo pago por paso de aduana.
Tímidamente me asomaba,
contemplaba el cielo plomizo, muerto,
la calle, vacía, muerta,
cubierta de inerte asfalto
y, de regalo, un fondo
de árboles sin hojas, muertos.
Retrocedía con la cartera intacta.
Era un precio excesivo por solo muerte...
mas al rato regresaba a aquella ventana,
única ventana, última frontera,
replanteándome el valor de la vida.

2-4-2010
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lunes, 26 de julio de 2010

Si los muertos gritasen...

En un homenaje a Caballero Bonald en el teatro Lope de Vega de Sevilla un dirigente del Partido Comunista (cuyo nombre no me dio la gana anotar) nos dijo a los escritores (sin mirarnos a los de la tercera fila) gracias a los que hacéis de la literatura un arma cargada de futuro.

Saqué mi bloc de notas y me lo apunté para este momento. Aún no tengo una poética escrita, y a lo mejor nunca la tendré dado mi carácter continuamente cambiante, pero siempre he tenido algunas ideas muy claras. Al releer y recordar esa frase me acuerdo de un poema de mi autor favorito (Miguel d´Ors) que dice y no versificando ni a la izquierda / ni debajo de nadie, ustedes me dirán (poema íntegro al final de estas líneas).

Lo tengo muy claro, mi arte va en una dirección muy clara y no se desvía a la izquierda ni a la derecha bajo ningún concepto. En ocasiones he zigzagueado por mero divertimento poético (o por asco político he arremetido), pero nada más, ligeros desmanes de juventud o espontánea locura. Mi aspiración es hacer de mi arte un arma cargada de futuro, y están mis versos poblados de espadas, no hay más que echar un vistazo, pasen y vean, el dantesco espectáculo de hojas bermejas que suelo ofrecer de tanto en tanto. Pero que quede perfectamente claro, que por si mismas las armas no son peligrosas, el factor peligro lo añade la mano que las blande. Considero que mi arte no debe ser blandido por cualquiera, sino principalmente por mi, y en segundo lugar por aquellos en los que deposito mi confianza. No se admite uso partidista de mis obras. En cada una de ellas hay un símbolo de derechos de autor que establece las condiciones en las que mi obra puede ser usada. Por lo general es una Creative Commons 3.0 Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada. Traducción: mis obras pueden ser copiadas y distribuidas libremente reconociéndome siempre como autor de ellas. No se permite hacer variaciones para saltarse esta licencia ni conseguir un lucro con ella. Añado ahora también esta condición a todas mis obras. Ningún signo político puede usarlas para sus fines, sean cuales sean, por muy nobles que puedan parecer.

Me asquea totalmente lo que están haciendo con autores como Antonio Machado o Miguel Hernández. Cada persona tiene sus preferencias políticas (yo tengo las mías, que hay mucho mundo más allá de las dos Españas), pero usar la parte poética de una persona con fines políticos me parece una absoluta abominación y una deshonra para todos los que escribimos. ¿Y cuando la extrema izquierda abandone estos parajes, qué? Luego tocará dedicar la Feria del Libro a Agustín de Foxá o a Camilo José Cela, creador este último de una revista literaria en 1956 precisamente con el mismo Caballero Bonald que recibió el homenaje del Partido Comunista.

Como bien dice el artista manriqueño Manuel Márquez se regalan tontos y cobardes por exceso de fabricación. Tontos, mezclando churras con merinas, ¿qué tendrán que ver sus creencias políticas con su capacidad artística? Cobardes, usando los nombres de quien no puede defenderse. Si los muertos gritasen...

Vivo, conmigo que no cuenten para ninguna bandera. Muerto, aún menos.



DONDE EL POETA SE DESPIDE DEFINITIVAMENTE DEL COTARRO

Adiós, adiós revistas, premios, antologías,
fulgores de El País y el Segundo Canal,
adiós generación del 70, divino
tesoro, te he perdido para nunca jamás.

Para ser comunista me falta la langosta
(que no es poco faltar)
y, como Don Antonio, tampoco soy un ave
de ésas (menudos pájaros) del nuevo gay trinar,
y no versificando ni a la izquierda
ni debajo de nadie, ustedes me dirán.

Adiós entonces, fama, adiós obras completas,
adiós escalinatas hacia Carlos Barral,
adíos muchachos, nunca compañeros
de mi vida (a Dios gracias −y gracias además
a los sabios consejos sobre las compañías
que me dio mi papá−).

Pero todos felices: la Poesía
y yo tendremos más intimidad,
y vosotros qué gozo: en la carpeta
de Félix Grande un poco menos de original
y un poco más de alfalfa en los amenos prados
del Parnaso local.

5-9-1982

sábado, 24 de julio de 2010

Ustedes y nosotros, de Mario Benedetti.


Ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual

ustedes cuando aman
calculan interés
y cuando se desaman
calculan otra vez

nosotros cuando amamos
es como renacer
y si nos desamamos
no la pasamos bien

ustedes cuando aman
son de otra magnitud
hay fotos chismes prensa
y el amor es un boom

nosotros cuando amamos
es un amor común
tan simple y tan sabroso
como tener salud

ustedes cuando aman
consultan el reloj
porque el tiempo que pierden
vale medio millón

nosotros cuando amamos
sin prisa y con fervor
gozamos y nos sale
barata la función

ustedes cuando aman
al analista van
él es quien dictamina
si lo hacen bien o mal

nosotros cuando amamos
sin tanta cortedad
el subconsciente piola
se pone a disfrutar

ustedes cuando aman
exigen bienestar
una cama de cedro
y un colchón especial

nosotros cuando amamos
es fácil de arreglar
con sábanas qué bueno
sin sábanas da igual.

viernes, 23 de julio de 2010

Solo para fumadores (6).


No es tan sencillo luchar contra la tentación...

En muchas ocasiones -es tiempo de decirlo- traté de luchar contra mi dependencia del tabaco, pues su abuso me hacía cada vez más daño: tosía, sufría de acidez, náuseas, fatiga, pérdida del apetito, palpitaciones, mareos y una úlcera estomacal que me retorcía de dolor y me forzaba a someterme regularmente a un régimen de leche y de abominables gelatinas. Empleé todo tipo de recetas y de argucias para disminuir su consumo y eventualmente suprimirlo. Escondía las cajetillas en los lugares más inverosímiles; llenaba mi escritorio de caramelos, para tener siempre a la mano algo que llevarme a la boca y succionar en vez del cigarrillo; adquirí boquillas sofisticadas con filtros que eliminaban la nicotina; tragué todo tipo de pastillas supuestamente destinadas a volvernos alérgicos al tabaco; me clavé agujas en las orejas bajo la sabia administración de un acupunturista chino.
Nada dio resultado. Llegué así a la conclusión de que la única manera de librarme de este yugo no era el empleo de trucos más o menos falaces sino un acto de voluntad irrevocable, que pusiera a prueba el temple de mi carácter. Conocía gente -poca es cierto y que siempre me inspiró desconfianza- que había resuelto de un día para otro no fumar y lo había conseguido.
Solo una vez tomé una determinación semejante. Me encontraba en Huamanga, como profesor de su universidad, que acababa de reabrirse luego de tres siglos de clausura. Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero luminoso. Los estudiantes, casi todos lugareños o de provincias vecinas, eran jóvenes ignorantes, serios y estudiosos, convencidos de que les bastaría obtener un diploma para acceder al mundo de la prosperidad. Pero no se trata de evocar mi experiencia ayacuchana. Volvamos al cigarrillo. Soltero, sin obligaciones y ganando un buen sueldo, podía surtirme de la cantidad de Camel que me diera la gana, pues había adoptado esa marca, quizás por la afinidad que existía entre el camello y las llamas y vicuñas que circulaban por el pueblo. Pero una noche, conversando y fumando con mis colegas en un café de la plaza de Armas, me sentí repentinamente mal. La cabeza me daba vueltas, tenía dificultades para respirar, sentía punzadas en el corazón. Me retiré a mi hotel y me tiré en la cama, confiado en que reposando me iba a recuperar. Pero mi estado se agravó: el techo se me venía encima, vomité bilis, me sentí realmente morir. Me di cuenta entonces de que eso se debía al cigarrillo, de que al fin estaba pagando al contado la deuda acumulada en quince años de fumador desenfrenado.
Era necesario tomar una decisión radical. Pero no solo tomarla -no fumar más- sino consagrarla con un acto simbólico que sellara su carácter sacramental. Me levanté de la cama tambaleante, cogí mi paquete de Camel y lo arrojé al terreno baldío que quedaba al pie de mi ventana. Nunca más, me dije, nunca más. Y desahogado por ese rasgo de heroísmo, caí nuevamente en mi cama y me quedé al instante dormido. Pasada la medianoche me desperté, recordé mi determinación de la víspera y me sentí no solo moralmente reconfortado sino físicamente bien. Tanto, que me levanté para consignar mi renuncia al tabaco en líneas que imaginé, si no inmortales, dignas al menos de una merecida longevidad. Escribí en realidad varias páginas glorificando mi gesto y prometiéndome una nueva vida, basada en la austeridad y la disciplina. Pero a medida que escribía me iba sintiendo incómodo, mis ideas se ofuscaban, penaba para encontrar las palabras, una angustia creciente me impedía toda concentración y me di cuenta de que lo único que realmente quería en ese momento era encender un cigarrillo.
Durante una hora al menos luché contra este llamado, apagando la luz para tirarme en la cama e intentar dormir, levantándome para poner música en mi tocadiscos portátil, bebiendo vasos y vasos de agua fresca, hasta que no pude más: cogí mi abrigo y decidí salir del hotel en busca de cigarrillos. Pero ni siquiera salí de mi cuarto. A esa hora no había nada abierto en Huamanga. Empecé entonces a revisar los bolsillos de todos mis sacos y pantalones, los cajones de todos los muebles, el contenido de maletas y maletines, en busca del hipotético cigarrillo olvidado, tirando todo por los aires y a medida que más infructuosa era mi búsqueda más tenaz era mi deseo. De pronto mi mente se iluminó: la solución estaba en el paquete que había arrojado por la ventana. Cuando me asomé a ella vi ocho o diez metros más abajo el terreno baldío vagamente iluminado por la luz de mi habitación. Ni siquiera vacilé. Salté al vacío como un suicida y caí sobre un montículo de tierra, doblándome un tobillo. A gatas exploré el desmonte alumbrado por mi encendedor. ¡Allí estaba el paquete! Sentado entre las inmundicias encendí un pitillo, levanté la cabeza y lancé la primera bocanada de humo hacia el cielo espléndido de Huamanga.

jueves, 22 de julio de 2010

Tiempo de matar.



Tiempo de matar

Es tiempo de matar,
de abrir herida y dejar que fluya toda,
toda la sangre se desboque salvaje,
arroye a la sedienta Parca.

Es hora de arremeter,
de abrir puertas, ampliar límites y horizontes,
apretar los dientes y remitir el temblor
allá donde flaquean corazón y rodillas.

Es el perfecto momento para morir,
infringirme letal herida y resucitar de nuevo,
reimaginarme una vez más,
cumplir el ritual previo a cada batalla.

18-7-2010
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