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miércoles, 4 de noviembre de 2009

Dos parrafos memorables.


A la hora de comprar libros reconozco que suelo ir a por lo seguro, a por algún libro que me hayan recomendado o cuyas reseñas haya ya leído y esté más o menos seguro de que me va a convencer. No me gusta arriesgarme en temas de libros. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando te regalan un libro? No suelen regalarme muchos, pero últimamente parece que me los regalan a mala leche, Best Sellers de supermercado que son auténtica morralla y que solía acabar regalando a las bibliotecas. Ahora me lo pienso mejor y para ahorrar sufrimientos innecesarios a posibles lectores los tiro al contenedor de basura más cercano.

Una de estas últimas lecturas fue El Cículo de los Escribas de Romain Sardou. Para empezar la portada es un poema (es un decir, ojalá fuera un poema, entonces tendría algo bueno), su simbolito de Best Seller que ya delata su ínfima calidad literaria y el subtítulo "por el autor de La Herejía y El peregrino del tiempo". Eso que no falte, hay que demostrar que uno no es novato, que ya se ha hecho un hueco en el mundo literario. Como el autor es francés el título original es Personne n´y échappera, que no sé que carajo significa (se agradece traducción, Babelfish dice Persona n´y escapará), io no parlo la barbara lingua, pero está claro que significará cualquier cosa excepto El Círculo de los Escribas, así que de entrada se huele una mala traducción al castellano. Sobre El Círculo de los Escribas, reuniendo de varios capítulos, se habla un total de cinco o seis páginas, son un grupo muy secundario y la narración marcha por otros derroteros, así que si así comienza la traducción de la novela...

Sin embargo, siempre se puede salvar algo. De las 366 páginas me quedo con dos parrafos, en los que se describe a dos personajes, cada uno visto desde los ojos del otro. Os lo dejo aquí para vuestro juicio (y para poder releerlos en el futuro después de haber quemado este libro):

Después de que hubiera cruzado la puerta, el profesor permaneció de pie, incómodo, sin saber qué postura adoptar. Observó a Sheridan, su impresionante estatura, sus magulladuras en el rostro, su autoridad natural, el abrigo que engrandecía aún más su silueta. Tenía las espaldas de un descargador o de un arponero de Nantucket. Sin duda, según las circunstancias, ese tipo debía de inspirar bien una formidable sensación de seguridad, bien un canguelo insoportable.
El polícia, por su parte, ya se había hecho su idea sobre el profesor. Franklin llevaba unos vaqueros claros y un jersey de cuello alto de color burdeos, con las mangas arremangadas y refuerzos de cuero en los codos. Las gafas y la barba de unas horas apenas le envejecían. El cabello, rubio y ondulado, le dibujaba una frente delicada, de ángel. El policía sintió que era inteligente, sin duda capaz de de defenderse cuando la situación lo requería; pero también curioso, atento a todo, lo que era un buen signo. La habitación estaba impecablemente ordenada, con método. También eso le agradaba.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Diario del centinela, capítulo X: cortando por lo sano.



En mi defensa diré que ya lo intenté todo. Será una excusa, una mentira. No lo he intentado todo, nunca se puede intentar todo, pero no soy un dios, no tengo una eternidad para probar todas las variables, y si fuera un dios tendría poder suficiente como para impedir que los problemas apareciesen, no me haría falta tratar de resolverlos.

Solo soy un humano, de tiempo y recursos limitados, un humano al que le han tocado los huevos sobremanera. En mi afán por tratar de ayudar a mi familia solo me he encontrado desprecio y oídos sordos. Pero no por parte de los que han causado esta situación, sino por parte de mi propia familia. Cada una de mis sugerencias ha caído en oídos sordos, y cada uno de mis movimientos ha sido frenado en seco. En cierto modo es natural, tienen a un soldado por hijo y esperan que en esta situación me limite a cumplir ordenes como he hecho siempre. Pero no, yo solo cumplo ordenes de mis superiores, de aquellos que reconozco como mis superiores y a los que he jurado lealtad. En este momento de la vida yo estoy en una posición mucho más elevada que ellos. Tengo ideas, tengo propuestas, tengo la voluntad de hacer algo y el poder para hacerlo... pero me atan las manos y me amordazan. ¿Cómo responder a tamaña estúpidez? Con una simple solución, de un solo tajo, cortar por lo sano, o más bien por lo enfermizo, cortarme las ataduras y todo hilo que alguna vez me uniera a ellos y largarme. ¿Para qué esforzarse en defender a quienes no desean ser defendidos? ¡Al infierno con ellos!

Mi capitán está al tanto de todo. Me ha acompañado junto con dos compañeros a recoger mis pertenencias en mi casa y las hemos trasladado al cuartel más próximo a la torre, donde ahora vivo con mis compañeros. Mi casa está ahora en venta y aunque ellos tienen la llave, que entren, solo encontrarán una casa vacía. Han venido a buscarme al cuartel, pero se les ha prohibido el paso como a todo civil, y a los pies de la torre, en la puerta, me comentan mis compañeros cuando suben a verme que se les ve merodear de vez en cuando por la zona y preguntar por mi. Está claro que no captan las indirectas, que no deseo volver a verlos. Tarde o temprano llegará el confrontamiento, no voy a pasarme toda la vida ocultándome en esta torre, regresando cada noche al cuartel disfrazado de clérigo, bajo un viejo hábito y una capucha. El enfrentamiento vendrá, pero esperaré un poco más, a que se me calme un poco el inmenso malestar que ahora siento y contratacar con la sangre más fría posible. Todo combate justo es aquel que se realiza en igualdad de condiciones, con las mismas armas... pues aprenderé a usar el frío contra su gélida frialdad.

Primero de noviembre, cortando... con todo aquello en mi pasado que solo me trae sufrimiento, incluso con partes de mi ser que no quiero volver a ver, automutilándome, esculpiéndome un corazón nuevo, una nueva mentalidad, menos permisiva con los que no me merecen.



Mascarada

De mi más funesta máscara
te hiciste una copia
de cuerpo entero,
para esconderte, no refugiarte,
no podrás jamás.

Porque tú eres su escudo,
y ella tu verdugo.

1-11-2008


N. del A.: El poema no tiene nada que ver con el tema. Lo escribí hace hoy justo un año y lo tenía oculto. Solo coincide con el tema en que lo escribí en un estado de malestar parecido al actual y que entonces también cortar pero con otro tema, más o menos parecido. Aquí queda el poema, para la que lo entienda.
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miércoles, 30 de septiembre de 2009

Diario del centinela, capítulo IX: confusión.

Ha sido un mes realmente confuso. Una sensación de caóticos eventos dedicados y destinados en exclusiva a sacudir mi vida de arriba a abajo. Por lo pronto mi padre estuvo un buen tiempo silente, sin saber qué hacer ni qué decir, más en su mundo, ensimismadado, que en este.

La situación no duró mucho. No diré que haya mejorado, sino que alguien tan hiperáctivo como siempre ha sido mi padre no iba a permanecer postrado sin hacer nada por mucho tiempo. Lo que me temo es que se haya puesto en pie para dar pasos equivocados. Para eso prefiero que siga acostado y descansando. Queda mucho camino por recorrer, para todos.

Mientras tanto, mientras llegan las soluciones al averno familiar, yo me reincorporé a mi puesto entre bostezos. Los primeros días fueron muy aburridos, poco transito de mercaderes por la Puerta Este, pocos problemas y demasiado charloteo con los compañeros. Poco a poco todo se ha ido animando, pero con problemas. Al parecer aquel problema diplomático en el norte ha afectado a nuestras armerías. Seguimos con nuestras armas reglamentarias, nuestras lanzas y nuestras espadas, pero ¡ay de romperlas o extraviarlas! No habrá sustitución. Tendríamos que buscarnos la vida para ir a comprarlas de nuestra propia paga. De flechas menos aún que hablar. Se acabaron las prácticas de tiro, ni siquiera para los que deberían estar entrenando como arqueros. Cuestan dinero y no hay, así que han recortado nuestros recursos, pero estoy seguro de que los gobernantes no han recortado sus banquetes. Por suerte mi carcaj está lleno y lo tengo bien guardado en la torre a disposición de cualquiera de mis compañeros que cumple guardia, como yo esta noche, que debería estar vigilando en vez de escribir. Paulo me guarda las espaldas. Sabe que me gusta disfrutar estos momentos de palabras y silencios encorvado ante el papel y guarda en silencio a sabiendas de que luego iré a su lado a compartir con él lo que me preocupa, o temas sin importancia para matar el tiempo mientras se acaba la noche o nos quedamos afónicos.

De todas manera, el tema de las flechas ya no me importa tanto, a pesar de que le había cogido cariño a mi vocación de arquero. Ya dije que me interesaba más el cuerpo a cuerpo, y es lo que estoy entrenando. La noche de autos, la temida noche de los tres nueves tuve que recurrir a las dagas en un divertido altercado con cartas, bebida y mujeres de por medio. Si lo contara sonaría a chiste, pero por suerte no llegó la sangre al río, o por desgracia, todo depende de como se mire. Aquella noche también me libré de dos visitas en la taberna, y descubrí que quien me ha dado la espalda se la ha dado a todos. No me importa en absoluto. En realidad me divierte ver como sus acciones confirman mis palabras. A la otra persona en cuestión me la topé días más tarde, y me ardió la sangre aunque logré disimularlo bien. En ese caso sus acciones confirman sus mentiras. Es curioso ver como dos personas cuya sola presencia hacía que me hirviera la sangre para bien ahora son capaces de hacer lo contrario hacer que me hierva la sangre para mal. Es lo que tiene esta perra vida, que no para dar vueltas como una moneda lanzada al aire, mostrándonos alternativamente sus dos caras en su leve vuelo, o si se quiere otro simil, como una atrevida partida de cartas, que unos días toca corazones, otros espadas, otros tréboles y otros diamantes. Aunque por aquí las cartas son distintas, por aquí, hasta nuevo aviso, pintan bastos.


Caos

De cabeza hasta el fondo
empujado por la corriente y la marea,
topándome de bruces
contra tu ferreo rostro.
Ármame y mándame a la paz
en misión de guerra,
a ver si de una vez me despellejan
o me pierdo de nuevo sin rumbo
o me encuentro, quien sabe,
en el fondo
de una jarra de cerveza
o de una taza
de humeante te negro.

30-9-2009
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martes, 29 de septiembre de 2009

Tu oficio, poeta...

En memoria de José Antonio Muñoz Rojas (9-10-1909 - 29-9-2009)  he grabado uno de sus poemas que recité el 23 de marzo de 2009 en la Casa de las Sirenas en su honor. Lo que valió entonces en vida valga también ahora en muerte. Descansa en paz, compañero de armas.



TU OFICIO, POETA...
Para que algo quede de este latir,
para que, si alguien quiera mirarse, pueda;
para calmar quizá alguna sed, y que alguien diga
«a mí me pasó algo semejante».
Los poetas estamos para eso:
para ofrecerles tránsito a los demás,
para que se encaramen sobre nuestros latidos, y que divisen
un poco más allá, en medio
de tanta oscuridad como nos circunda.
A veces nada tiene sentido, ni siquiera
que me des la mano o ese
limón redondo tan bello en la vereda.
A veces lo que tiene sentido no tiene sangre,
ese poco de sangre por la cual se muere.
Todo es ganas de morir de otra manera,
ganas de imitar a los ríos y que la tierra vea
que hay otras aguas y otras penas, y los cielos
contemplen misericordiosamente
nuestras peregrinaciones.
Tu oficio, poeta, es contemplar,
que todo se te escriba dentro; luego
quizá leer allí mismo, quizá decir a los otros
lo que allí mismo, escrito, tú lees.

jueves, 17 de septiembre de 2009

He llorado...

He llorado

Con el pecho invadido por la congoja,
la visión nublándoseme, el rostro
abatido, borrada mi típica sonrisa,
nunca de manera expresa
abiertamente a lágrima viva,
pero si recitando, como ahora,
revelando a verso descubierto
que una noche más
he llorado...
17-9-2009
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domingo, 6 de septiembre de 2009

El paciente de la sala 5.

El paciente de la sala 5
Ocurrió anoche, no podría precisar la hora exacta, las cinco y algo de la madrugada marcaba el reloj de la mesilla. Salí mareado de mi habitación, asfixiado por la inusual alta temperatura. El frescor del pasillo me alivió un poco, llegué a la cocina y tomé unos cuantos sorbos de agua fría. Ya refrescado y medianamente despierto desandé el camino hacia mi cama. Al asomarme al pasillo se veía al fondo mi habitación y su luz naranja se me antojó rojiza por unos segundos, como si algún infierno se hubiera desatado allí dentro. Entré en mi pequeño horno, me tumbé en la cama y me di cuenta que el paciente de la sala 5 era yo con la excepción de que aquella noche, aquel 5 de noviembre, fue su piel la que ardió y en mi caso es mi alma la que arde cada noche.

Fotograma tomado de la película V de Vendetta.
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martes, 1 de septiembre de 2009

Respuesta.

Respuesta

Escucha bien, ricura,
en este arte de la literatura
no es sabio dejarse llevar por la presura,
por la rima pura, su dictadura
se tornará en tu tortura,
dejará marcada tu escritura
con palabras inseguras.
Es mejor agarrar la empuñadura,
escoger las palabras con bravura
y componer lentamente la partitura
sin temor a las tachaduras,
ir levantando la estructura
de su arquitectura sin premura,
esperar también la picadura
de la inspiración, la conjura
de las musas que en esta aventura
acompañan a quien mantiene la compostura,
a través de líneas de intensa negrura
dando a los versos completa blancura,
su debida anchura y altura, su estatura,
su adecuada textura,
la forma final de la criatura
a la que sonreirás siempre con dulzura
en cada una de sus futuras
propias o ajenas lecturas.

Y en cuanto al tema mi postura
es dejar que suba la temperatura,
dejar paso a la travesura y la caradura
de exaltar sin censura su hermosura,
asirla de la curvatura de su cintura
y dejar en su corazón una quemadura
llevándola al extremo de la locura
atacando ardientemente sus labios con ternura.
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