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martes, 20 de julio de 2010
Recitando "Me gustas cuando callas" de Pablo Neruda.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.
Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.
Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.
Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto
lunes, 19 de julio de 2010
Cuarenta
Cuarenta
Cuarenta días,
cuarenta ladrones,
cuarenta hombres grises jactándose,
haciendo aros de humo con el tiempo que nos
separa.
Cuarenta noches en completa oscuridad,
cuarenta abrasadores soles,
cuarenta grados a la sombra de nuestra ausencia.
Cuarenta campanadas desgarrando el cielo,
acompasando a cuarenta latidos...
cuando cuarenta ya no sea cuarenta,
sea cero.
24-6-2010
Cuarenta días,
cuarenta ladrones,
cuarenta hombres grises jactándose,
haciendo aros de humo con el tiempo que nos
separa.
Cuarenta noches en completa oscuridad,
cuarenta abrasadores soles,
cuarenta grados a la sombra de nuestra ausencia.
Cuarenta campanadas desgarrando el cielo,
acompasando a cuarenta latidos...
cuando cuarenta ya no sea cuarenta,
sea cero.
24-6-2010
viernes, 16 de julio de 2010
Solo para fumadores (5).

Continuamos el viaje de Ribeyro a través de la nicotina...
Los vaivenes de la vida continuaron llevándome de un país a otro, pero sobre todo de una marca a otra de cigarrillos. Amsterdam y los Muratti ovalados con fina boquilla dorada; Amberes y los Belga de paquete rojo con un círculo amarillo; Londres, donde intenté fumar pipa, a lo que renuncié porque me pareció muy complicado y porque me di cuenta de que no era ni Sherlock Holmes, ni lobo de mar, ni inglés... Munich, finalmente,donde a falta de sacar mi doctorado en filología románica, me gradué como experto en cigarrillos teutones que, para decirlo crudamente, me parecieron mediocres y sin estilo. Pero si menciono Munich no es por la bondad de su tabaco sino porque cometí un error de discernimiento que me colocó en una situación de carencia desesperada, comparable a los peores momentos de mi época parisina.
Gozaba entonces de una módica beca, pero que me permitía comprar todos los días mi paquete de Rothaendhel en un kiosko callejero, antes de tomar el tranvía que me llevaba a la universidad. Se trataba de un acto que, a fuerza de repetirse, creó entre la vieja Frau del kiosko y yo una relación simpática, que yo juzgaba por encima de todo protocolo comercial. Pero a los dos o tres meses de una vida rutinaria y ecónoma me gasté la totalidad de mi beca en un tocadiscos portátil, pues había empezado una novela y juzgué que me era necesario, para llevarla a buen término, contar con música de fondo o de cortina sonora que me protegiera de todo ruido exterior. La música la obtuve y la cortina también y pude avanzar mi novela, pero a los pocos días me quedé sin cigarrillos y sin plata para comprarlos y como "escribir es un acto complementario al placer de fumar", me encontré en la situación de no poder escribir, por más música de fondo que tuviese. Lo más natural me pareció entonces pasar por el kiosko cotidiano e invocar mi condición de casero para que me dieran al crédito un paquete de cigarrillos. Fue lo que hice, alegando que había olvidado mi monedero y que pagaría al día siguiente. Tan confiado estaba en la legitimidad de mi pedido que estiré cándidamente la mano esperando la llegada del paquete. Pero al instante tuve que retirarla, pues la Frau cerró de un tirón la ventanilla del kiosko y quedó mirándome tras el vidrio no solo escandalizada sino aterrada. Solo en ese momento me di cuenta del error que había cometido: creer que estaba en España cuando estaba en Alemania. Ese país próspero era en realidad un país atrasado y sin imaginación, incapaz de haber creado esas instituciones de socorro, basadas en la confianza y la convivialidad, como es la institución del fiado. Para la Frau del kiosko, un tipo que le pedía algo pagadero mañana, no podía ser más que un estafador, un delincuente o un desequilibrado dispuesto a asesinarla llegado el caso.
Me encontré pues en una situación terrible -sin poder fumar y en consecuencia escribir- y sin solución a la vista, pues en Munich no conocía prácticamente a nadie y para colmo se desató un invierno atroz, con un metro de nieve en las calles, que me condenó a un encierro forzoso. No hacía más que mirar por la ventana el paisaje polar, tirarme en la cama como un estropajo o leer los libros más pesados del mundo, como los siete
volúmenes del diario íntimo de Charles Du Bos o las novelas pedagógicas de Goethe. Fue entonces cuando vino en mi auxilio herr Trausnecker.
Yo estaba alojado en casa de este obrero metalúrgico, que me alquilaba una pieza con desayuno y una comida en el departamento que ocupaba en un suburbio proletario. Una o dos veces por semana entraba a mi cuarto en las noches para informarse sobre mis necesidades y hacerme un poco de conversación. Hombre rudo, pero perspicaz, se dio cuenta de inmediato de que algo me atormentaba. Cuando le expliqué mi problema lo comprendió en el acto, y excusándose por no poder prestarme dinero me regaló un kilo de tabaco picado, papel de arroz y una maquinita para liar cigarrillos.
Gracias a esta maquinita pude subsistir durante las dos interminables semanas que me faltaban para cobrar mi siguiente mesada. Todas las mañanas, al levantarme, liaba una treintena de cigarrillos que apilaba en mi escritorio en pequeños montoncitos. Fueron los peores y mejores cigarrillos de mi vida, los más nocivos seguramente pero los más oportunos. El tabaco estaba reseco, el papel era áspero y el acabado artesanal, tosco y execrable a la vista, pero qué importaba, ellos me permitieron capear el temporal y reanudar con brío mi novela interrumpida. Si la concluí se debe en gran parte a la maquinita del señor Trausnecker, quien lavó así la afrenta que recibí de la vieja Frau y me reconcilió con el pueblo germánico.
Este servicio se lo pagué con creces, lo que me obliga a hacer una digresión, pues el asunto no tiene nada que ver con el cigarrillo, aunque sí con el fuego. Frau Trausnecker entró una tarde desolada a mi habitación: hacía más de una hora que había puesto en el horno un pastel de manzana, pero la puerta de la cocina se había bloqueado y no podía entrar para sacar el pastel que se estaba quemando. Intenté abrir la puerta primero con una ganzúa improvisada, luego a golpes, pero era imposible y el olor a quemado aumentaba. Me acordé entonces de que el baño estaba al lado de la cocina y de que sus respectivas ventanas eran contiguas. No había más que pasar de una pieza a otra por la ventana. Le expliqué a Frau Trausnecker mi plan y me dirigí al
baño, pero ella se lanzó tras de mí chillando, trató de contenerme, dijo que era muy arriesgado, hubo un forcejeo, hasta que logré encerrarme en el baño con llave. Como ella seguía protestando tras la puerta, abrí el caño de la tina y le dije que no se preocupara, que lo que en realidad iba a hacer era bañarme. Lo que hice fue abrir la ventana y quedé espantado: no solo porque el cuarto piso de ese edificio obrero daba a un hondísimo patio de cemento, sino porque la ventana de la cocina estaba más lejos de lo que había supuesto. Pero ya no podía dar marcha atrás, a riesgo de cubrirme de ridículo y quedar como un fanfarrón. Me encaramé en la ventana del baño, me colgué de su borde con ambas manos y luego de un balanceo calculado salté hasta la ventana contigua y entré a la cocina. A tiempo, pues la atmósfera estaba caldeada y el horno echaba humo y fuego por sus ranuras. Abrí la puerta de la pieza y Frau Trausnecker entró, apagó la llave del horno, cortó la corriente eléctrica, sacó el pastel, que era un montículo de carbón ardiente y lo tiró sobre el lavadero bajo un chorro de agua fría. La casa se llenó de vapor y de un insoportable olor a chamuscado, al punto que tuvimos que abrir todas las ventanas para que se aireara. Al poco rato estábamos sentados en la sala aliviados, satisfechos y felices por haber evitado un incendio. Pero un ruidito nos distrajo: del baño llegaba el rumor del grifo abierto de la tina y al instante vimos aparecer una lengua de agua en el pasillo. ¡La tina se estaba desbordando! Pero ¿cómo hacer para entrar al baño? Yo le había echado llave desde el interior. No me quedó más que rehacer el camino en el sentido inverso, a pesar de las nuevas protestas de Frau Trausnecker. De la ventana de la cocina pasé a la ventana del baño en suicida salto sobre el abismo. Mi temeridad salvó a los Trausnecker sucesivamente de un incendio y de una inundación.
jueves, 15 de julio de 2010
Desde que tengo uso de razón...
Desde que tengo uso de razón... es una frase hecha que siempre he odiado, sobre todo porque casi siempre que la he oído ha sido de labios de personas que nunca realmente han usado la razón. ¿Pero quién usa realmente la razón? Cito a Michael Crichton hablando con la voz de Ian Malcolm:
«¿Qué le lleva a pensar que los seres humanos son sensibles y conscientes? No existe prueba alguna de ello. Los seres humanos nunca piensan por su cuenta, les resulta incómodo. En su mayor parte, los miembros de nuestra especie se limitan a repetir lo que oyen y se desconciertan ante cualquier punto de vista distinto. El rasgo humano característico no es la conciencia sino el conformismo, y el resultado característico es la guerra religiosa. Otros animales luchan por el territorio o el alimento; los seres humanos, en cambio, son los únicos que luchan por sus "creencias". Ello se debe a que las creencias rigen el comportamiento, el cual tiene importancia evolutiva entre los seres humanos. Pero en una época en la que nuestro comportamiento puede conducirnos a la extinción no veo razón alguna para suponer que poseemos consciencia. Somos unos conformistas obcecados y autodestructivos. Cualquier otra opinión acerca de nuestra especie es una simple ilusión fruto de la suficiencia. Siguiente pregunta.»
Es un párrafo desalentador y demoledor, pero yo no lo soy tanto. No me gustan los textos en los que se generaliza. Al principio los usaba. Sospecho que aún sigo generalizando de tanto en tanto de manera inconsciente, tendría que revisar lo que escribo, pero nunca es acertado generalizar. Cada regla se confirma a partir de su excepción, y aunque haya millones de obcecados babeando ante pantallas de televisión y defendiendo creencias ajenas como si fueran verdades absolutas que ellos solitos han descubierto, también están los otros, los que piensan por su cuenta, los que ante una opinión ajena la contrastan con la suya y reconocen haberse equivocado si ven que se han equivocado en lugar de discutir en vano. Son ese tipo de gente que luego intenta hacer algo para cambiar el mundo y se topan de frente con los millones de descerebrados antes mencionados o peor aún, con los listillos, con la burrocracia que tiene todo bien atado para sus intereses e impide que haya auténticos cambios.
Pero dejando de lado los ladridos, lo que me realmente me cabrea es la frase en cuestión "desde que tengo uso de razón". Independientemente de si la gente usa la cabeza, si tienen capacidad de raciocinio, si tienen uso de razón o no, la frase en si formula un matiz que no tolero. Es ese "desde que" el que no admito, pues implica que a partir de un (in)determinado momento de la vida, uno alcanza la capacidad de raciocinio, de pensar por su propia cuenta. Traza una línea a mi parecer inexistente. Vale que al principio dependemos única y exclusivamente de las opiniones de padres y profesores, pero uno no se despierta de la noche a la mañana con consciencia de su propia existencia y capacidad para sacar conclusiones propias. La capacidad para razonar por uno mismo se adquiere con el tiempo, es una línea de progresión, una evolución del propio pensamiento que alcanza su mayor bombardeo intelectual y sentimental durante la dura fase de la pubertad. Por eso me molesta inmensamente ese "desde que". Hay un antes y un después, cierto, pero no un cambio tan brusco como esa expresión sugiere. Yo por lo pronto paso de usarlo para nada. Tal vez en algún escrito lo ponga en boca de algún personaje que me caiga mal, pero no la usaré yo personalmente. Me parece en cierto modo incluso insultante sugerir tal funcionamiento de la mente humana. Será que, tal y como pienso, habría que incluir algo de psicología y sociología en los estudios básicos, un poco de humanismo, saber qué somos y cómo funcionamos para evitar pensar en términos semejantes.
miércoles, 14 de julio de 2010
ArtSalud VI - Flora Arias - Manuel Márquez

LA ORILLA VARADA, CÁDIZ
hace tiempo que no venía a mi,
estuvo perdida en otros mundos
o quizás moró evaporada por otros lares,
y yo aquí siendo eterna orilla para ella
sin despegarme de mi ser ni por un solo instante.
¿Quién me hizo arena?
¿Quién pegó la sal a mi para no me fuera?
¿Dónde está el viento que no le puede y que no me lleva?
Vivo anclado a este principio
que no es más que el final de mi,
soy orilla de ti, Cádiz, sólo orilla,
orilla solo, mar mío,
que me dueles porque no lo eres siquiera.
¡Y tiro de...! ¡No sé de qué!,
en un último intento inútil de dejar de ser
y tú te vas nuevamente porque tornas a marea baja
y busco quien soy para luchar contra...
Contra algo, que tampoco sé,
porque no me encuentro,
porque no me tengo.
Y ahora que estoy al descubierto
siento golpes de pies descalzos
que no me dicen nada, nada.
Y que me voy ahogando sin aguas
que puedan salvarme de este naufragio
que vuelve a dejar de serlo en cada nueva marea.
¡Ven, mar, ven,
no escuches a las lunas,
olvídate del sol,
porque me ahogo sin ti!
Del poemario de Manuel Márquez Todas las Cádiz.
martes, 13 de julio de 2010
Alborada.
Hace ya algún tiempo conocí a un chica de nombre Alborada. Me extrañó su nombre y me dijo que ella tampoco conocía su origen. Le habían dicho que era la versión gallega de Aurora, y que ella celebraba su santo el día de Aurora. He investigado un poco y no he podido descubrir si realmente Alborada como nombre de mujer tiene origen gallego, ni siquiera cuando es su onomástica (si es que tiene), pero me gustan las definiciones que da la RAE para este nombre:
alborada.
(De albor, luz del alba).
1. f. Tiempo de amanecer o rayar el día.
2. f. Música al amanecer y al aire libre para festejar a alguien.
3. f. Composición poética o musical destinada a cantar la mañana.
4. f. Acción de guerra al amanecer.
5. f. Toque o música militar al romper el alba, para avisar la venida del día.
Música, poesía y guerra.... la añado a mis palabras favoritas.
(De albor, luz del alba).
1. f. Tiempo de amanecer o rayar el día.
2. f. Música al amanecer y al aire libre para festejar a alguien.
3. f. Composición poética o musical destinada a cantar la mañana.
4. f. Acción de guerra al amanecer.
5. f. Toque o música militar al romper el alba, para avisar la venida del día.
Música, poesía y guerra.... la añado a mis palabras favoritas.
lunes, 12 de julio de 2010
Abrir el 22-12-2012.

Son las 00:00:01 del 22 de diciembre del 2012. Si estás leyendo esto es porque ha pasado lo contrario que llevan meses diciendo. El mundo no se ha acabado. Mañana estarán las marujas de siempre discutiendo sobre el tema, riéndose del bombo y platillo desmedido que se le ha dado el tema... las mismas marujas que aún deben estar temblando debajo de sus respectivas mesas de cocina, temerosas de que el mundo se acabe y se queden sin ver el final de sus culebrones (¿sigue aún Arrayán?).
No sé si es una buena o mala noticia que este mundo siga rotando sobre su eje. Aunque este mundo no se merecía desaparecer, lo digo por el resto de especies. Si acaso podría haberle sentado bien a este mundo que hubiésemos desaparecido, dada la increíble falta de juicio y sensibilidad que hemos ido demostrando a lo largo de estos milenios. Es una pena que no se haya cumplido tampoco otra de las posibles profecías, la conexión psíquica, la creación de una noosfera, una conciencia universal. Se dicen que dos cabezas piensan mejor que una. Tal vez si se hubiesen unido varios miles de millones de mentes podríamos haber sacado algún pensamiento coherente en claro... eso, o habríamos acabado todos totalmente locos al mezclarse nuestros pensamientos y sentimientos tan radicalmente distintos después de tanta innecesaria discusión y tanto injustificado derramamiento de sangre.
Pero no ha podido ser, ni destrucción del planeta, ni de la raza humana ni noosfera ni pollas en vinagre. Dentro de unas horas, en cuanto que hayan abierto sus puertas, los centros comerciales estarán abarrotados con gente comprando apresuradamente los últimos regalos de Navidad o tranquilamente comprando los de Reyes. Dentro de unos meses tanta palabrería será un mero recuerdo, como lo acabó siendo el efecto 2000 entonces. ¿Cual será la siguiente estupidez, la siguiente fecha para el fin del mundo? Me da igual si a este mundo, si a la humanidad o si a mi propia existencia le quedan mil años o solo un segundo. Lo único que realmente importa es lo que hacemos con el eterno presente que tenemos en nuestras manos.
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